Conapro en Educación

La Conapro ya es cosa del pasado. Esta institución, a la salida de la dictadura, jugó un papel relevante. La Comisión de Educación de la Conapro presentó a las Cámaras reunidas a partir del 15 de febrero de 1985 un proyecto de ley que fue aprobado en las semanas siguientes.

El tema de la educación no era menor, como siempre. Había generado polémicas, reclamos y conflictos. El propio Presidente de la República democrática era el autor de la ley que este proyecto derogaba. Su firma ahora borraba la ley que él impulsó y rigió durante quince años. La nueva ley, la vigente, aceptada como «de emergencia», lleva en ejercicio 23 años.

Hay diferencias en cuanto a la gestación de la ley 14.101 y la vigente, elaborada por la Conapro. La diferencia sustancial fue que aquella nació de «acuerdos» exclusivamente políticos y en ámbitos cerrados.

La «provisoria», llamada de «emergencia», nació de una concertación entre todos los implicados en el asunto: partidos políticos, sindicatos, educación privada y católica. Incluso, según insistió Seregni, con representación «empresarial». Recuerdo que esta Comisión fue la última en formalizarse, a fines de agosto del 84, pues nadie sabía a quién citar como «empresarios» de la educación. Se propuso que la representación fuera asumida por la Cámara del Libro, la cual fue aceptada por ambas partes. De este modo se integró un representante de esa Cámara. Se cumplieron las exigencias de la triple integración (partidos políticos, instituciones gremiales y empresariales) y se comenzó a trabajar. Los resultados están a la vista.

La concertación posibilitó salir de la dictadura. Volver a la perfectible democracia, donde en libertad y respeto de todas las opiniones es posible vivir en paz. Debemos volver a concertar las grandes salidas nacionales, entre todos y no sólo entre las partes fuertes en la actual coyuntura. El Debate Educativo aportó lo suyo pero es necesario complementarlo con la serena reflexión de los técnicos y los representantes de todos los intereses sociales en juego.

El tema que hoy centraliza las energías de los redactores del proyecto de ley se refiere al gobierno y la distribución del poder en la educación entre gobierno y corporaciones. Este es un aspecto del problema, pero no el más importante. Lo que importa es apostar a un proyecto nacional de educación que logre acertar en qué futuro queremos desarrollarnos como país, como Estado democrático y sociedad progresista. Hace cincuenta años que los uruguayos estamos distraídos atendiendo a lo circunstancial, descuidando lo importante, en asuntos de educación.

Sería razonable trabajar, sin prisas y sin pausas, en una comisión no mayor de 20 personas en la gestación de un anteproyecto de ley que instrumente, con sencillez, el marco jurídico de la nueva gestión educativa.

Lo que es urgente y no admite la menor demora es convocar a quienes se dediquen a estudiar un proyecto educativo de país productivo, fecundo, democrático, atractivo para uruguayos y hombres y mujeres de buena voluntad que inauguren el país del futuro.

La encrucijada que hoy vivimos como nación exige seriedad, reflexión y altura de miras. Con el Mercosur, con su ilusión y su freno, vuelve a replantearse nuestra vocación como país independiente. Esta cuestión que arranca desde la época misma de la Independencia no es ajena a la educación, está en su constitución.

José Pedro Varela supo interpretar el espacio geo-político-económico que vivía Uruguay, a mediados del siglo XIX, y se proyectó sobre el nuevo siglo acertando en dar un sistema de enseñanza que nos colocó en el mundo moderno. Y ¡vaya si aquel joven comerciante e intelectual no acertó en su proyección de escenario! Todo un conjunto de políticos y hombres y mujeres emprendedores dieron un impulso fantástico a este querido Uruguay.

Lo hicieron viable y posible.

Luego del impulso, vino el freno.

El freno lo constituyó el aburguesamiento de quienes sintiéndose satisfechos donde habían llegado bajaron los brazos. Nos creímos que habíamos llegado definitivamente. La «Suiza del Plata» de los campeones del mundo donde «la garra» estaba siempre a la orden. El nuevo modelo fue el Estado de bienestar, quedamos inmovilizados por el Estado Benefactor. Las aspiraciones dejaron de ser nacionales y se trocaron en individuales y corporativas. El país del «pa` qué más» nos hizo entrar en una siesta prolongada después de un almuerzo suculento. Terminaron los proyectos comunes y los esfuerzos estimulantes. El positivismo y el liberalismo triunfantes terminaron por crear un Uruguay plácido pero sin futuro. Expulsor y no receptor. El sistema educativo, a mediados del siglo XX, entró en una espiral de caída al faltarle los motivos para repensarse fuera de los intereses individuales y sectoriales. Faltó estímulo para estudiar y sacrificio para innovar (salvo respetables excepciones). Nos faltó modelo de país consensuado.

La dictadura nos despertó a rechazar lo que no queríamos. Hoy «el conflicto» de Botnia y el esquive de los vecinos grandes nos hacen repensar. ¿Quiénes somos? ¿Adónde queremos ir?

Educar es proyectarse al futuro. Para «educarnos» tenemos que concertar adónde queremos ir y cómo llegar. Mientras tanto perdemos el tiempo y la vida.

Sin duda avanzamos mucho en los últimos años en varios aspectos: derechos humanos, economía, salud, retroceso de la pobreza. Sin embargo seguimos estancados en lo medular: la educación de nuestros niños y jóvenes.

Esto es gravísimo. El buen final de la crónica es que acertemos a integrar nuestros horizontes.

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