Con sereno orgullo

Seguramente lo sentimos miles de frenteamplistas. Ver a Tabaré y Danilo, ocupando nada menos que la responsabilidad de presidente y ministro de Economía de un gobierno popular, electo por la mayoría de nuestro país. Quién lo hubiera dicho, treinta y cinco años atrás, cuando un joven Danilo era decano de Ciencias Económicas y Tabaré destacaba como un joven oncólogo, al lado de eminencias como el Dr. Helmut Kasdorf, y era dirigente de Progreso, pujante y solidario, dentro y fuera de la cancha.

Y al poco tiempo sentir todo el odio y la saña de una dictadura que mató, hizo desaparecer personas, las torturó, las persiguió, las encarceló, las echó del país. Las echó de sus trabajos. Intentó hacernos sentir seres deleznables, ajenos a su gente, a sus sentimientos, a su futuro.

Durante muchos años oscuros debimos andar en puntas de pie, sobreviviendo, soñando con que algún día nuestro Uruguay, y los países vecinos, en lugar de estar invadidos por aquellos «rotweillers» entrenados para perseguirnos y comernos, pudiéramos vivir en paz, en libertad, en democracia, sin miedo, a plena luz del día, respetándonos, sin tener que tragarnos todo tipo de injusticias.

El plebiscito del 80

Fue «el voto que el alma pronuncia», el «tiranos temblad» que cada uno de nosotros se dio el gran gusto de estamparles en la jeta aunque «retrasase el proceso». El NO fue la respuesta de un pueblo digno, capaz de morder en silencio su dolor y su bronca pero incapaz de doblarse por una limosna del villano.

Y luego el voto en blanco del 82, con Seregni desde la cárcel marcando otra línea clara de identidad, de lucha, de confianza en el futuro que entre todos construiríamos.

Y el Río de Libertad del Obelisco en el 83. Con Candeau poniendo la voz para que Artigas nos pasara el mensaje al que nos habíamos hecho merecedores. Se declaran «írritos, nulos y de ningún valor para siempre…». Y eran los sindicatos desde el PIT, los estudiantes desde Asceep y FEUU, Fucvam, la 30, Cinemateca, La Falta, La Reina, El dedo, los semanarios, Cinco Días, La Hora, Los que iban cantando, La Feria de Libros y Grabados, y tantos fogones que fueron haciendo que «la murguita» creciera. Hasta que salió Seregni, y salieron las presas con las cabezas rebosantes de sonrisas a través de las ventanillas de aquellas camionetas azules que por primera vez recogían saludos y aplausos a su paso. Volvíamos a pisar firme, la frente en alto, a plena luz, felices y orgullosos del tiempo de muerte que nos habíamos sacado de encima. Contentos del país digno que integrábamos. Y florecieron los comités de base llevando a cada rincón los sueños y los colores de Artigas.

Pasaron veinte años…

Antes tuvimos la oportunidad de hacer experiencia en la Intendencia Municipal de Montevideo. Entre que tan mal no lo hicimos y los partidos tradicionales ya no ofrecían ninguna esperanza de nada, nos dieron la oportunidad tan esperada. Antes de irse, Seregni juntó las manos de Tabaré y Danilo sellando una unidad de fierro. Su muerte nos despertó del letargo y en lo que quedó de campaña el Frente volvió a ser el de siempre: corazón a la intemperie.

El triunfo en primera vuelta no dejó dudas de la tamaña responsabilidad que siempre habíamos pedido y que por fin había llegado.

Ayer, a tres años y medio de gestión, dos jóvenes luchadores hace varias décadas, hoy presidente y ministro de Economía del primer gobierno popular, Tabaré y Danilo, aquellos dos a los que Seregni les pidió que trabajaran muy juntos por el país y por el Frente, volvieron a demostrar la seriedad de este gobierno, su eficacia, su honestidad, su transparencia. Su indeclinable determinación a hacer posible un Uruguay democrático, libre, justo. Es el voto que el alma de miles y miles de compañeras y compañeros que dedicaron su vida a cumplir este sueño pronuncian y los que hoy tenemos la suerte de ver cómo ese sueño se cumple, lo contemplamos con sereno orgullo.

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