El típico cinismo militar
Al novelista compatriota y además abogado, Carlos Martínez Moreno, más de una vez le oí decir en los años sesenta, época de nuestra amistad, la lúcida frase: «Después de los treinta años cada uno tiene la cara que se merece«, concepto que a veces expresaba de otra forma: «Después de los treinta, cada uno es responsable de su cara«.
De esto ya habló hace unos días Hugo Cores en estas páginas (16/12/00) refiriéndose a las fotos de los militares y torturadores que aparecieron en LA REPUBLICA del viernes pasado (15/12/00).
Realmente hay en esos rostros toda la miseria humana que significa el militar; allí se refleja todo un pasado de infamia irreparable; en esas caras se ve representado un período de ignominia y desprecio por lo humano vivido por nuestro país. Juicio éste que no conlleva matiz lombrosiano alguno y se refiere a una resultante cultural y no a una base preestablecida o genética.
Cores habla de caras «repulsivas y pezcuezos porcinos» que yo –no por corregirlo– catalogaría de monstruosas y repulsivas, caras de seres dispuestos a matar, tal como confesó indirectamente el Goyo Alvarez y aparece reproducido en la primera página de LA REPUBLICA del 16 de diciembre, en conexión con el asesinato, hoy esclarecido, del pescador Olivar Sena.
Dice allí el citado militar: «Yo no lo mandé matar» (sic), con lo cual, de una manera indirecta está reconociendo que mandó matar a otros, o bien que otros mataron, que el Ejército mataba, mata y matará.
De otra manera hubiera contestado de una manera más general, que podemos imaginar hipotéticamente: «En el Ejército nadie manda matar» o acaso, «los militares no mandan matar». Pero él, cínicamente o inadvertidamente confiesa la verdad cuando se despega de responsabilidades y dice «Yo no lo mandé matar», con lo cual demuestra su insolidaridad hasta con sus cómplices que sí mataron directamente o mandaron matar a terceros.
Colofón digno de este personaje repulsivo y sus pares, sin que el hecho de que hoy estos personajes estén «retirados», ello no significa que la Escuela Militar no siga formando las generaciones de recambio fundidas en el mismo molde.
¿Qué pueden enseñar a los militares en formación que no sea las formas de «matar o de volverse unos imbéciles»(1)? Así lo expresa el movimiento popular suizo al cual nos referimos unas líneas más abajo.
De allí la necesidad de pensar seriamente en alguna forma legal de eliminar a estos seres inútiles, costosos e infames. ¿Plebiscito para eliminar las Fuerzas Armadas? ¿Reducción drástica de sus efectivos y recursos que tanto cuestan a la población? Todo ello por vía constitucional, naturalmente. En el «Uruguay de Europa», es decir Suiza –expresado así simétricamente a la divulgada formulación «Suiza de América»— ya hace años que un grupo creciente de ciudadanos –por ahora sin éxito total, hay que reconocerlo– viene impulsando la campaña denominada «Suisse sans armée» o sea «Suiza sin ejército», principalmente desde Ginebra y Lausana, ciudad esta última donde tiene su sede (Case Postale 277/1000/Lausanne 17 CCP 263-31).
Nuestro lema de «Suiza de América» sería entonces «Uruguay sin ejército». De eso se trataría: organizarse para ahorrar dispendios y eliminar esa casta inútil, coincidiendo así con la propuesta de Alfredo Errandonea publicada en estas páginas el 28 de noviembre último: «Â¡Abolir las Fuerzas Armadas!»
(1) L’Armée, ça tue…ça rend con (sic)
(El Ejército mata… te hace un boludo)
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