Sin peleas

Se cuenta que en su última reunión que tuvo en la vida Wilson con el entonces senador Ortiz, Lacalle y Carlos Julio en su apartamento, les habría dicho: «Amigos, cuando yo ya no esté, no se peleen entre ustedes». Se puede interpretar, habiendo conocido al caudillo, que sin perjuicio de la recomendación a los presentes, el pedido contenía un deseo o mandato póstumo imperativo para todos los blancos. O sea, el partido tomado como organización integral al futuro.

Y por cierto que no le erraba en el concepto. La rebeldía blanca, tan meritoria como necesaria a lo largo de la historia en la construcción de la patria misma, en varias ocasiones, no por ideas o principios que en diversas ocasiones se esgrimían con grandeza y desinterés para grandes conquistas de la Nación, sino por ambiciones personalistas en otras oportunidades, causaron mucho daño y perjuicios antaño a la colectividad. Las viejas luchas de doctores contra caudillos populares («hombres de armas llevar», como los tildaban los intelectualoides), la traición de los «calepinos» de Acevedo Díaz a Aparicio Saravia, dándole el triunfo al peor enemigo de los blancos como fue Pepe Batlle, las luchas posteriores entre blancos independientes y herreristas que quitaron al partido durante 30 años posibilidades de legítimos triunfos electorales, hasta llegar al 58, que da prueba de lo dicho, y con el advenimiento de la unidad se triunfa, sacando de cuajo a la «canalla» enemiga. No se agotó el tema allí. Posteriormente se repitieron en tiempos más próximos que más vale olvidar, donde las rispideces, dimes y diretes propios de intelectualizados «bufetes doctorales» haítos de ambiciones, agotaban sus baterías de agravios entre hermanos llevándonos a derrotas inevitables, como fue la ganada por Jorge Batlle que nos condenó a entrar terceros. Con el agravante de la segunda vuelta, recomendar ¡votarlo!, para «salvar la patria». ¡Así nos fue! Se aprendió la lección. Los blancos, solos, recompusieron filas. Por supuesto, con los naturales perfiles de interpretación que en colectividades multitudinarias deben haber, propias de hombres pensantes y libres, no de majadas subordinadas. ¡Pero entre nosotros uno «aconsejando» como antiguos «calepinos» votar enemigos viscerales! No es posible hacer ponderaciones a presuntas «pujanzas» de Pedrito Bordaberry, tratando de quedar «simpáticos» con quienes nos han odiado toda la vida y que si hoy decidieran apoyarnos es por mero «pánico» que le tienen al Frente. Y jamás por identidades programáticas con un nacionalismo del que ellos renegaron siempre, llegando incluso al asesinato, ejemplo Berro, Lavandeira, la Heroica Paysandú, la muerte de Aparicio y demás etcéteras. En esta ocasión, se da la paradoja de que por esas razones expuestas de pánico visceral, como en el truco, tienen que venir al «pie». ¡Somos los únicos que les damos, a su criterio, garantías de ecuanimidad! Al Pardejón Rivera, desde el Más Allá, no le queda otra que votar por el Libertador Oribe. ¡Qué cosa más divertida! ¡Esa, sin olvidar a don Pepe que juraba que el «peor colorado era preferible al mejor de los blancos».

Nunca fue buena cosa «enturbiar las aguas» peleándose entre compañeros o ponderando enemigos. Estamos en un momento inmejorable para triunfar. ¡Ganemos por nuestras excelencias y por propias ideas! ¡En momentos críticos, siempre aparecimos los blancos como «tablas de salvación» patrióticas! ¡Sigamos con esa tradición que tiene 170 años de historia! Los de «afuera, si nos quieren votar, bienvenidos sean, sin dudas. ¡Pero juntos y unidos: «Los blancos con los blancos»!

P.D. Y a los que se fueron y miran con nostalgia el muy posible triunfo nacionalista, la «vieja casona partidaria paterna tiene sus puertas abiertas y la mesa tendida con «mantel largo» como corresponde a la gran familia blanca que construyó y va a seguir salvando la patria. ¡Vuelvan y no jodan!

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