Escrito por: Por Lic. Jorge Scuro Director Cipes
Cuando me inicié en la docencia de niveles superiores un sabio jesuita, P. Andrés Assandri, me dijo que había tres tipos de docentes. Los que enseñan lo que no saben, los que enseñan lo que saben y los que enseñan lo que el alumno necesita aprender.
Egresado de la Universidad, cargado con una mochila con cantidad de conocimientos, pocos años y mucho engreimiento me pareció un poco extraña aquella rotunda clasificación. Al finalizar mi primer año de docencia superior, constaté que estaba en la primera categoría.
Aquel primer día de clase en que apenas superaba en ocho o nueve años a mis alumnos sentía una enorme ansiedad e ilusión por iniciar mi carrera docente universitaria. ¡Había estudiado tanto! El globo se me pinchó ya ese primer día pues lo que había preparado para todo el primer semestre lo derramé como agua transportada con las manos en aquella primera hora. ¿Y …ahora cómo seguir? Desarrollando los temas que había anunciado. Me di cuenta de que esos temas los conocía, incluso los podía reproducir con algo de acierto. Pero que no los sabía.
Es muy distinto conocer algo e incluso poder trasmitirlo que saberlo, haberlo comprehendido, de algún modo haber integrado y vivido lo que se enseña.
Conversando con otros compañeros egresados del IPA o que accedieron a la docencia por otros mecanismos (válidos) concluíamos en desarrollos de experiencias semejantes.
Luego con los años vinieron épocas más tranquilas. Entrar a la clase para enseñar lo que realmente sabía, previa preparación aunque sea sumaria.
Sin embargo, me corría la secreta, cada vez más ruidosa intuición, de que estaba enseñando lo que me pedían los programas. Cumplía con lo pedido y las inspecciones. Pero ¿eso es todo el educar?
En un tercer momento, hacia el final, que ahora comienzo, me sentí más libre, menos engreído y pretensioso. Me fui dando cuenta de que estaba respondiendo a lo que los alumnos querían saber y era conveniente para ellos que supieran. ¡Qué formidable enseñar desde la apetencia y curiosidad del alumno! Es un placer que no lo cambio por nada. Ver progresar al alumno y no necesariamente mi cumplimiento del programa.
Claro, a esto se llega. No se parte desde esa situación de certeza y convicción. Es necesario hacer el proceso. Aquí no existen los genios. En el arte de enseñar, luego de adquirida la ciencia, se necesita la experiencia, el kilometraje, el tiempo que madura el fruto. El darse la cabeza contra la pared (y el alumno, también los padres) muchas veces.
En esta tercera etapa en nuestra experiencia cotidiana constatamos la pérfida reglamentación que nos rige. El docente sigue casi con la misma carga horaria ganando un poco más, pero haciendo lo mismo, sin otro aliciente que jubilarse, por fin. Va de un lado al otro dentro de la ciudad o recorriendo las carreteras en el Interior.
Conozco otras experiencias, en otros países, que no es difícil imaginarlas. A estos docentes en su comprobado tercer período se les da un horario razonable en un solo instituto. No importa que allí no completen las horas de su asignatura, hay que hacer justamente que le queden horas libres de aula, pero obligatorias en el instituto, para que converse, atienda, guíe y oriente a sus colegas más jóvenes. Recibiéndolos, entrando a sus clases. Sin tener fuerza coercitiva (como la del inspector) sí poder ayudar e informar a quien corresponda.
Hay cosas complicadas que nos parece dificil resolver pero vemos que otros las han solucionado y nosotros no. Cuando nos preguntamos y por qué nosotros no, se nos aparece enfrente una terrible ingeniería de la burocracia de los cambios y el respeto de intereses creados que desanima hasta el más baquiano.
Habrá que emprenderla con ellos.
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