La oportunidad del hambre

La celebración de la carestía internacional de los alimentos como una gran oportunidad para nuestros países. Los promotores de este mensaje evitan mencionar el hambre que amenaza a millones de desnutridos en el mundo, ya que resulta difícil asociar esta tragedia con un futuro promisorio. Por eso describen la coyuntura de altos precios mundiales como un regalo que debe aprovecharse, alentando el agro-negocio local. ¿Pero es cierto que el padecimiento de otros pobres favorecerá a nuestros pueblos?

Especulación y agro-carburantes

Como resulta imposible venderle alimentos a quien no puede pagarlos, ningún agro-liberal piensa exportar a Bangladesh, Pakistán, Haití, Mongolia o Afganistán. Los 1.300 millones de individuos al borde de la hambruna por los aumentos de precios, no están en la mira de los negociantes argentinos. Se consideran ajenos a la muerte diaria de 24.000 personas por falta de alimentos y al fallecimiento de un ser humano cada cuatro minutos por falta de vitamina A.

El honorable exportador supone que estos inconvenientes serán resueltos con acciones filantrópicas de los organismos internacionales. Pero olvida que los 6.500 millones de dólares recaudados en la última reunión de la FAO se están licuando por la agro-inflación. Tampoco compara esta irrisoria suma con los 400.000 millones que aporta el Tesoro norteamericano para socorrer a los bancos.

Estas dificultades son vistas a lo sumo como un daño colateral derivado del bienestar que rodea a los nuevos consumidores de China y la India. Al acceder a una dieta diversificada que incorpora la carne han creado una gran demanda de nutrientes para los animales.

Pero no es la primera vez en la historia del capitalismo que la mejora de un sector es solventada con la pauperización de otro. En 1943 se registró en la India un gran aumento de la demanda urbana de alimentos que cuadruplicó los precios y provocó la muerte de dos millones de personas.

La carestía de los últimos meses no obedece al desborde de la demanda. Esta caracterización es una justificación engañosa de los agro-exportadores. Como actualmente se producen tres veces más alimentos que en los años setenta frente a una duplicación de la población, no falta producción para nutrir a todos los habitantes del planeta.

El encarecimiento actual es un efecto de la especulación financiera de los capitales que se protegen de la caída del dólar, los temblores de Bolsa y el desplome bancario, invirtiendo en materias primas. Es la misma tendencia que ha provocado el ascenso del precio del petróleo. Como la burbuja inmobiliaria se pinchó en Wall Street, los fondos se han desplazado al mercado agrícola de Chicago.

La tendencia alcista es también una reacción de largo plazo frente al ciclo descendente de 1974- 2001. Pero aumentos tan furiosos en pocos meses reflejan la apuesta financiera. Entre marzo del 2007 y el mismo mes de 2008 el trigo subió 130%, la soja 87%, el arroz 74%, el maíz 53%, como consecuencia de un aumento de los capitales invertidos en los agro-mercados. Este volumen se quintuplicó en la Unión Europea y se multiplicó por siete en Estados Unidos. Los fondos que escapan del dólar y los inmuebles acosan ahora los consumos básicos del Tercer Mundo.

Otro desencadenante de la carestía son los agro-combustibles. La producción de etanol se triplicó entre 2000 y 2007 y al ritmo actual el 40% de ese cultivo se destinará a la energía dentro de una década.

Este viraje constituye un crimen contra la humanidad disimulado por los voceros de la oportunidad argentina. Para llenar el tanque del automóvil con 50 litros de bioetanol se necesita quemar 358 kilos de maíz, que es lo requerido por un niño de México o Zambia para alimentarse durante un año.

 

Neoliberalismo y libre comercio

Los extremistas del agro-liberalismo atribuyen la inflación mundial de los alimentos al desaliento de políticas estatales de regulación.

Culpan especialmente a los ecologistas europeos, «que resisten la introducción de variedades genéticamente modificadas», a los países que «aún no privatizaron en gran escala la tierra» y a las normas que restringen la concentración de propiedades, perpetuando «los minifundios en Africa». Plantean un curioso diagnóstico de hambre por ausencia y no por efecto del capitalismo.

Pero es absurdo atribuir el desastre en curso a la insuficiente vigencia de este sistema en plena era neoliberal. El drama actual es consecuencia directa de esta modalidad furiosa de capitalismo, que propició la expansión del libre comercio mediante las nuevas reglas de la OMC.

Para que Europa y Estados Unidos pudieran descargar los excedentes de alimentos acumulados desde los años 60 se estimuló la desregulación. Y como las políticas de subsidio al recorte de producción no alcanzaron para frenar la caída de los precios provocada por esa sobreproducción, impusieron una virulenta apertura mundial de las importaciones.

