Los destinos de la sociedad los construye el pueblo

Escrito por: Por Christian Di Candia - Secretario Político ­ JOTA21

Miércoles 16 de abril de 2008 | 4:59
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Tengo marcadas a fuego algunas enseñanzas de mis primeros tiempos de militante en la izquierda uruguaya. Esa izquierda que básicamente estaba, y aún está, sustentada en la unidad del Frente Amplio como fuerza política y en la unidad de la central única de trabajadores. Recuerdo a muchos veteranos insistiendo y recalcando la importancia de la táctica, la estrategia, la caracterización de la etapa histórica y ante todo, lo fundamental del aspecto programático sobre aquellos que fisgoneaban poder y reparto. Son esas enseñanzas las que hoy me marcan el accionar diario y obviamente, la forma en que uno se para como actor ante los conflictos y debates a la hora de analizarlos.

 

Últimamente me he preguntado mucho sobre la controversia pública y los conflictos que se están dando en torno a la Educación en el Uruguay. Con la facilidad y la comodidad de mirarlos de afuera, quizás me equivoque, pero creo estar viendo dos virus muy complicados para una sociedad de democracia profunda como la que queremos construir. En primer lugar, los debates de los últimos tiempos se están centrando en el reparto del poder. En segundo lugar y más importante aún, hay posiciones corporativas que me recuerdan viejos fascismos, que intentan privar a la sociedad de elegir el destino educativo de sus niños y sus jóvenes. El primero me parece un problema de contradicción. La izquierda debería ser la abanderada y la fuerza puntal en los debates acerca de la sociedad que queremos construir y en base a ello, qué queremos enseñar, qué valores pregonar, qué materias desarrollar, qué se hace necesario instruir y con qué herramientas. Sería de idiota no entender que la educación es el medio para construir esa sociedad del futuro. Permítanme: la construcción del hombre nuevo que tanto ha machacado nuestra izquierda y que es, personalmente, la utopía más firme que debería seguir teniendo. Aquí hay dos problemas políticos. Uno, de concepto de sociedad democrática que tienen algunos actores políticos y sociales. No quiero debatirlas pero sí explicitar la mía. Si hay algo que las sociedades democráticas, y quizás ni siquiera las formalmente no democráticas, no deberían poner jamás en discusión ni en debate es la capacidad, el derecho y la obligatoriedad de esa sociedad y sus componentes de elegir los destinos de su propio futuro. El derecho y la obligación indelegable de un pueblo, de perseguir los caminos de construcción de sus objetivos como sociedad ante el mundo que viene. Recuerdo mis primeras enseñanzas liceales sobre el fascismo italiano. Allá por 4º o 5º de liceo cuando aparecían las clases sobre Mussolini. Fue, creo, la primera vez que “técnicamente” escuché hablar de corporativismo. De hecho el fascismo es un sistema de intereses corporativos sobre los intereses populares, donde aquellos primeros priman sin medir medios ni costos sobre los segundos. Me pregunto: ¿Puede una sociedad delegar en grupos de poder la educación de los niños y jóvenes del país? ¿Puede una sociedad delegar la construcción de la sociedad futura? De ninguna manera. No sólo no puede sino que sería faltar a su propia responsabilidad como pueblo democrático. Sería un haraquiri popular. Perdónenme pero no hay ninguna persona ni grupo iluminado, ninguna elite empresarial, gremial, sindical o política a la que una sociedad pueda delegarle semejante responsabilidad. Por principios y valores, sobre todo por valores de izquierda. El otro problema político es el de quienes se creen parte de esa esfera iluminada. Harta está la historia de grupos de iluminados. Yo no quiero ni tecnócratas outsiders ni políticos o sindicalistas atornillados en las decisiones de la sociedad de mis hijos. Quiero a la sociedad eligiendo su propio destino. Y en una sociedad democrática, imperfecta o no, con avances y retrocesos, la sociedad elige sus destinos mediante la representación de los partidos políticos en el gobierno y los mecanismos de participación que se implementen, que podrían ser mayores, pero nunca, ni por asomo, la sociedad construye delegando sus funciones. No me asombra la posición de algunos actores, no me asombra que la derecha prefiera tecnócratas externos, e incluso no me asombra para nada la posición de algunos viejos militantes de izquierda. Lo que quiero llamar sí es a una perspectiva generacional, a un pacto social generacional donde los jóvenes asumamos la responsabilidad de visualizar la sociedad del futuro. Pongámonos la camiseta y sudémosla sin prejuicios. Acá el debate es qué educación queremos y si apuntalamos una sociedad que construya sus sendas de formación y crecimiento o los delega en algunos iluminados. Pongo mi voto y mi militancia por la primera opción. Breguemos por la madurez necesaria de los que hoy tienen la capacidad de decisión.

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