¿Nos matan nuestros perros, nos violan nuestro padres?

La sucesión de espantosos hechos protagonizados contra indefensos menores, sobre todo niñas y mujeres, en nuestros días, es una situación que nos pone a prueba como sociedad civilizada. ¿Lo somos realmente? ¿Qué se entiende por civilización o civilidad?

Cuando el aluvión de casos de abuso de niños pobló y aún sucede, la pantalla chica, creímos necesario conversar sobre el tema con nuestra pequeña de ocho años. A su manera. Sin alarmas y hasta donde ella quisiera pero con explicaciones, porque escuchan inevitablemente los informativos que deberían estar dentro de los horarios de protección al menor, o igual los comentarios llegan, al cundir una especie de alarma pública. Y como es imposible tenerla en una burbuja ­aunque algunos padres de los de antes así quisiéramos­ es natural que la vida aparezca por las ventanas abiertas de su vivencia pueril que florece con ganas y alegría admirables, como merecería todo niño sobre la faz de la tierra. ¿Es mejor no decirles nada? ¿Cómo actuamos para que no piense ella que es regla general el abuso, la maldad y la violencia?

Es imprescindible hacer saber a los pequeños que, aunque un perro atacó y mató a su dueña en un barrio montevideano hace poco, podremos seguir teniendo mascotas y seguirá diciéndose que los perros son los mejores amigos del hombre. También es importante que sepan que la mayoría de los papás o más bien casi todos y los hombres en general, son gente bien. Con defectos y virtudes naturales de esas que hacen a la felicidad y convivencia humanas y en familia. Las buenas costumbres y el respeto son la regla y la perversión es la excepción. Si no llegamos a esa conclusión en profundidad, estaremos sembrando una semilla de desconfianza atroz, que seguramente acortará el disfrute de la inocencia infantil, tan necesaria para una adultez sana y sin resentimientos o complicaciones de conducta. Tal vez y sin tal vez, debiera pensarse más acerca de cómo y cuánto se informa sobre los casos de esta índole. Aunque las aberraciones suceden, no las inventan los cronistas de los medios, siempre ellos pueden darle color o poner énfasis en determinado aspecto a fin de calmar insaciables necesidades de rating. Sabemos que el mercado es feroz y la misma televisión ha endurecido la sensibilidad de la gente frente al dolor ajeno. Los informativos parecen películas policiales donde se pierde la noción de la barbarie y lo horrible siempre le pasa al otro. El índice de asombro se eleva y es necesario para vender la propaganda ­meollo de todo esto­, exacerbar el morbo y la necesidad de satisfacción de los que disfrutan con la desgracia de los demás. Cuanto más inmundicias se muestren habrá más teleaudiencia, aunque se ventilen intimidades y se hiera groseramente el pudor de aquellos niños a los que decimos cuidar.

Eso es degradación y no civilización. A pesar de todo, los padres buenos siguen existiendo en el mundo aunque los noticieros parezcan decir otra cosa.

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