Sobre acuerdos

Gabriel García Márquez publicó en 1966 una de las obras literarias monumentales de la literatura moderna: «Cien años de soledad». Llevaba casi 40 años pergeñándola, desde su más temprana adolescencia, escuchando las fábulas, leyendas y sueños de su abuela. Cuenta que un día viajando de Ciudad México a Acapulco, de pronto la idea terminó de madurar. Seis meses después la había terminado. Cuatro obras anteriores habían ido dibujando lo que luego fue su monumental novela.

Quienes creemos en la justicia social, deberíamos proceder de igual forma que el escritor. ¿Alguna vez no creímos en la utopía de la sociedad perfecta? Lo cual está muy bien, pero actuando con realismo y gradualismo, porque la democracia las exige a efectos de posibilitar su paulatino perfeccionamiento, sin dejar de tener un horizonte por delante, utopía al fin, como el Gabo respecto de su Macondo.

Aspiro a que quizás un día pueda lograrse un acuerdo, pacto, compromiso nacional o como se le quiera denominar. Una especie de «Cien años de soledad», criollo, político, social, temporal por supuesto. ¡ Me imagino las críticas que lloverán de quienes son acérrimos opositores a esa posibilidad, tanto política e ideológicamente! En fin, estamos en democracia.

Y como las cuatro obras que precedieron la novela, tenemos en este país algunos antecedentes, muy actuales, que señalan un camino hacia la concreción de esa esperanza, sueño, utopía o como se le quiera llamar. «La Construcción, un buen ejemplo» era el título de una de mis notas, en la que destacaba que se percibía en ese sector un paulatino desarrollo de enfoques que excedían el cortoplacismo, que soluciona los incendios, que a veces se apagan y otras no, promoviendo en cambio visiones de mediano o largo plazo, diríamos estratégicas, o casi.

Porque lo que surge del convenio colectivo a 28 meses sobre el derecho de información, la ratificación del Fondo Social y Fundación de Capacitación, la creación del Fondo de Cesantía, hoy transformado en ley, lo demuestra.

Dos años después, creo no haberme equivocado. Hoy visualizamos una profundización de ese enfoque tendiente a la profesionalización estratégica de las relaciones laborales. Los avances en capacitación, prevención en materia de accidentabilidad, lo que no es ajeno al trabajo de las comisiones creadas en el ámbito del Compromiso Nacional, la reciente instrumentada campaña de sensibilización respecto del tema, son ejemplos de lo que vengo expresando.

¿Qué es lo que alimenta nuestra esperanza? Estamos convencidos de que los enfoques estrictamente laborales no bastan para generar empleo, sino que requieren de políticas de gobierno, cuando no de Estado, que articulen lo económico, social y cultural, teniendo como base una dimensión ética con objetivos de equidad y solidaridad, y creando las condiciones y herramientas para el logro de los mismos. Creemos que le va la vida al país. Y esto es impensable sin contar, al menos, con los tres actores clásicos del trabajo. La madurez demostrada por los sectores de la construcción es un buen mensaje y mejor referente para el país. Lo que no quita desencuentros, muchas veces muy duros. Eso es la democracia.

Miguel de Unamuno contaba la historia del «aguilucho que cae al gallinero tratando de hacerles entender a las gallinas la necesidad y la belleza del vuelo y que éstas se reirían de él. ‘¿Para qué queremos volar si vivimos bien?'».

Mi ideal podría transformarse en quimera si no se concreta, dejando de ser utopía. Pero al menos deberíamos evitar la acusación de tener la mentalidad de las gallinas del cuento del vasco genial, y sí la renovadora, atrevida del Gabo. En definitiva, «en la vida política hay algo peor que el fracaso: es no haber intentado nada».

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