Fraternidad

Carlos Bouzas

Un trabajo que me tiene entusiasmado, me ha llevado a leer nuevamente «La Guerra Civil Española» del inglés Hugh Thomas. Se trata de un documento muy completo, puntilloso, analítico, de uno de los hechos de guerra más desgarradores de cuantos ocurrieron en el siglo XX, y que nos ha marcado hondamente a los demócratas, europeos y americanos. Esa marca de desgarro se acentúa en el caso de aquellos que nos reputamos de izquierda y que somos descendientes de españoles.

Los paisajes, las canciones, las organizaciones políticas y sociales que defendieron la segunda República Española, están omnipresentes en el panorama político y social de la España actual. Y ante cada acontecimiento presente resulta ineludible referir a aquella época, que duró poco menos de tres años, costó más de un millón de vidas y fue fermental para el desarrollo de las doctrinas políticas en los dos últimos tercios del siglo que estamos despidiendo.

Los que nacimos en América y somos hijos de refugiados y emigrantes españoles, nos vimos forzados a buscar refugio en la patria de nuestros padres –ya sea por persecución o falta de trabajo– a la vuelta de treinta años.

Al leer la obra de Thomas, surge nítidamente que uno de los elementos que influyó negativamente en las posibilidades de éxito de la República ante el asalto fascista encabezado por el general Franco, fue la desconfianza, la falta de fraternidad y el enfrentamiento duro, muchas veces armado, entre las organizaciones políticas que buscaban –todas– un cambio progresista y radical en España. Los más de tres años de gobierno republicano de izquierdas estuvieron plagados de esos acontecimientos negativos para el fin común. No fue la razón principal, pero debe contarse entre las causas de la derrota de una experiencia maravillosa que se desarrolló en medio de un mundo subyugado por la idea y amenazado por la acción del fascismo.

Muchas veces he escuchado que los triunfos traen satisfacciones y las derrotas experiencias. Si eso es cierto, lo invito a que nos traslademos ahora a nuestro país.

Fue mucho más de una generación la que ha cimentado el avance y consolidación de una fuerza de izquierdas poderosa y con arraigo nacional como lo es actualmente el Frente Amplio y nuestros amigos del Encuentro Progresista.

Algunos bebimos en antiguas organizaciones sociales y políticas con fuerte carga ideológica, ética y moral, marcada por el sacrificio personal en aras del resultado colectivo. No fue invento nuestro, sino que interpretamos cabalmente los valores que predominaban en la primera mitad de siglo.

Otros fueron, están y continuarán incorporándose, enamorados por la mística de los pioneros, por una práctica de gobierno que toma como referencia al hombre antes que los números, aunque sin olvidarse de aquellos y con la seguridad de que, a poco que pestañeen, estaremos conduciendo los destinos de nuestra patria. Sin embargo, los valores predominantes en la sociedad, actualmente, son los del triunfo rápido y el éxito económico personal en medio de una competencia que puede ser feroz.

Este conglomerado que integramos todos tiene, además, la particularidad de que –en cada oportunidad que ha convocado a la gente pidiendo el apoyo– ha logrado adhesiones crecientes, pese al ataque furibundo que hemos sufrido a lo largo de once años de dictadura.

Yo creo que ninguna fuerza política o persona puede mantenerse absolutamente incontaminada de los valores vigentes en la sociedad en que vive. Hace tiempo que aprendí de Ortega que el hombre es él y sus circunstancias.

Por eso opino que no ayudaríamos al necesario triunfo que se merece nuestro pueblo, si nos ancláramos –cada generación– en los valores con los que nos hemos criado y no buscáramos los puntos de encuentro con las otras generaciones, con las que convivimos y damos vida y fuerza al Frente. Mucho peor aún, si escudáramos nuestros valores en siglas políticas con fuertes cargas ideológicas para justificar la falta de fraternidad. Porque muchas veces, el ataque al compañero puede ser más destructivo que toda una estrategia madurada largamente por nuestros adversarios.

Alfredo Zitarrosa tenía entre sus papeles con canciones inacabadas, una historia que comparaba las consecuencias de la violencia y fiereza de un tigre que sabe que hace daño y por lo tanto mide sus ataques, con las de la paloma que, siendo débil, ataca con todas sus fuerzas en todos los casos, sin medirlas, provocando daños más serios que los del tigre.

Siempre nos espera la historia a la vuelta de la esquina. Allí estará también cuando nos estemos despejando la resaca de la entrada de 2001.

* Militante del E.P.

 

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