El tren del entendimiento
Hace pocos días Esteban Valenti escribió en Bitácora sobre la realidad de la burguesía uruguaya: «El número y la importancia de empresarios nacionales en sectores clave de la economía, es decir la burguesía nacional, se ha reducido drásticamente. Para no hablar del sector bancario, donde no queda un solo banco privado nacional o con participación de capitales nacionales. ‘La tarjeta de los uruguayos’ OCA, líder en el mercado, es del banco Itaú. Es brasileña…», dijo el publicista.
Con ese solo recuerdo de que no hay en nuestro país un banco privado donde el empresariado participe de sus negocios, demostró que este país llamado Uruguay, al que le va muy bien en las finanzas y en la economía, no cuenta con una clase empresarial pujante, con visión de futuro. Mucho menos con perspectiva de país.
Los empresarios tienen derecho, al igual que cualquier otro sector de la sociedad uruguaya, a decir sus opiniones y a defender sus intereses. Ahora se quejan de que perdieron la «batalla cultural» con la izquierda y los sindicatos y por eso se lamentan de haberse quedado callados cuando recibieron críticas desde el campo popular.
Se quejan también de que en el mundo del trabajo surja la central de trabajadores con planteos «políticos» como pueden ser su postura a favor del aborto o de la paz entre Israel y Palestina.
El PIT-CNT no es un partido político, es la central de trabajadores, que tiene, con dificultades y no pocas contradicciones internas, un programa de soluciones y una apuesta de futuro, mientras que las cámaras empresariales tienen un vuelo corto, casi como de una perdiz.
Al empresariado le falta construir una autocrítica, para poder avanzar. No pueden acusar a Juan Castillo de partidizarse, cuando el empresariado nacional estuvo vinculado en las décadas del 50 y del 60 al Partido Colorado, mientras que el Partido Nacional ataba su destino a la Asociación y a la Federación Rural.
De lo que no se da cuenta este pequeño grupo de empresarios, es que el gran problema de la burguesía nacional uruguaya es la falta de política, de utopía, como en Paso de los Toros se los recordó el presidente Tabaré Vázquez.
El empresariado uruguayo no tiene un horizonte de país, sino que su mirada corta queda atrapada en el rápido enriquecimiento, incluso hipotecando el futuro de sus propias familias.
El país necesita un nuevo sector empresarial, particularmente industrial, que no apueste a ser el almacenero de las trasnacionales o los importadores de los productos extranjeros.
Hay que generar riqueza nacional, pero a partir del trabajo de los uruguayos, que vuelva a los uruguayos. No puede ser que las ganancias de los exportadores queden en el exterior o en bancos extranjeros que operan en territorio nacional.
Nadie plantea un pacto nacional de los actores del mundo del trabajo, pero no hay la menor duda de que ese mundo del trabajo tiene que tener zonas de convergencia y de entendimiento, cuando en este mundo globalizado y cruel se requiere de todas las fuerzas de los hacedores de la riqueza.
Todos estos debates le hacen bien a la sociedad uruguaya, pero tienen que hacerse con franqueza, con altura de miras, tanto desde el sector asalariado como desde el patronal.
Hay que creer más en el país y en la actual conducción del gobierno, que ha permitido establecer la posibilidad de que podamos construir entre todos una buena ruta de desarrollo y de crecimiento, donde se supere la miseria, en el amplio sentido de la palabra.
El tren del entendimiento pasa una sola vez.
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