Ante la sociedad desintegrada, integrar una propuesta de futuro
Víctor Rossi
La precipitación de datos económicos y financieros negativos que se han acumulado en los últimos días confirma que el estado de ánimo que se vive en los hogares uruguayos no es un visión virtual de la realidad.
En cualquier esquina del país se escuchó a los adultos hablando de cómo los hijos comenzaban a mirar hacia otras tierras. Se nos dijo, desde el gobierno, que eso era sólo una mera sensación que estaba apuntalada por las facilidades que brinda el mundo moderno para visitar otros países.
El 13 de diciembre la Dirección Nacional de Migraciones nos dijo otra cosa: entre enero y noviembre de este año que finaliza, 60.070 uruguayos que salieron del país (casi un Estadio Centenario lleno de espectadores) se quedaron en el exterior. Y la información agrega que en los últimos dos años más de cien mil uruguayos que salieron no regresaron al país.
Mientras desde el gobierno se hacen discursos matizados con bromas y denuncias sobre la mala estructuración de los salarios públicos, nos enteramos de que en nuestro país, según el Instituto Nacional de Estadística, el 46,5% de los noños menores de cinco años vive en hogares ubicados bajo la línea de pobreza.
Es ese mismo Instituto el que nos dice que la desocupación llegó al 14,6% (180 mil personas) y que los ingresos de los hogares urbanos se redujeron en más de un nueve por ciento en términos reales, en tanto en Montevideo fue del 12%.
Por su parte, el Instituto Cuesta-Duarte agrega que más de 600 mil personas tienen problemas de empleo y nos recuerda, a su vez, que en 1968 del total del ingreso nacional se destinaba el 37,2% a pagar salarios, mientras que hoy es sólo el 25%.
A la vez, se conoció que el 50% de las Pymes muere en los primeros años de creación y que la actividad del sector manufacturero, según el Banco Central, disminuyó en 1,6% en los primeros nueve meses del año.
También la Cámara Nacional de Comercio dio a conocer que en el período enero-setiembre las ventas en los supermercados cayeron 5,2%, que la comercialización de tractores cayó a la mitad y la de camiones 16,5%.
Los procesos evaluatorios del año que finaliza muestran indicadores igualmente negativos. El economista Fernando Lorenzo, durante un seminario organizado por la Sociedad de Economistas de Uruguay el pasado 14 de diciembre, dijo que «la investigación puntual nos da -1,8% de reducción del PBI para este año».
Estudios de la Cepal indican que la economía uruguaya continuó en recesión en 2000, con un PBI que retrocedió el 1%, luego de haber caído más de 3% en 1999. Y ubicó el déficit fiscal en 4% del PBI, unos 700 millones de dólares.
Mientras el ministro Alberto Bensión sostiene que el país va a crecer en 2%, que se va a presentar un mayor nivel de empleo y que va a haber una suba del 7% real en las exportaciones, se escuchan otras voces.
Fernando Lorenzo, en esa misma intervención del 14 de diciembre (versión tomada de la revista La Onda digital, número 21) arriesgó una proyección sobre lo que puede pasar en el año 2001: «A pesar de decir que vamos a recuperar el crecimiento, será levemente negativo en el promedio del año respecto al anterior», y agrega que «la economía puede estar recuperando su crecimiento (pero) no alcance a poner el PBI del año 2001 por encima del nivel promedio que habrá registrado en 2000.
Detrás de cada cifra, número o indicador, hay un uruguayo que mastica su dolor en medio de una profunda crisis de expectativas. El problema es que no sólo los datos son malos –no sería exagerado decir terribles– sino que el gobierno no logra mostrar una perspectiva de desarrollo nacional.
Se presenta ante la población con algunos golpes de efecto de corto plazo, que por lo general parten del Presidente de la República, como es la lucha contra el contrabando, pero sustancialmente el contenido de su propuesta es de claro corte ideológico y fundamentalista.
Es el fetiche del mercado y de la apertura indiscriminada de nuestra economía, es su mano casi mágica la que cruza toda la propuesta gubernamental que se expresa en cerrar la refinería de Ancap, en la privatización de Ancel, en el entierro definitivo de nuestra industria azucarera y en un Presupuesto y leyes de urgencia que tienen más erratas e impuestos que salidas y caminos para el país productivo.
La crisis ha llegado tan a fondo que los analistas y economistas de la derecha han tenido que salir a reconocer el desastre (ahora hasta se ocupan de los pobres), claro que con el único fin de actuar como picanas ideológicas y programáticas para que el presidente profundice su transitar hacia la casi eliminación del Estado en la economía del país. Pero lo cierto también es que como nunca antes ocurrió, esos analistas y economistas ya no defienden los éxitos del poder, en tanto no los encuentran por ningún lado, porque también bajo sus pies sienten el vibrar del malhumor social.
Un dirigente político argentino ha dicho, en los últimos días: «Lo que pasa en estos países es que las demandas de los mercados entran en tensión con las necesidades insatisfechas de la sociedad». Y agregó: «La falta de un proyecto genera un vacío (…); hoy hay ausencia de futuro».
Recuperar esa idea de que el presente es de lucha, pero que el futuro es posible es el gran desafío que tiene por delante la izquierda y el progresismo para el próximo año. Para ello habrá que luchar aun más; se ha hecho mucho en ese sentido como quedó demostrado en el rechazo al Presupuesto, pero también se tendrá que afinar todo el accionar colectivo, donde el tema del referéndum contra la primera Ley de Urgencia y el posible plebiscito en defensa de Ancel ya están en el primer punto del orden del día.
Como lo estarán también la ley de iniciativa popular que contenga soluciones para las urgencias de la sociedad, en el marco de un camino de alternativas y de reformas, incluida la constitucional, para una salida integradora, a favor de todos los uruguayos.
Volveremos sobre estos temas.
*Diputado de Alianza Progresista (EP)
Compartí tu opinión con toda la comunidad