Las naciones periféricas fueron empujadas, además, a especializarse en cultivos comerciales de exportación, en desmedro del abastecimiento local. Un alto número de países quedó transformado en comprador neto de productos básicos.

Egipto perdió definitivamente su condición de antiguo granero, Indonesia su lugar pionero del arroz y México su viejo papel como bastión del maíz. Las prósperas regiones de granos del Africa (Zimbabue, Malawi o Kenia) también sufrieron una devastadora liquidación de cultivos locales.

Esta andanada afectó también a países medianos como India, ya que la OMC exigió la eliminación de la «distorsión del mercado» creada por las reservas nacionales de alimentos. El principio liberal de especializar a cada economía en sus ventajas naturales se transformó en un dogma de adaptación de cada país a cierto cultivo peculiar. En este nuevo reparto de funciones a Argentina le ha tocado producir soja.

Esta preeminencia de políticas neoliberales ha potenciado la rentabilidad como guía excluyente de la actividad agrícola. Con este principio se prioriza el uso de los alimentos para animales a costa del autoabastecimiento. En México se destina por ejemplo a esa finalidad el 66% de la producción y sólo el 34% restante es utilizado para nutrir a 100 millones de habitantes.

Con el mismo patrón del beneficio se desmanteló la agricultura de subsistencia en Costa Rica, México, Haití y El Salvador y se generalizó el uso de herbicidas, insecticidas y fertilizantes que destruyen la biodiversidad.

El libre comercio y la especialización exportadora son la antítesis de la eficiencia. No hay nada más alejado de la organización racional de la producción que el sometimiento de la actividad agrícola al derroche actual de gastos de transporte, envoltorio y publicidad. Esta dilapidación asume formas escandalosas en los países desarrollados.

Las ganancias de las grandes corporaciones han creado una euforia que no comparten los hambrientos. Sólo los beneficios de las seis principales comercializadoras y proveedores de semillas treparon entre 30% y 77% durante el último trimestre de 2007.

Quienes suponen que estos beneficios también constituyen «una excelente noticia para Argentina» imaginan que el destino del país depende de la bonanza de estas corporaciones. Sólo olvidan que en el mejor de los casos esos lucros serán acaparados por los socios locales de esas empresas.

 

Conflictos y programas

Muchos fondos financieros internacionales (como Black Rock) compran tierras en gran escala en distintas zonas del planeta, para implementar el pasaje de un cultivo a otro en función de los precios de cada producto. Como, en comparación a la industria, el nivel de extranjerización de la propiedad agrícola en la región es bajo, estos grupos financieros han puesto la mira en estas tierras.

Esta amenaza se añade al viejo conflicto argentino con los subsidios al agro que Estados Unidos y Europa implementan, mientras defienden el libre comercio para el res
to de la humanidad. Esta duplicidad determina un choque con las clases dominantes locales, que se acentúa al compás de la crisis alimenticia.

La suposición de que la región permanecerá como una isla de prosperidad, en un escenario mundial de hambruna, es una típica fantasía argentina. Dado el carácter periférico de la economía nacional, es ilusorio suponer que podrá salir airoso de una hambruna global.

Los voceros del agro-liberalismo afirman que el auge de la exportación no encarecerá los alimentos dentro del país, en la medida que la abundancia permita subsidiar los consumos locales y facilite la distribución gratuita de alimentos.

Pero esa iniciativa podría implementarse de inmediato. Si no practican esa filantropía en la actualidad, tampoco la implementarán cuando acumulen mayores beneficios.

Una solución favorable para las mayorías populares transita por otro camino: se puede jugar un papel significativo en la gestación de un modelo mundial de seguridad alimentaria, basado en el restablecimiento de las reservas y la instrumentación de mecanismos de estabilización de los precios, en un marco de inmediata detención de la producción de agro-combustibles.

Este curso requeriría controles coordinados de abastecimiento, producción y comercialización, tendientes a regular los mercados de granos, para erradicar el sistema de fondos de inversión en commodities que provocan la hambruna actual.

Obviamente de estas iniciativas no se habla en el FMI o la OMC, pero podrían desenvolverse entre los países y las organizaciones que rechacen el agro-negocio.

La fijación del precio de los alimentos por las Bolsas es un crimen. Las cotizaciones de estos bienes públicos deberían quedar establecidas en negociaciones entre naciones.

La soberanía alimenticia es un derecho inalienable. Los países deben decidir en forma coordinada qué se cultiva y de qué forma.

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