Salvemos a la humanidad y al planeta: la austeridad consciente

La humanidad se encuentra en un proceso acelerado y adictivo de autodestrucción causado por un sistema de vida consumista, injusto y depredador de la naturaleza que está muy alejado de una forma de vida sana, austera, que respete los derechos humanos y con valores espirituales. Ha producido un desequilibrio ecológico y ambiental del lugar donde vivimos, tanto en el entorno cercano como en el conjunto del planeta Tierra, lo que pone en duda la supervivencia de la vida humana en un plazo muy cercano si no se cambia el modelo inequitativo de globalización actual.

En este planeta moran tres tipos de personas: en primer lugar, los «conscientes destructores», quienes de una forma fríamente calculada son insensibles, explotan a sus congéneres, destruyen los bienes naturales para satisfacer intereses mezquinos y falsas necesidades, llevan una vida de ostentación y derroche la cual representa un insulto a los más pobres y a su dignidad. En segundo lugar, están los «inconscientes consumistas», este grupo está constituido por la mayoría de los habitantes del planeta, quienes son manipulados por la publicidad para que adquieran de una forma compulsiva bienes y productos no esenciales, que no resuelven sus necesidades fundamentales. En tercer lugar, se encuentran los «conscientes austeros», son las personas que voluntariamente viven con lo esencial, no gastan en excesos o en lujos. Viven con sencillez, solidarios con los más débiles, no caen en la trampa consumista de adquirir artículos muy costosos. Merece la pena señalar lo que decía León Tolstoi, «mi felicidad consiste en que valoro mucho más lo que tengo en lugar de desear exageradamente lo que tienen los demás».

 

De acuerdo con algunas investigaciones, si los habitantes del planeta tuvieran el estándar de vida de los países del primer mundo, como por ejemplo el de los Estados Unidos, requerirían que el planeta fuera tres o cuatro veces más grande.

 

Los seres humanos tienen que hacer la paz con el planeta para superar la crisis ecológica y ambiental mundial que estamos sufriendo. Esta crisis se hace presente a través de los cambios climáticos que estamos padeciendo: la desertización, el aumento de la temperatura, la erosión de los terrenos, la destrucción de la biodiversidad, la crisis mundial de los recursos hídricos y la contaminación del aire, del suelo, del agua dulce y del mar.

 

Los seres humanos requieren un cambio paradigmático en sus actitudes, formas de pensar y sistema de valores.

 

La crisis de la humanidad, en forma silenciosa, se inicia aproximadamente en el año 1650, con la ciencia moderna y Francis Bacon. Se produce un vuelco del conocimiento, éste se orienta hacia el mundo externo con el dominio de las ciencias naturales, en detrimento del mundo interno y de la religiosidad que había dominado la larga era medieval. Esta orientación es la base de la era moderna, del maquinismo, la industrialización y la producción masiva de productos que llevan a los habitantes de este mundo a una guerra depredadora contra la naturaleza. El mundo se convirtió en un objeto muerto, un simple recurso al que se debía dominar y explotar en lugar de considerarlo como un sistema orgánico, vivo, al que hay que proteger y mantener.

 

En las últimas décadas, la sociedad ha experimentado, un hipertrófico desarrollo científico técnico, acompañado de una atrofia moral y espiritual. Es decir, se produce extraordinariamente bienes de consumo masivo unidos a una desigualdad adquisitiva e indiferencia en la destrucción de los bienes naturales al servicio de intereses egoístas inmediatos, sacrificando el hábitat de otros seres vivientes y el futuro del planeta.

La humanidad se encuentra en una mortal encrucijada: entre una vida sana, austera, justa, en armonía consigo mismo y la naturaleza o continuar con el desenfreno consumista de creer que mientras más se tiene más se vale, de desear y comprar sin límites bienes no necesarios para reemplazarlos por otros igualmente no necesarios y poco durables con lo cual se mantiene la producción capitalista. El consumismo es una conducta adictiva insaciable estimulada por la publicidad y el marketing. Las personas se convierten en juguetes inmaduros manipulados por intereses ajenos. Este segundo camino puede llevar a la humanidad a su exterminio y deteriorar irreversiblemente las condiciones de vida de la mayoría de los seres vivos del planeta. Para parar esto hay que eliminar al consumismo, al gasto derrochador y al endeudamiento empobrecedor. Si un objeto, aparato o instrumento funciona y no hemos llegado hasta el límite de su utilización, no debemos reemplazarlo por otro que tiene mayor capacidad si no va a ser utilizado totalmente.

