El mundo no será de los cangrejos
Eduardo Payssé González
Comienzan a cundir los temores gubernativos ante las acciones emprendidas por sectores sindicales, gremiales y políticos, para impugnar disposiciones legales contenidas en las leyes de urgencia o en el Presupuesto quinquenal. Es el propio Presidente de la República quien ha pasado a liderar el miedo.
En primer lugar, se adelantó a decir que plebiscitar la disposición por la cual se autorizará la venta del 40% del poder accionario de una futura sociedad anónima que regirá Antel, según reza un artículo del presupuesto recién sancionado, «…capaz que es inconstitucional…» pues se trata «…de un artículo que se refiere a recursos, lo cual no podría ser puesto a consideración de la ciudadanía…» (art. 79 inc. 2º de la Constitución).
Más allá de las dudas jurídicas presidenciales, desde ya está indicando el camino a la Corte Electoral, para que declare la imposibilidad de convocar un referéndum al respecto.
Pero no repara en que, lo que «capaz» que es inconstitucional es la propia creación de sociedades anónimas para gobernar los Entes Autónomos y los Servicios Descentralizados, al tenor de lo dispuesto en la Sección XI de nuestra Constitución. O más precisamente, de lo que no dispone, pues para ser aceptada, tal solución debería ser establecida a texto expreso. Tampoco recuerda nuestro Presidente –¡pelillos a la mar!– que ya la ciudadanía se expresó en forma contundente y negativa hace varios años, en las urnas, sobre la posibilidad de entregar a capitales privados los servicios de Antel.
Desde entonces hasta aquí se ha probado que tal Ente público ha constituido un buen negocio para el Estado. Contrariando la lógica más elemental, que presidiría los razonamientos de cualquier persona medianamente ilustrada, nadie se desprendería de un buen negocio, vendiéndolo a terceros, en todo o en parte. Aunque fuera al bajo precio de la necesidad o para pagar una majestuosa «torre de las comunicaciones», el lujo en la miseria.
En segundo lugar, el miedo presidencial contra la votación ciudadana a manifestarse en un futuro referéndum, contra varios artículos de la primera ley de urgencia, desemboca en una clara irritación, elevada a las alturas de su propia concepción de nuestro mundo actual.
Así, advierte: «…Ese plebiscito si se alcanzan las firmas, se tendrá que desarrollar en poco tiempo y bueno, yo creo que la opción va a ser muy clara: o seguimos caminando como el cangrejo o mejoramos al compás de lo que ha mejorado el mundo entero…».
El mensaje resulta confuso. Hubiera sido bueno nos hubiera aclarado quién es el que camina como el cangrejo. Si, en forma elíptica, se refirió a nuestro país concretamente, coincidimos en que ello ha ocurrido. No otra cosa nos dicen los índices de desocupación y de los ingresos de los hogares uruguayos en descenso continuo, la pérdida de los derechos gremiales, la rebaja de los salarios, la destrucción de la otrora avanzada elaboración doctrinaria y jurisprudencial del derecho del trabajo, el continuo cierre de industrias y de comercios, la amarga emigración de técnicos y de jóvenes, la precariedad de la educación en todos sus niveles y de la investigación universitaria, las deficiencias crecientes en la lucha por la salud pública, las carencias que paralizan el funcionamiento del Poder Judicial, la multiplicación de los asentamientos irregulares, inhumana negación del derecho a la vivienda, la despoblación de la campaña desértica, el abandono del país agrícola pregonado por el propio Presidente, la entrega de las mejores tierras a los capitales anónimos del extranjero y… ¿para qué seguir con la sombría descripción del «cangrejismo»? Importaría mejor responder a dos preguntas: ¿Dónde se ocultan los cangrejos responsables?, ¿bajo cuántas piedras?
Quince años de gobiernos colorados y blancos, los descubren. No pueden ocultarse; «por sus obras los conoceréis», dice el precepto evangélico. Son los mismos que hoy, en mezcla de medio y medio, nos gobiernan en este oscuro fin de siglo. Cangrejos de lomo colorado y panza blanca que tanto abundan en nuestras costas.
