20 de mayo, Día del Detenido Desaparecido
El haber visto los cuerpos destrozados de los compañeros… el haber visto a las compañeras violadas… haber acompañado a tantos otros en terrible cortejo… saber hasta el cansancio de los presos e hijos desaparecidos… nos preguntamos hasta cuándo aguantarán este genocidio, consecuencia de la tortura y que se renueva todos los días de nuestras vidas, hasta cuándo aguantarán sin dar solución a los cientos de luchadores sociales y familias, quienes hoy son responsables de aplicar la justicia y los valores de los derechos humanos en su paso por el gobierno, gobierno que les ha dado el pueblo.
Hasta cuándo responsabilizar a los compromisos asumidos y la palabra empeñada a tantos años de los luctuosos sucesos, sea a unos o a otros, qué fuerza puede tener un compromiso en la medida que se van descubriendo nuevos y eficaces métodos empleados para la destrucción humana, o tal vez ya no nos acordamos de los compañeros lanzados desde los aviones, y la burla que significa ocultar los cuerpos tan buscados como queridos.
¿Qué fuerza puede tener este compromiso…? ¿Qué encierra en sus entrañas que no nos permite llegar al fondo de las violaciones cometidas? ¿O es que hemos llegado al punto en que el asesinato tiene más validez que el derecho de la sociedad en que vivimos?
¿De qué compromisos hablamos, de los compromisos que permitirán quizás en breve plazo enviar a sus casas a los privilegiados presos por razones de violación a los derechos humanos, por límites de edad, o por estar enfermos, haciendo uso y abuso de nuestro sistema jurídico?
Pero no nos detengamos ahí. Vamos un poco más allá. Pongamos nuestra atención en esta marcha del silencio. Miles de personas, que no son todas las de las 110.000 firmas recolectadas, ¿son insuficientes para aplicar nuestra Constitución o para empezar a quitarnos esta vergüenza con la cual vivimos? Y si hay también grandes claros que no se ven, lugares que antes ocupaban los ciudadanos que se van muriendo y que hoy ocupan sus hijos y nietos, el paso adelante se hace más lento a medida que pasan los años y los estandartes con las fotos queridas se van haciendo cada año más pesados.
El pelo cano… las arrugas en rostros y manos denotan el sufrimiento y la determinación de muchos manifestantes, así como el paso de los años… las arrugas no duelen pero obedecen también a tanto tormento sufrido, pero las pancartas y el recuerdo jamás envejecerán, estarán ahí y luego se refugiarán en la historia, fieles testigos de tanta hipocresía.
La decimotercera marcha del silencio está abierta para todos, movimientos políticos, sociales, ciudadanía en general, es bueno codearse de vez en cuando con el dolor y con el pasado aunque no estemos de acuerdo, está clara nuestra presunción de que en el plano político ya no se puede inventar nada, no hay nadie que desconozca en toda su extensión el tema de los luchadores sociales, y quién actúa como actúa más allá de sus creencias, es porque están presuntamente e intrínsecamente consustanciados con la forma de actuar de nuestro gobierno, la Constitución de la República en su texto establece las pautas necesarias para cerrar este capítulo.
Hoy, a un paso de la realización de la marcha del silencio, en reclamo por la aparición de los detenidos desaparecidos, nos vienen a la memoria estas palabras:
¿Cómo pudimos vivir tantos años de silencio? Sabiendo que durante la dictadura el silencio era consecuencia del miedo. Pero eso no lo explica todo. Del lado de las víctimas, el silencio se relaciona con una actitud de dignidad básica. Descorrer el velo de la tortura, de la humillación, de la violación física y sicológica es algo muy difícil de hacer. Incluso ante los propios cónyuges.
Y ese mismo silencio comprensible fue ahondando el daño de los sufrimientos no compartidos, de aquello que preferimos poner en el estante de las pesadilla y arrancar de los archivos de la historia. El trasfondo de todo lo narrado son las vidas quebradas, las familias destruidas, las perspectivas personales tronchadas, la impotencia para dar a los hijos una vida mejor.
Todo ello estuvo cubierto durante mucho tiempo por un espeso e insano silencio. Eso tenía que terminar y este es el momento.
Por lo dicho, abrimos con el título de marras, los árboles mueren de pie, luchando contra la intemperie, secándose al sol, atacados por las manos que arrancan sus ramas, amparo de los pájaros, viendo pasar los años por su lado a la espera del agua salvadora en tiempos crueles de sequía, así están nuestros luchadores sociales, dispuestos a mantenerse vivos y dar calor al mundo en que vivimos, muriendo de pie.
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