¿Cuándo educamos en valores?
Desde hace cierto tiempo se puso de moda hablar de «educación en valores». Nuestra primera reacción es de alegría. Es bueno que el tema de los valores se difunda en el ámbito educativo.
Pero veamos… ¿qué entendemos por valores? No quiero entrar aquí en una especulativa discusión filosófica. Me atrevo a afirmar que valores son aquellas actitudes que deseamos recibir de los otros hacia nosotros. Nos gusta ser tratados con respeto, entonces el respeto es un valor. Que los demás sean honestos, veraces, prolijos, etc., etc. Podemos hacer largas enumeraciones de estos valores. Incluso podemos hacer escalas. Hay valores que «valen» más que otros. Se prefieren los valores espirituales a los económicos.
Aquello de «trata a los demás como deseas ser tratado por ellos» es un principio válido. Sin embargo, observo que las quejas y lamentos son por que ahora «las cosas no son como antes», nos quejamos del daño que recibimos o las atenciones que nos niegan. Renegamos de nuestra época y culpabilizamos al prójimo.
Está bien que en la escuela y la casa se «enseñen» los valores, pero esto no es todo. Lo sustancial es que cada uno se comprometa frente a sí mismo en respetar los valores que espera recibir. Allí arranca la renovación que todos deseamos desde lo más profundo.
Los cristianos sabemos que «la buena nueva» es esa convicción que nos quema el corazón y nos impulsa a vivir los valores superiores del espíritu: la honradez, la solidaridad, la confianza, el respeto y todos aquellos actos y sentimientos que llevan a pasar de una situación menos humana u otra más humana, más querible, más vivible.
No seamos ingenuos, pensando que transitamos un campo de batalla con una flor en la mano. Lo que sí afirmamos es que lo que hoy nos duele de la sociedad y nos afecta de los demás pueda, en buena medida, ser corregido. ¿Cómo?: actuando nuestras buenas intenciones, conociéndonos mejor, proponiéndonos metas alcanzables. Trabajando con nosotros mismos y con los demás.
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