Antes y ahora: movilización cañera cuarenta años después

Resulta inevitable al enterarse de que los cañeros están nuevamente en Montevideo recordar las marchas –aquellas sí, verdaderas marchas a pie– protagonizadas por los «peludos» de Bella Unión nucleados en la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (UTAA), con la consigna «Por la tierra y con Sendic», que sacudieron la amodorrada conciencia del Uruguay feliz que a comienzos de los sesenta empezaba a dejar de serlo.

Naturalmente que luego de transcurridos casi cuarenta años, las cosas han cambiado. En aquel entonces, la movilización de los cañeros respondía a las condiciones deplorables en que desarrollaban su tarea, a la paga miserable que percibían por un trabajo extenuante, y reclamando del gobierno una política de tierras que el ministro del ramo de la época –el señor Wilson Ferreira Aldunate– también estaba interesado en impulsar. Los trabajadores azucareros proponían –entre otras medidas– la expropiación del latifundio de Silva y Rosas: decenas de miles de hectáreas improductivas.

Aquellas marchas cañeras se llevaron a cabo en un contexto económico, político y social muy diferente al de hoy. Como queda dicho más arriba, las condiciones laborales de entonces implicaban una quasi esclavitud que mereció investigaciones parlamentarias merced a las cuales la sociedad pudo conocer una realidad sólo imaginable en otras latitudes y no en el país modelo que pretendía ser Uruguay: pago con vales para consumir en el almacén del ingenio, aripucas como vivienda, analfabetismo, desprotección sanitaria, etcétera.

Se vivían los primeros y devastadores efectos de la crisis económica comenzada a mediados del decenio anterior. El movimiento sindical se fortalecía en luchas para evitar la pérdida de poder adquisitivo del salario al tiempo que la represión policial se tornaba cada vez más brutal y despiadada; era la respuesta de la clase dirigente ante el avance de la organización de los asalariados. Se asistía a una polarización y a una radicalización de los conflictos como preanunciando lo que vendría algunos años después.

Hoy la situación es muy otra. Hoy la crisis ya no repara sobre quiénes descarga su azote, y golpea a asalariados y a empresarios (sin olvidar que siempre los primeros serán los más perjudicados). Hoy ya no están en juego algunas de las reivindicaciones de otrora, pero han aparecido nuevos reclamos tras los cuales marchan unidos patrones y trabajadores.

Resulta sintomático que la movilización cañera actual haya surgido como respuesta al anuncio gubernamental de quitar el subsidio al azúcar. Como en otros casos, la política económica impulsada por el gobierno concita el repudio unánime de los actores económico sociales e, insólitamente, une en la lucha en su contra a productores, industriales, comerciantes y asalariados.

No es para menos si tenemos en cuenta el impacto social que significa la supresión del subsidio a la producción azucarera: son nada menos que quince mil familias las que se verán afectadas por la medida. Una medida que no responde sino al afán del equipo económico (y a la orientación en que se inspira el doctor Batlle) de ajuste, de equilibrar las cuentas, de cortar el gasto, sin importar en absoluto los efectos sociales de esas medidas.

Ya no se trata de los trabajdores enfrentados a los patrones en un esquema de lucha de clases tipo, sino de una protesta social que trasciende las diferencias de clase para exigir al gobierno un cambio de rumbo en su política económica.

Los tiempos han cambiado.

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