La euforia por la producción de biocombustibles comienza a convertirse en dudas sobre los beneficios que se les atribuyen, e inseguridad en los costos sociales y económicos de su fabricación, tal cual lo denunciara Fidel Castro en sus artículos de opinión, y en donde alertara sabiamente sobre la seguridad alimentaria que se pone en riesgo ante las necesidades de millones de hambrientos.
Aplíquese esta receta a los países del Tercer Mundo (producción masiva de etanol) y verán cuántas personas dejarán de consumir maíz entre las masas hambrientas de nuestro planeta. O algo peor (…), no quedará un árbol para defender la humanidad del cambio climático”, había alertado sabiamente el líder de la revolución cubana. Ante las protestas y los alegatos contra el uso del maíz, la caña de azúcar o el trigo para obtener carburantes de origen agrícola, las investigaciones de las empresas transnacionales se dirigen ahora a los residuos de cosecha o la celulosa. Pero el empleo de forrajes, desechos agrícolas y material celulósico presenta dificultades tecnológicas, por lo que algunos expertos creen que el consumo de energía fósil sería alto.
Análisis de especialistas aseguran que representaría, por lo menos, 50 por ciento del valor energético total obtenible con los combustibles verdes. Estudios recientes demuestran que aún en 2030 la elaboración de biocombustibles estará lejos de satisfacer la demanda mundial para sustituir al petróleo y sus derivados. Un serio problema para producir carburante a partir de pastos, residuos de cosecha y sobre todo de árboles es el contenido de lignina, una sustancia fundamental en el metabolismo vegetal. La lignina no la digieren las enzimas y sería necesario experimentar con árboles transgénicos, es decir, obtenidos por ingeniería genética.
Expertos aseguran que si se liberan árboles de ese tipo la dispersión de polen contaminaría a las especies silvestres. Los transgénicos se sitúan como fundamentales en la producción de agrocombustibles de segunda generación, por los intereses de las grandes transnacionales, que consideran a esa esfera como un gran negocio. Desde luego que la fachada ambientalista y de cuidado de los alimentos viene muy bien a empresas estadounidenses que se ampararán en los subsidios del gobierno para proteger a sus granjeros. Si Washington ayuda a los agricultores en el maíz, la soja, las lentejas, el azúcar y otros productos, las subvenciones tendrían menos oposición para pastos u otro alimento animal.
No obstante, el alemán Hartmut Michel, Premio Nobel de Química de 1988, tiene una opinión contraria a la fabricación de cualquier tipo de biocombustible. Advirtió que, para producir algunos energéticos verdes como el etanol, hace falta invertir bastante en fertilizante, crudo o gas, y además no ahorra emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. Sin embargo, la expansión del etanol como negocio atractivo tiene como efecto adicional la idea de que promueve la inversión y el desarrollo en los países pobres. No piensan igual los campesinos de una zona fronteriza de Mozambique, donde una empresa productora de etanol de caña de azúcar provoca el reasentamiento de sus viviendas. Claro que eso es irrelevante para el prometedor negocio de las trasnacionales capitalistas, y ya en Estados Unidos existen 136 destilerías de etanol y se construyen otras 63, para una capacidad anual de 13 mil 300 millones de galones (3,78 litros por galón). Para este año comienza a entregar etanol en Lousiana la primera planta estadounidense que utilizará a la caña de azúcar como materia prima.
También empresas de varios países se lanzan a la aventura de crear organismos vivos para acelerar el procesamiento de combustibles agroindustriales. Precisamente son las grandes multinacionales petroleras y de fertilizantes y herbicidas las emprendedoras de los estudios. Considerada como ingeniería genética extrema, estos procesos se consideran peligrosos por su posible impacto en los seres vivos naturales. La voracidad del capitalismo no tiene límites y muchos caen bajo la estrategia del imperialismo del norte, pese a las advertencias y la voz de alarma que dieron Cuba y Venezuela en las reuniones del ALBA y foros internacionales.
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