Es la hora de actuar

Víctor Rossi

Comienza un nuevo siglo. Hasta la letra de un gran tango se deberá cambiar, porque ya no se podrá cantar «Siglo XX, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama, el que no afana es un gil».

Se deberá cambiar la letra, pero fundamentalmente se tendrá que cambiar la filosofía que cruza toda esa canción, que por desgracia en los últimos años pareció pintar con extrema precisión la decadencia nacional.

El desafío es grande, más cuando se inicia una nueva etapa de una humanidad con más dudas que certezas, en medio de una globalización que presiona sobre las ideas, que pesa de modo fundamental en las finanzas y que a menudo pone en peligro la existencia misma de las naciones.

Las fracturas sociales expuestas en lo nacional o en lo internacional –hay barrios de Montevideo comparables en ese sentido al centro de Africa–, conviven con el magnífico dominio de la tecnología, tanto en lo informático como en la biotecnología, lo que podría permitir la disminución drástica de los grandes problemas de la humanidad.

Pero eso no ocurre, en la medida en que los promotores del libre mercado han dejado a millones de seres humanos como simples espectadores de una película donde un puñado de individuos se reparten las riquezas y las frivolidades, al grado de que en una fiesta de un magnate cualquiera se gastan más dólares que los que reclama el Hospital de Clínicas para ponerse a rueda.

En esta cruz de los caminos, a la que cada tanto los hombres debemos enfrentar, se vuelve a plantear el dilema de adaptarse o de rebelarse. Y en este sentido el nuevo siglo será, a mi entender, de rebeliones, en el mejor sentido de la palabra, contra lo estatuido, o será la antesala de nuevos problemas, de angustias y de desesperanzas que pondrán en peligro nuestra propia forma de existir.

Somos de los que creemos que hay que volver a la rebelión de la ética, a la rebelión de los desheredados, a la rebelión de la búsqueda con inteligencia, para torcerle el rumbo a este camino que han tomado muchos en el mundo y en este país una elite insensible y a menudo soberbia.

Es una tarea de gigantes, una tarea de los pueblos, que como todas las grandes cosas se construye desde el pie, con humildad, todos los días, con mucho de generosidad, pero también respaldando a las ideas con el pellejo.

Para los próximos días los uruguayos nos hemos impuesto un nuevo desafío, que es llevar una serie de privatizaciones contenidas en la ley de urgencia (I) a consideración de la ciudadanía. Es necesario juntar más de 600 mil voluntades que se expresen en las urnas, para que se abra el cauce a una nueva consulta para que el pueblo decida.

Luego vendrán otras instancias, la recolección de firmas en defensa de Ancel, promover como iniciativa popular los asuntos más sentidos, el impulso de una nueva reforma constitucional, pero esta vez no sobre los mecanismos electorales, sino para permitir una mayor presencia ciudadana en las cosas de gobierno, para fortalecer las instituciones democráticas y ponerle una camisa de fuerza a esta locura de privatizar todo, de entregar el capital acumulado por las generaciones anteriores.

Hace pocos días el Premio Nobel de Literatura, el portugués José Saramago, dijo en un programa televisivo uruguayo: «Cuanto más viejo, soy más libre, cuanto más libre me siento más radical».

Sin necesidad de esperar la vejez de la sociedad, parece ser que ha llegado la hora de comenzar a construir esa libertad interior para ir a la raíz de las cosas y así abrazar un futuro más venturoso. Y esa libertad interior, individual, requiere del «nosotros», de lo colectivo, para que se vuelva a expresar con plenitud en el paso majestuoso de los hombres libres. En eso estamos. Vamos ya.

* Representante Nacional, Encuentro Progresista – Frente Amplio, 738

 

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