Menem, Obama y el Pepe Mujica

Corría el invierno de 1988 en Buenos Aires. Los nombres que sonaban para las próximas elecciones a la Presidencia argentina eran los del justicialista Cafiero, enfrentado al radical Angeloz. Carlos Saúl Menem, desafiante de Cafiero en las pendientes internas peronistas, era impensable. Corriendo de atrás en el Pejota como galgo, había llegado hasta las semifinales como Uruguay a Maracaná, sin chance imaginable. Colarse en esa antesala, entre los bombos de los muchachos, vaya y pase, pero colorín colorado, no más allá. La sociedad argentina, los eruditos de siempre, la prensa mundial, la CIA, el KGB, dos de cada tres peatones porteños y el mismo Cafiero coincidían: ¿Menem?, imposible. Por muchas razones de político recibo, pero menos decisivas que otra, tenida por esencial en los tiempos que corren: su aspecto. Desaliñado, peludo, patilludo, aturcado y feo, no daba la imagen de un presidente comme il faut. Así de obvio. Menem era un distinto.

Pasó que Buenos Aires, una fría mañana equis cualquiera, amaneció empapelada de murales de pies a cabeza, obra de pegatineros del alba, con la cara del riojano, esa cara, impresa junto a una pregunta anónima que despertó a la Argentina: «¿Y si gana Menem?». Sin firma, no hacía falta, el impacto era la toma de conciencia de que esa eventualidad existía, abonando así su tránsito de la perplejidad a la realidad. En los seis meses siguientes Menem ganó las internas y las nacionales.

En la carrera a la presidencia de EEUU, el distinto de verdad es Barack Obama. Alcanzaría con llamarse así, pero además ¡es negro!, liberal, y huérfano de un pastor de cabras keniata divorciado. Logró, sin embargo, colocarse en la gran carrera. Fue el estelar Frank Sesno, jefe del bureau en Washington de la CNN, quien despabiló la conciencia norteamericana en junio de 2007 con la removedora, inverosímil pregunta: What if Obama wins?*, impresa en el omnipresente mural electrónico, la TV. Menos de un año después de aquella «absurda» especulación, Obama se convirtió en el candidato único de su partido a la presidencia de los EEUU.

 

La atracción de lo distinto

Existe en la psicología política el imán por lo diferente, una especie de encanto que suma tentadores ingredientes, como la provocación y el cambio, entre otros. La sugestiva pregunta «¿Y si gana Mujica?» ya asoma en los poros del Uruguay amoldado por sus dos aficiones comunicantes, la política y el fútbol.

Lo inconcebible, como imaginarse un presidente apodado El Pepe, juega a su favor en amplias tribunas del estadio cívico.

La lista de atributos que hacen de Mujica el distinto en curso está más clara para la gente que para él mismo. Su edad, por ejemplo, no le importa a nadie excepto a él. Su pasado «violentista» ya ha perdido mucho peso en la balanza pública, al mismo tiempo que la discordia interna sobre su candidatura no le va en zaga hoy a ningún otro aspirante, en ningún partido. Lo que hace a Mujica el distinto de la figura presidencial no son tampoco sus ideas: es su forma de expresarlas, su modo de vida y su aspecto. Las dos primeras no alteran en su caso el saldo neto y, además, no tienen remedio: él es así. La apariencia, en cambio, puede avenirse a cambiarla y soportarlo más de lo que Mujica imagina.

¿Acaso un senador Mujica estilizado, de traje y corbata y peinado a coiffeur lo haría más presidenciable que al Pepe original? ¿O rige aun para la política aquello de que «la pinta es lo de menos»? Podría ser una buena idea sugerirle a Fasano una consulta en el Usted qué opina de LA REPUBLICA.

* ¿Y si gana Obama?

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