¿Quién tiene la culpa?

Pienso que todos los uruguayos somos los responsables de complicarnos la vida. Como tenemos que vivir todos los días, es inevitable compartirlos, tanto con nuestros familiares como con los amigos, vecinos, comerciantes del barrio, compañeros de oficina, empleados publicos, en suma, con todas aquellas personas que habitan en el Uruguay y desarrollar con ellos todos los requisitos de una convivencia natural entre seres humanos.

Ubicarnos con la familia en el hogar nos lleva a atender la necesaria actividad para subsistir y desempeñar las inevitables acciones fisicas, comerciales, oficiales, que ha impuesto la sociedad en el territorio uruguayo. Por ejemplo, para alimentarnos, debemos comprar lo necesario y comenzar a enfrentar el problema que se crea cuando queremos adquirir algo y no podemos, ya que no existen los billetes o monedas que integran el precio del artículo. Hoy, en pleno 2008, contamos con billetes de mil y dos mil, de quinientos, docientos, cien, cincuenta y veinte pesos, y en monedas de 10, 5, 2 y 1 pesos y de 50 centésimos. Si quiero comprar un litro de leche, debo pagar 16 con 90, cosa imposible ya que en centésimos sólo hay de 50. Esto es un problema diario que tenemos, nada menos que en un artículo de uso diario y cuyo precio lo marca el Estado.

En cualquier comercio de venta de comestibles, tanto sea el almacén del barrio, como en cualquier local de las cadenas de supermercados, aparecen precios que terminan en 0,90 o 0,80, lo que distorsiona la relación cliente-comerciante, a pesar de las expresiones de consideración que difunden los vendedores.

Otra costumbre que existe es la de presentar precios con valores que terminan en 9. En muchas vidrieras podemos advertir esa tendencia, que suponemos creada para convencer al comprador, ya que al descontar un peso, el cliente observa que el artículo baja 100 pesos, es decir, si aparece $499, no es lo mismo que $500.

La cosa empeora cuando se va a la caja y se paga el total de lo comprado y allí se redondea el resultado, y entonces el cliente va a abonar de nuevo más de lo marcado. Esto ocurre hace años, que yo sepa, nunca se controló este abuso y cada habitante del Uruguay resulta estafado en cada compra que haga.

Alguien tuvo estas ideas, tanto comerciantes muy sagaces como profesionales relacionados con la economía y que encuentran soluciones muy ventajosas para quien actúa en plaza. Este simple detalle perjudica a la gente y sobre todo a quien trabaja para subsitir como aquellas personas que reciben su pensión mensual. Una pobre madre paga todos los días $17 el litro de leche, porque nunca puede llegar a juntar los $16,90 que le marcó el gobierno. Y esto no es broma, es una realidad que vivimos en el Uruguay productivo.

Hace tiempo que se debió atender esta incoherencia, los responsables económicos tienen que facilitar el mecanismo, considerando que los precios de venta estarán relacionados con los billetes y monedas existentes a la fecha. Podrá argumentarse que aquel artículo que debe pesarse arrojará un resultado fraccionado que puede complicar al cliente. En esos casos, lo más razonable es el ajuste para menos, ya que el cliente compra todos los días y el comerciante se beneficia con su visita casi diaria.

Este gobierno progresista ha desarrollado una política armonizadora entre patrones y obreros, tratando de nivelar la problemática económica que soportan las familias. Analizar este problema puede ayudar mucho a mejorar cada presupuesto. Todo está en el interés que se tenga en el tema.

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