Pero el pueblo quiere defenderse. Y entonces recurre a las armas legítimas que le ofrece la Constitución para el ejercicio directo de su soberanía. Eso atemoriza a los gobernantes que no confían en el uso de tales facultades soberanas. Y entonces, alteran las premisas y trampean las conclusiones. Así, intentar corregir el rumbo mediante las urnas, es para nuestro Presidente, no ya un paso adelante y positivo, sino seguir caminando como el cangrejo. Como antes lo han hecho sus correligionarios y hoy, sus compañeros de ruta.
Culmina el Presidente su razonamiento, intentando convencer a los ciudadanos, que con la derrota del electorado recurrente en las urnas del plebiscito «…mejoramos al compás de lo que ha mejorado el mundo entero…». El Presidente es un hombre inteligente, ha participado en muchas reuniones internacionales y está muy enterado del funcionamiento del mundo. ¿Está muy seguro de que ha mejorado el mundo actual (¿con respecto a cuál anterior?) o lo que dice es un mero discurso político deliberadamente mentiroso? Porque detrás de las sonrisas, de los abrazos y de las fotos «oficiales» de tantas cumbres gubernativas, él sabe bien de la dramática situación de nuestro universo conocido, al finalizar este siglo veinte. Nada de tapujos, pues, ni de falsas interpretaciones.
Mientras los astronautas circunvalan la Tierra y caminan por el espacio, los índices del hambre, de las miserias, de las viejas y nuevas enfermedades, de las muertes evitables, de la destrucción ecológica y de las guerras interminables en los confines del mundo o mucho más acá, son aterradores. Los progresos formidables de la ciencia y de la tecnología, han ahondado los abismos entre los países desarrollados y los atrasados y explotados. Porque los progresos científicos han nacido y se han acrecentado al compás de los requerimientos de las industrias bélicas y de la creación de nuevas armas de destrucción de la Tierra y de su medio ambiente.
Y porque los costos crecientes de los instrumentos del progreso científico, incluso de las medicinas que salvarían millones de vidas humanas, no están al alcance de los países y de los hombres pobres, que son la mayoría. Ello es una realidad indiscutible y todo lo demás que se diga sobre las realidades del progreso, no alcanza a destruir su insuficiencia esencial para cubrir hoy las necesidades elementales del hombre y de la sociedad. El resto es mentira.
La «globalización» tan mentada sólo ha servido para la acumulación de los beneficios y dividendos de las empresas multinacionales y para acumular la creciente riqueza de los más poderosos, que nunca se ha «derramado» hacia abajo –salvo regalar en caridad lo que se debe en justicia– como lo soñaron los viejos liberales y lo argumentan en vano los actuales neoliberales. Por fortuna, les creen cada vez menos. Basten sólo dos datos terribles entre tantos: 358 millonarios poseen el 45% de la riqueza del mundo y en 1999 murieron de hambre o de enfermedades evitables, 11 millones de niños menores de 5 años. Ese es «…el mundo tal cual es…», al cual nuestro Presidente nos invita a «incorporarnos» en una «apertura» que según dice él, «es necesaria, es imprescindible y es urgente».
Pero ya los pueblos no aceptan semejantes invitaciones. Ahora, la contraofensiva directa y sin vanas declamaciones dialécticas, se ha vuelto muy poderosa. Los organismos internacionales que nos gobiernan: Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio, han sufrido a las
propias puertas de sus reuniones, la airada reacción de los pueblos hartos de la depredación y de la injusticia. Y han ocupado sus sitios eminentes, las organizaciones sindicales internacionalistas y las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs). Son nuevas presencias y esperanzas en nuestras sociedades y en «el mundo tal cual es», presencias que ya han provocado reacciones temerosas de políticos y de gobernantes, los ajenos y los nuestros.
Otra vez crece y renace el miedo de los cangrejos, que amenazan con sus pinzas abiertas antes de esconderse. Son muchos y duros de matar. Pero los pueblos conocen ya sus escondites y estratagemas, y también saben caminar seguros, incansablemente hacia adelante.
También muy abiertos sus brazos y sus manos solidarias.
* Abogado y periodista
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