Escrito por: Por Jorge R. Bruni Subsecretario de Trabajo y Seguridad Social.
¿La alimentación en el trabajo es considerada entre los elementos sustanciales de vida de los trabajadores? ¿Tienen estos tiempo, lugar y dinero para alimentarse correctamente? Los tickets de alimentación, ¿cumplen cabalmente con ese objetivo? Recordemos que en su origen mucho influyó la intención de reducir aportes a la seguridad social y que el paso del tiempo fue consolidándolos en instrumento de intermediación financiera, no en todos los casos.
El trabajo está bajo la protección especial de la ley, estando obligadas las empresas a proporcionar alimentación y alojamiento adecuado al personal que permanece en el lugar donde desempeña tareas, según dispone la Constitución de la República en sus artículos 53 y 56.
El Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, a través del INDA y de la Dirección Nacional de Seguridad Social, es el responsable de elaborar y controlar las políticas de seguridad social, alimentarias y nutricionales. ¿No será necesario recoger la mayor información posible para encarar este aspecto sustancial de la vida laboral? La alimentación inadecuada en el trabajo, según OIT, causa 20% aproximadamente de las pérdidas de productividad.
En el siglo pasado existían las viejas fondas proletarias, propiedad de “tanos y gallegos”, en las que según cuenta M. Schinca se comían sabrosos pucheros, guisos, albóndigas y ravioles los jueves y domingos. Trabajadores de bolsillos vacíos concurrían asiduamente, ligando al menos el clásico plato de sopa, que siempre iba “por cuenta de la casa”.
Según datos recientes del INDA, que dicho sea de paso se creó como consecuencia directa de las viejas ollas populares, en 2007 descendieron un 6,31% los costos de atención a los beneficiarios, prosiguiendo la tendencia de 2005-2006, y creció el número de personas atendidas en un 7%.
Se abandonaron las prácticas del pasado de entregar las famosas “canastas truchas”, remedando a las instituciones públicas romanas de 19 siglos atrás, que de entregar alimentos a los niños pobres, terminaron dándolos sólo a un gran número de holgazanes que luego eran enrolados en las legiones imperiales, ofrendando sus vidas en pos de las sagradas guerras del emperador de turno.
Sería limitar el tema quedarnos sólo con la reducción de costos y crecimiento de beneficiarios, porque hoy día el INDA encara otros objetivos trascendentes, no limitándose a la distribución de canastas de alimentos sino desarrollando además políticas activas del fenómeno alimentario, realizar controles nutricionales para mejorar la calidad de la alimentación o lograr que merenderos donde el niño va a buscar la tacita de leche se conviertan en lugares recreativos para que la pobreza no les quite la dignidad.
Dichas metas, entre otras, promueven lo que debe ser una política alimentaria de país. No ignoramos la crisis alimentaria mundial que existe, en la que primordialmente tienen responsabilidades los países del primer mundo con sus políticas destructoras del medio ambiente, o propiciando usos de alimentos para otros fines que poco tienen que ver con la nutrición, causando factores climáticos adversos, encarecimiento del petróleo y suba de precios. También la tienen nuestros países, al menos por omisión.
Nada mejor para explicar el fenómeno que el ejemplo de la papa, que se consumía en América hace 8000 años, siendo llevada por los españoles a Europa en el siglo XVI. Surge la pregunta: ¿La revolución industrial del siglo XIX, para tomar sólo un momento de la historia, hubiera sido la misma sin la nutritiva, barata y abundante papa de esos años? ¡Qué contradicción! América Latina, que tanto ayudó y ayuda a la alimentación del mundo, hoy es el continente con mayor desigualdad del planeta, revelando serias carencias alimentarias. De ahí las responsabilidades a que refiero. A nuestro nivel, el INDA, en lo que le corresponde y a pesar de sus limitaciones, está en la buena senda. Mientras, me persiguen los bolsillos vacíos y el plato de sopa como “atención de la casa”.
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