Con Cuba en el corazón

Neruda tituló «España en el corazón» su canto de amor a la España republicana, y en estos días hemos leído, visto y oído con el corazón las crónicas de la visita de Tabaré a la isla que amamos desde hace 50 años. Más aún, porque todavía recuerdo el impacto del Moncada (y luego del histórico alegato) como un intento de entregar las armas al pueblo para emprender el camino de una auténtica revolución.

Por cierto que se firmaron acuerdos relevantes en distintas áreas, entre ellas en la salud, en cuyo trasfondo latía la vocación solidaria de los médicos cubanos que con profundo humanismo, modestia, trabajo esforzado y sistemático dieron vida a la Operación Milagro. Nunca un nombre estuvo mejor puesto. En materia de intercambios comerciales, de experiencias en educación, ciencia y tecnología, y otros varios, se abrieron amplias perspectivas para ensanchar cauces mutuamente beneficiosos. A la vez me pareció adivinar, sentir a la distancia, el clima especial de afecto y de cariño que rodeó los encuentros con los cubanos a los diversos niveles. En particular, en la Escuela Latinoamericana de Medicina. Yo estuve allí hace unos cuantos años, en la década pasada, en ocasión de un evento del Foro de São Paulo, y a la luz de las crónicas percibo que se mantiene el mismo clima de amistad, de fraternidad y de alegría por el trabajo compartido y la misma vocación por capacitarse para servir a su pueblo que anima a los jóvenes estudiantes.

En verdad, en la visita se vieron reflejadas las relaciones más que centenarias entre dos pueblos, que arrancan nada menos que con Martí como cónsul honorario de nuestro país en Washington y su participación en reuniones internacionales. Recuerdo también los vínculos de la izquierda uruguaya con el PSP y su revista Dialéctica, la estadía clandestina de Blas Roca en un congreso del PCU, la amistad con algunos de sus intelectuales ilustres como Juan Marinello, Nicolás Guillén o Carlos Rafael Rodríguez, que después acompañó al Che en Punta del Este.

Todo cambió, o mejor dicho, cobró otra dimensión con el triunfo de la revolución. Ahí se inició un movimiento de solidaridad del pueblo uruguayo con Cuba que no se interrumpió nunca. Fue el rayo que no cesa. Esto lo reconocieron siempre los cubanos y sus líderes empezando por Fidel, y lo siente cualquiera de nosotros cada vez que pone los pies en la isla. Ese sentimiento firmemente arraigado en la conciencia de nuestro pueblo se puso a prueba en ocasión de la infame ruptura de relaciones por presión yanki decidida en la Conferencia de Cancilleres de enero 1962. Se renovó en la manifestación multitudinaria que acompañó al embajador cubano expulsado y en las conmociones populares de ese día. Se mantuvo sin desfallecer, como una constante, a lo largo del período dictatorial, en el país y en el exilio. Y en el esfuerzo sostenido del movimiento de solidaridad por restablecer las relaciones rotas por el gobierno de Jorge Batlle. Sin olvidar que, apenas asumió, el primer acto de gobierno de Tabaré Vázquez consistió en restablecer a plenitud dichas relaciones, cumpliendo con un hondo anhelo popular.

Todas las agresiones del imperio contra la isla gloriosa a lo largo de medio siglo tuvieron como respuesta, desde nuestra pequeña geografía, la multiplicación de las acciones de solidaridad. Así ocurrió en los días de la invasión de Playa Girón en abril 1961; en la crisis de los misiles de octubre 1962 que pusieron al mundo al borde de la guerra nuclear; y en la denuncia permanente del inicuo bloqueo, que dura casi tanto como la revolución misma.

La gira fue un espejo de esa amistad entrañable que se ha ido tejiendo entre los dos pueblos a lo largo de su historia. Es parte de la realidad actual de nuestra América, como la llamaba Martí, del nuevo período histórico abierto por la revolución cubana, que trajo el socialismo a América Latina.

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