Datos que anticipan mayores desafíos

Uno de los indicadores de avance o anticipación más actualizados disponibles en este momento –el de demanda laboral que procesa Ceres, un Instituto de investigación dirigido por Ernesto Talvi–, acaba de informar que las proyecciones de crecimiento de la demanda laboral siguen siendo tan positivas como las existentes al término del año pasado y que fueran reseñadas por el INE el jueves de la semana pasada. La noticia de la continuidad del crecimiento de la demanda laboral en enero presupone automáticamente la permanencia de una curva de crecimiento excepcional del nivel de actividad de la economía en el cuarto trimestre del año pasado y el actual primer trimestre de 2008. Es el primer indicador de anticipación de coyuntura, que contribuye a disipar algunas incertidumbres que pesan en este inicio formal del año laboral.

Ese dato no es menor. Hasta ahora, las autoridades del equipo económico, incluyendo los técnicos encargados de las estadísticas y proyecciones de las oficinas que proveen información para la elaboración de políticas, no tenían claro si, efectivamente, la economía mantenía un potencial capaz de permitir crecimientos del nivel de actividad y el empleo ya en zonas marginales de los registros históricos. Dicho de otra manera, la magnitud del crecimiento y la disminución de los recursos laborales a niveles considerados estructurales ­desempleo masculino en la capital del 5.4% en el último trimestre de 2007, por ejemplo- pudieran haberse constituido ya en umbrales infranqueables para mantener un desarrollo equilibrado y con riesgos relativamente medidos. Al parecer, esto no está sucediendo y ese indicador de avance estaría sugiriendo que la economía pudiera haber ingresado en una zona desconocida para su pilotaje con los manuales y recursos disponibles por una administración responsable. Algo de esto está insinuado el Banco Central enfrentado a las dificultades de conciliar su objetivo constitucional de defensa de la moneda nacional y los riesgos que sobre este objetivo surgen ya no de la importación de inflación y desequilibrios externos, sino de ese potencial de riesgo que supone crecer a tasas no usuales para las estructuras de la oferta interna, de la gestión pública y privada del excedente y la neutralización de riesgos a futuro.

El problema sigue siendo, sin embargo, cómo se traduce esta situación y las oportunidades que de ella se desprenden quizás por primera vez en la historia nacional. Este es un problema esencialmente vinculado a las operaciones del Presidente de la República y su solución es muy dependiente de que la fuerza política en que se sustenta el gobierno tenga, o no, la capacidad de entender el juego de promesas y riesgos implícito en esa crisis de crecimiento. Y es también un problema del conjunto de los enclaves de poder. Sobre todo, de aquellos que tienen más capacidad de explotar los efectos naturales que ahora, en estos márgenes, se irán desprendiendo de esa contradicción expuesta del desarrollo de las fuerzas productivas y el estado de las relaciones de producción, incluyendo el arcaico Estado y su ideología de sustento. Viejo dilema que exige una visión razonable acerca de cómo será y se arbitrará su desenlace más probable. Esa es la esencia del desafío de la política en su más amplia y significativa expresión Nos está faltando profundidad en esta discusión, modernización de la teoría, o nuevas lecturas al menos. Pero eso es irreparable en el corto plazo. No es sencillo apelar a la mayor razonabilidad de los operadores políticos: hay demasiado encono y más engolosinamiento de lo conveniente en unos y otros.

Es probable que esta perspectiva tan estimulante como riesgosa haya sido uno de los motivos del fuerte movimiento en la cúpula ministerial que ha precipitado el presidente Vázquez en las últimas horas. Da la impresión que la oposición se ha apresurado a leer la operación como una acomodación electoral sin reparar en que, quizás, y siempre en aquella perspectiva, pudiera haber sido, también, una nueva señal. Señal e invitación implícita de un presidente con apreciables grados de independencia de su propia fuerza política. Señal que había sido antecedida días antes por otra de mayor impacto aun en esa búsqueda de superar ojerizas y disminuir las rispideces propias de una época de cambios y consecuentes enconos.

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