Hombres de poca fe

La victoria del Frente Amplio en 2009 no requiere la figuración de Tabaré como candidato. Y si dependiera de ello, no la merece. El punto de vista contrario -que no cesa de saltar cada tanto, ora aquí, ora allá-, aquel que enfatiza la necesidad de que Tabaré encabece la fórmula para asegurar la victoria o alcanzarla en primera vuelta, destila miopía política por los cuatro costados. Primero porque presume que la gente es boba. La gente, el cuerpo electoral, esa ciudadanía que llena tantas bocas, de boba tiene ya muy pocos pelos. Lo principal, por lejos, que inclinará su voto será la ejecutoria del gobierno del Frente, sus realizaciones, percibidas tanto en su efecto personal como social. Nadie, políticamente hablando, vota en contra de lo que siente y ve. Y las realizaciones de este gobierno no pasan desapercibidas ni mucho menos. La angustia reeleccionista las subestima, desconfía de ellas como desconfía de la inteligencia de la gente. Y lo hace vanamente, porque de confirmarse esas desconfianzas, ¿por qué merecería el progresismo otra oportunidad?

La pulsión tabarecista, por otro lado, sobrestima perversamente ­por su efecto contraproducente­ la potencialidad de las figuras que retarán al Frente. Un Partido Nacional que, más allá del laudo interno, mostrará la marca a fuego de Lacalle. Un Partido Colorado que no podrá esconder bajo la alfombra a Jorge Batlle. ¿Realmente creen los reeleccionistas que, tras 5 años de modelo progresista de gobernar, «la gente» caería en la tentación de votar por aquellos si no es Tabaré Vázquez en persona quien toca la flauta? ¡Qué pobreza de realizaciones progresistas y de ciudadanía se aquilata desde la miopía de la angustia reeleccionista! Y qué papelón configura la exhibición pública de tamaña ­presunta­ debilidad propia. La imagen es la un niño que, atemorizado de perder los dientes frente a un grandulón, apela a convocar a su papá. Vení, Tabaré, que nosotros no podemos.

El Frente Amplio va a ganar las elecciones sin Tabaré. Mejor dicho, con un enorme Tabaré pesando a favor, pero no necesariamente en las listas. ¿Y quién encabezará la fórmula, quién el uno y quién el dos? Es relativamente secundario, mal que discrepe Valenti desde su ábaco de publicista. Si va el Pepe, o Astori, o Marina, o Daisy, o Marita, o Rubio, o Marcos, o María Julia, o Bonomi u otros, gana el Frente. ¿Y si la fórmula no es «la sellada» Astori-Mujica? También gana el Frente. Por sus realizaciones patentes. Por sus atributos diferenciales positivos respecto de sus opositores y antecesores. Hay que confiar en la gente, hay que confiar en la obra, y hay que confiar en los héroes de esta obra. Hay que hacerles un monumento, políticamente hablando, a los héroes de este gobierno. Aquellos que se han comido los peores garrones sin asomar una queja y sin bajar los brazos ni moderar su entusiasmo. Construir líderes populares es eso, lo otro es alquimia de ocasión. Encumbrar a los que han trabajado hasta la extenuación tras el ideal programado, al servicio de las grandes mayorías y los más necesitados. Concentrarse en enaltecer a esos héroes y sus hazañas es lo que corresponde y, al mismo tiempo, «sirve» en términos electorales. En lugar de perder tiempo y fe propia rogando a Tabaré, el «único». He allí lo decisivo, más que la nominación de los candidatos. Más, incluso, que el nuevo programa. Que tampoco es irrelevante. Pero decisivo, decisivo es la ejecutoria, la sensación y conciencia públicas de lo hecho, en la noción y comparación de los ciudadanos. Luego, pasos atrás, el programa y los candidatos. No hay carisma individual ni programa partidario que valgan, blandidos por los «contra», frente a la inteligencia del pueblo uruguayo y la magnitud del benéfico cambio concretado. Detrás de los alarmistas y de los angustiados hay una visión distrófica de subestimaciones penosas y sobrestimaciones erradas.

Como ejemplo, valga Chile. La enorme popularidad de Lagos y su obra abonaron la victoria de Bachelet, heroína de la izquierda chilena, sin que tuviera que figurar personalmente Lagos. Y el capital Lagos no se pierde, se conserva y rinde intereses. Como hay que cuidar el capital Tabaré, sin malgastarlo al bajo precio de una dramatizada necesidad.

Hay santos, hay milagros, ¿falta fe?

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