 

Es necesario reducir radicalmente los gastos de los presupuestos de los países que están destinados a la producción y venta de armas. Según el economista norteamericano Chalmers Jhonson, en su artículo «La crisis de la deuda es la mayor amenaza para los Estados Unidos», dice que «en este año fiscal 2008, estamos gastando cantidades demenciales de dinero en proyectos de defensa»… «los gastos relacionados con la defensa para el año fiscal 2008 excederán el millón de millones de dólares por primera vez en la historia»… «Nuestros excesivos gastos militares no se desarrollaron sólo en unos pocos años. Lo han hecho durante mucho tiempo siguiendo una ideología superficialmente plausible y ahora comienzan a hacer estragos. La llamo keynesianismo militar. Es la determinación de mantener una economía de guerra permanente y de tratar a la producción militar como si fuera un producto económico ordinario, aunque no haga ninguna contribución ni a la producción ni al consumo». Después de la segunda guerra mundial, los Estados Unidos han utilizado el 40% de sus mejores cerebros en la producción de armas que, sumado con las armas que tienen los otros países, existe suficiente arsenal para destruir un planeta de un tamaño siete veces más grande del que vivimos.

 

La propuesta ecuatoriana, modelo Yasuní, ITT (Ishpungo ­ Tamboccocha – Tiputini), señala que el actual modelo de crecimiento, basado en el uso intensivo de combustibles sólidos no puede reproducirse ni imitarse; ya que en sí misma es insostenible por lo cual, nuestras sociedades deben plantearse la necesidad de un techo de 450 ppm CO 2 para estabilizar el clima global y lograr una transición energética mundial.

 

El mundo debe tomar medidas drásticas y urgentes para reducir la tendencia actual de incremento de CO 2. Los países industrializados, como principales responsables del problema y las sociedades que mantienen estándares de vida altamente demandantes del uso de energía fósil, tienen una deuda ecológica con los países en desarrollo; con las sociedades empobrecidas del mundo que no han aportado casi nada al calentamiento global, pero que están mayormente expuestas a sus efectos.

 

Por ejemplo, la deuda ecológica puede ser representada de la siguiente manera: el promedio de las emisiones de CO 2 por ciudadano estadounidense es de 19.73 toneladas mientras que el promedio por ciudadano ecuatoriano es de 1.68 toneladas. Usando el promedio global de 4.18 toneladas de CO 2, la diferencia entre emisiones por USD 10 dólares/toneladas de CO 2, representaría una deuda de Estados Unidos de USD 45.717.000 millones anuales en tanto que el Ecuador tendría crédito por lo mismo de USD 325.000.000 millones de dólares anuales.

 

Los países productores de emisiones de GEI (Gases de Efecto Invernadero) que son en gran parte generados por los grandes países industrializados deben contribuir económicamente por el impacto que producen con el calentamiento global a los países que tienen reservas de la biosfera como es el caso de Ecuador cuya principal reserva biológica, Yasuní, es considerada como una de las zonas de mayor biodiversidad del mu
ndo, tiene una extensión aproximada de 980.000 hectáreas de bosques húmedos tropicales. Esta reserva protege cerca del 40% de todas las reservas de mamíferos de la cuenca del Amazonas. Los países del primer mundo tienen la obligación moral de compensar financieramente a los países que mantienen estas reservas a fin de que éstas se puedan mantener sin destrucción y compensar, como es el caso del Ecuador, de la no utilización de los recursos de petróleo que se encuentran en esa zona.

 

Según Koichiro Matsuura, director general de la Unesco, «se necesitaría unos 50.000 millones de dólares, esto es, menos del 0.1% del PIB mundial, para preservar las treinta y cuatro zonas ecológicas del planeta. Esas zonas que solo abarcan 2,3% de la superficie terrestre, albergan sin embargo el 50% de las especies de plantas vasculares conocidas y el 42% de los mamíferos, aves, reptiles y anfibios existentes».

La humanidad debe desmaterializar la economía. Pasar del consumo de átomos al de los chip, disminuyendo el consumo de los bienes naturales.

 

La educación del futuro que se construye ahora y en donde nos encontremos, debe ser orientada al desarrollo sostenible de los bienes naturales. Hay que aprender a ahorrar, cuidar los bienes en el hogar, preservar el medioambiente, manejar sustentablemente los bienes naturales, a la producción y utilización de alimentos sanos. Debemos aprender a ser más que a tener más. Es necesario educar a las personas para que sean capaces de disfrutar del encuentro con uno mismo en el silencio y la meditación y para sentir la alegría de estar y compartir con los demás, en armonía con la naturaleza.

 

Muchas personas viven en la actualidad una austeridad obligada por la pobreza, tan solo sobreviven por los escasos bienes de que disponen y no tienen la sabiduría para utilizarlos mejor. La humanidad debe cambiar superando las injusticias y asimetrías del desarrollo y frente al consumismo de las sociedades, pasar a la austeridad consciente es la actitud que asumen las personas maduras, educadas para preservar la vida, que deciden llevar una vida sana, sencilla, de compromiso solidario con los demás, en armonía consigo mismo y la naturaleza. Frente al derroche que hacen las sociedades del primer mundo y la crisis económica de los Estados Unidos, se debe recordar a Benjamín Franklin cuando dijo, «quien gasta menos de lo que gana ha descubierto la piedra filosofal».

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