La Iglesia y Cuba
No es muy fácil despojarme de mi calidad de cristiano convencido y plantear con obligatoriedad hechos vinculados a las creencias filo religiosas sustanciales.
El cardenal Bertoni entró en nombre de la Iglesia de nuevo en Cuba. No creo ofender al señalar que el régimen comunista dogmático de Cuba está en las antípodas del Vaticano. Sin embargo, a la isla cubana hace 50 años que nadie particularmente representativo que no sea de la órbita comunista o afín, claro está, a su régimen, ha pisado su suelo.
Ni todo el poder imperial del Sr. Bush y sus yanquis, el inglés, el judío y otros de esas corrientes como poderes en sí, han podido horadar el «cerco» ideológico de la isla. Ningún Barrabás ha entrado. Sí, ha entrado Cristo, y en dos oportunidades oficialmente.
Una hace 10 años representado por un viejito de blanco con una cruz como cayado, recibido bajo palio por el pueblo cubano y con Fidel silenciosamente respetuoso a su lado. Y hoy Bertoni, cardenal también, entra en la misma representación con respetuoso «apretón» de manos con Raúl.
En buen romance, la Iglesia no necesitó el fragor de los cañones ni el silbar de los misiles. Humilde y silenciosamente con crucifijo delante, comprensión y amor, logra no sólo que la abran sino presuntos logros aperturistas fuera de toda intencionalidad de quedarse con riquezas materiales, por ejemplo el petróleo, como en otras latitudes. Su lucha, sin perjuicio del bienestar material de vida de la hermana latinoindoamericana o de otra similar cualquiera, es la apertura espiritual del pueblo isleño.
No descubro la pólvora al decir que a niveles mundiales se mueven en las sombras distintos poderes, muchos de los cuales debajo del «alerón» imperial yanqui para tener o participar del poder mundial Wall Street, Banco Mundial, FMI y demás centros fiduciarios y financieros mediante, siempre abusando y depredando a los pueblos más débiles o con riquezas gravitantes del tercer mundo.
La Iglesia no necesita arrasar genocidamente con Palestina o Irak para quedarse con un petróleo que nunca quiso, u organizar reuniones de «sabios» para dominio material del mundo.
Es un valor agregado que justo es admitir, tienen las religiones, sean o no fundamentalistas, que es el temor al «Más Allá». Todos, sí o sí, marcharemos en ese sentido. Y es algo que no se compra ni se logra con imponentes flotas de guerra, poderosos ejércitos, con armamentos sofisticados y mucho menos dominando la banca mundial y la economía que de ellos depende hambreando a los pueblos, para lograr la paz espiritual.
La Iglesia tampoco necesita amenazar, presionar partidos políticos, comprar voluntades o integrar logias esotéricas misteriosas para exponer «su» verdad, entrando mansamente, como lo hace por segunda vez en Cuba.
Y justo es reconocer, el gobierno castrista así lo ha reconocido. No puedo menos al escribir esta satisfecha sonrisa la imagen de mi «Tocayo». Aquel Señor clavado en el madero en lugar del «preferido» Barrabás, que tengo sobre mi escritorio, valorando en toda su dimensión tan fino, sutil, como espléndido logro triunfal de ser los primeros y únicos al día de hoy en entrar en la isla cubana.
¡No en balde es el Mesías!
Sin dudas, el hijo de Dios.
PD: Aclaro que digo humildemente «mi Tocayo», pues mis padres me pusieron sin perjuicio del Leopoldo por nombre, también el de «Jesús».
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