La carreta delante de los bueyes
Al tiempo que la coalición de gobierno –ignorando inescrupulosamente las promesas electorales de la campaña previa al balotaje– se pone de acuerdo para retacear los recursos para la enseñanza, las autoridades de la educación pública anuncian con bombos y platillos la incorporación a las aulas de la novedosa herramienta informática, vedette indiscutida de una tecnología que embobece a todo el mundo.
Téngase presente que hemos empleado el verbo embobecer en sus dos acepciones: embelesar, dejar bobo de admiración, y volver bobo, entontecer, pues ambos efectos producen en la gente ciertas maravillas tecnológicas cuya real necesidad es por lo menos dudosa.
Pero no es nuestra intención entrar a discutir ni menos cuestionar los avances de la ciencia que ya en el siglo XVIII dejaban boquiabierto al bueno de Monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre que retratara Poquelin. Pronunciarse contra el progreso científico y teconológico sería una actitud francamente reaccionaria.
Pero lo que sí parece un contrasentido y casi un despropósito mayúsculo es el deslumbramiento y la novelería de que son presa las autoridades educacionales ante la vorágine comunicacional y cibernética del fin del milenio, al tiempo que exhiben una indiferencia criminal frente a la realidad de grosera insuficiencia material del sistema educativo que el nuevo Presupuesto quinquenal ha vuelto a dejar en escombros.
Mientras los educadores –que seguirán siendo irremplazables por pantallas de ordenadores– deberán resignarse a seguir cobrando sueldos miserables y a seguir acumulando horas en liceos públicos y privados para subsistir a riesgo de sufrir un surmenage, mientras la capacidad locativa de los institutos de enseñanza impone que siga habiendo grupos superpoblados, mientras los jóvenes deberán seguir fotocopiando textos porque hace ya años que se terminó el préstamo de libros, mientras los laboratorios seguirán careciendo de materiales, el gobierno descubre la panacea de la enseñanza por Internet, y busca establecer convenios para contar con un aparato en cada aula que permitirá, como por arte de magia, que los orientales sean tan ilustrados como valientes…
Se cantan loas a la rapidez –prácticamente una inmediatez– con que se recibe la información y se adora al nuevo dios de la enseñanza: los medios audiovisuales al servicio de la educación como forma de aggiornarla y de aggiornarnos a los ojos del mundo. Y tal vez en su fuero íntimo, los gobernantes frívolos y mezquinos abriguen la secreta esperanza de apaciguar en parte a los «eternos desconformes».
Parecen ignorar, estos noveleros, que desde la más remota antigüedad la enseñanza siempre fue audiovisual. ¿O acaso la voz del pedagogo con el apoyo gráfico de imágenes dibujadas o simplemente mostradas no constituyen una forma de enseñanza audiovisual?
Y al mismo tiempo cabe preguntarse en qué medida el acceso a Internet puede propender a cultivar el espíritu de nuestros jóvenes, a enriquecerlos, a incorporarles valores humanistas, en una palabra a formarlos en serio y no a atiborrarlos de datos e información que aún no están en condiciones de procesar o de analizar para saber con qué quedarse y qué desechar.
Parece confirmarse que el objetivo perseguido no es otro que adiestrar en vez de educar; formar hormigas disciplinadas, compartimentadas, aptas para determinada tarea, que cumplan cabalmente su función de engranaje en la maquinaria globalizada.
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