A 60 años del asesinato de Gandhi

En tiempos de Mohandas Gandhi (1869-1948), 400 millones de personas habitaban en India, Pakistán y Bangladesh. Hoy, la región concentra 23 por ciento de la población mundial. Sólo en la India viven más personas que en Africa: mil 100 millones, cuya identidad nacional responde a 18 lenguas oficialmente reconocidas y más de 840 dialectos. Pakistán y Bangladesh cuentan con 150 millones, respectivamente.

A ese crisol de culturas, credos y pueblos milenarios que circulan en el epicentro geográfico de una eventual guerra nuclear se dirigió Gandhi en la primera mitad del siglo pasado, emplazando a la humanidad con su acción, y con un discurso ético y moral de profunda resonancia universal. Gandhi jamás escribió un libro. Pero luego de su asesinato, los investigadores empezaron a compilar sus ideas, así como los seguidores de Jesucristo lo hicieron durante los primeros siglos de la era.

En marzo de 1940, el padre de la India moderna escribió: «Si el gandhismo no es más que un nombre para indicar cierta forma de sectarismo, merece ser destruido». Algo similar al «yo no soy marxista» de Carlos Marx, cansado de las disputas y polémicas de sus seguidores.

Felizmente, y a pesar de su profunda fe hinduista, Gandhi no fue un mesías, ni los pueblos lo recuerdan como líder religioso. Junto con los pensadores que le precedieron, Gandhi se enfrentó al terrible sistema de castas impuesto durante tres milenios por los brahmanes (sacerdotes), sustituyendo el estudio y la reflexión individual, la contemplación y la ascesis propios de la tradición cultural de la India por un valor nuevo de derivación occidental: la acción.

Gandhi entendió que todos los fundamentos religiosos y filosóficos prescindían, angelicalmente, que el hombre individual o colectivo, antes que ente moral es básicamente económico y político.

Valoró, como pocos, la belleza y el vuelo de los ideales enunciados en esas religiones y filosofías, y mucho más el grado en que éstas eran capaces de realizar la fraternidad entre los hombres. Que en el mundo de ayer y de hoy, y particularmente en India, había sido nulo, o poco menos.

El gran poder espiritual de Gandhi apuntó a convertir a héroes y mártires en hombres comunes y corrientes.

Decía: «No tengo nada nuevo que enseñar al mundo. La verdad y la no violencia son tan viejas como las montañas. He sido veraz pero no he sido tan adorador de la no violencia como lo he sido de la verdad, y pongo a ésta en el primer lugar, y a aquella en el segundo… Estoy convencido de que la no violencia es infinitamente superior a la violencia, pero creo que en el caso en que la única opción posible fuera entre la cobardía y la violencia, yo aconsejaría la violencia… Preferiría que la India recurriera a las armas para defender su honor, antes que, de una manera cobarde, se convirtiera en testimonio del propio deshonor».

Gandhi abogó por la unidad en la diversidad: tendió puentes entre la filosofía india y la occidental; creyó en la reconciliación de los seres humanos con base en los elementos comunes de todos los credos; estimuló la conciencia individual, la compasión por el prójimo y las verdades no dogmáticas de los sentimientos religiosos, y la idea de que el nacionalismo era un complejo engranaje del internacionalismo.

Rabindranath Tagore bautizó a Gandhi como «alma grande» ( Mahatma ). Y al enterarse del crimen a manos de un fanático de su propio credo, hace 60 años, Albert Einstein ensayó la síntesis perfecta: «Quizá, a las generaciones venideras les cueste creer que un hombre así anduvo por la Tierra».

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