Una forma de gobierno que debilita al Parlamento
El gobierno prepara una nueva turbonada.
Esta vez la crueldad y la inclemencia no provendrán de los desbocados agentes naturales.
No es una lluvia de agua lo que se prepara sino de leyes destinadas a la reforma privatizadora del Estado.
Como los del martes, no serán unos vientos leves los que sacudirán a las empresas públicas.
Basta con pensar que el gobierno se propone ni más ni menos que desmantelar, entre otras cosas, las refinerías de Ancap, para hacernos una idea de lo a fondo que se propone hincar el cuchillo del neoliberalismo «radical», que a esta misma palabra se recurre.
Junto con el catastrófico derrumbe de la Refinería de La Teja sucumbirían todos los instrumentos y todos los símbolos de un esfuerzo de independencia económica nacional de gran aliento.
En luctuosa retahíla, antes o después, de acuerdo al proyecto del gobierno, marcharía la majestuosa UTE, y los bancos oficiales… y la reforma general del Estado.
Imaginar al país sin refinerías, con una UTE esmirriada, con un sector bancario público exangüe, es realmente pensar en otro país.
Eduardo H. Galeano ha dicho alguna vez, en una de sus bien logradas síntesis, que Uruguay era un país que, entre otras, llevaba la paradoja de haber tenido a principios del siglo XX un gobierno avanzado propio del siglo XXI y que tendría a fines del siglo XX un gobierno neoconservador propio del siglo XIX.
Extremando la paradoja se podría decir que siguiendo este razonamiento terminaríamos el ciclo de un Batlle contra la obra de otros dos (José y Luis) y el Herrerismo triunfante en su programa contra el Estado de bienestar y contra el nacionalismo económico.
El Herrerismo derrotado en las urnas, victorioso en el cumplimiento de sus orientaciones.
El Herrerismo, «derrotado» programáticamente en las primeras décadas.
Derrotado nuevamente después de la Segunda Guerra, hoy ganancioso.
Paradójico cumplimiento de un programa herrerista, en el momento en que la ciudadanía lo ha castigado más duramente en las urnas.
¿Es pertinente trazar comparaciones dentro de un arco temporal tan dilatado?
Lo es. Basta revisar, en las obras de documentación económica y social publicadas por el historiador Benjamín Nahum, los debates parlamentarios y periodísticos y las «exposiciones de motivos» de las leyes de creación de las grandes empresas públicas, para atisbar el enorme parentesco que tienen aquellas discusiones con las que se desarrollan en estos días.
Si camina sin obstáculos, la turbonada arrasaría la obra de muchos uruguayos. Dirigentes políticos como Batlle y Ordóñez y Batlle Berres, como Daniel Fernández Crespo y Gustavo Gallinal, Como Zavala Muñiz, como Grauert, como Brum y decenas de otros.
También con miles de obreros y de técnicos, de gerentes honrados y orgullosos de las empresas en que revistaban.
Cuando están en juego cuestiones de «estrategia de país», ¿son pertinentes o no los recursos de referéndum?
Sin terciar en modo alguno en ninguna discusión política, parece claro que el recurso constitucional del referéndum contra las leyes es pertinente, dada la importancia de las normas proyectadas.
Se ha dicho que, siendo el nuestro un sistema político constitucional «representativo», la discusión se libra –y se concluye– en el seno del Parlamento.
Un argumento de este tipo sería eficaz si, en las reglas de juego aplicadas por el Poder Ejecutivo, se le diera al Parlamento las potestades que el constituyente le asignó.
El Parlamente sería, probablemente, mejor que un plebiscito si el Poder Ejecutivo no usara y abusara de las leyes de Urgencia, verdaderos «ómnibus» donde viajan libremente normas de la más absoluta heterogeneidad.
Una discusión en el Parlamento sería concluyente si en el Parlamento… se discutiera.
Todo podría quedar librado a los «representantes del pueblo» si no existiera –y ametrallara con leyes a granel– una mayoría enyesada que se impone sin dar lugar a verdaderos debates.
La línea de acción estratégica del gobierno debilita al Parlamento. Lo subordina. Lo minimiza. Lo transforma en un aditamento, casi una cuestión de trámite.
Así no se le cambia el corazón a un país.
Por eso, ante la turbonada arrasadora del viejo y neoliberalismo, tiene pertinencia la anunciada «lluvia de plebiscitos».
Serena lluvia, constitucional, democrática. Como en el 92.
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