Los desafíos de reformar el sistema educativo
El año 2007 concluyó con la aprobación parlamentaria, entre otras normas, de dos leyes de enorme trascendencia: el nuevo sistema tributario y el nuevo sistema nacional integrado de salud. Todas estas grandes transformaciones han suscitado (y siguen suscitando) intensos debates, algo que no debe sorprender puesto que implican cambios profundos, casi podría decirse estructurales, en la vida del país y de sus habitantes.
Otras reformas de no menor trascendencia se plantea impulsar el gobierno en el correr del año, pero hay una que parece haber quedado relegada: la reforma educativa. Por tratarse de un asunto especialmente polémico, la reforma del sistema educativo mereció la instalación de un debate oficial propiciado desde el mismo gobierno como forma de dar participación a todos los actores involucrados en la delicada tarea de formar a los jóvenes. Fue y sigue siendo un debate abierto, amplio, donde se oyeron las propuestas de distintos actores sociales y en el que se está dando cabida a iniciativas, propuestas y sugerencias extremadamente valiosas.
Y es preciso destacar la implementación del debate en torno al tema pues las pasadas reformas llevadas a cabo en gobiernos anteriores nunca fueron objeto de discusiones profundas ni surgieron de consensos más o menos amplios. Recuérdese que la última reforma, más conocida como «Reforma Rama», generó desde su aplicación intensos rechazos. Pero la idea de las actuales autoridades de la enseñanza no es hacer tabla rasa, pues algunos aspectos de la famosa reforma son valorados y serán sin duda mantenidos.
La reforma del sistema educativo que el gobierno se plantea llevar a la práctica no se limitará a una puesta al día de los programas o al cambio de nombre de ciertas asignaturas. Por primera vez, está en el tapete la discusión sobre los fines que debe perseguir la educación en nuestro país. Esta discusión es una deuda que la sociedad tenía consigo misma, pues todos los intentos de reforma, los nuevos planes de estudio que se aprobaron y se pusieron en práctica como «planes piloto» desde hace más de cuarenta años, no fueron el resultado de un análisis profundo sobre las metas que se proponía la educación en Uruguay; nunca hubo un verdadero debate cuestionador y auténticamente crítico.
Las reformas respondieron más que nada a un afán novelero de «aggiornamento», al deseo de emular las reformas educativas del primer mundo, sin tener en cuenta la realidad nacional. Y cuando en algún momento se advirtió que nuestra enseñanza secundaria era demasiado libresca y elitista, se cayó en extremos tan malos como el que se pretendía corregir. Nos referimos a la tan extendida idea de que nuestra enseñanza no preparaba a los jóvenes para insertarse en el mercado laboral, crítica que no era errada pero que condujo finalmente a un desprecio exagerado por la formación humanista e integral y puso el acento en el aprendizaje de destrezas para actividades laborales concretas.
El desafío está planteado. Ardua tarea aguarda a los responsables de elaborar planes y programas. Deben decidir si el país necesita individuos aptos para desempeñar una tarea que los convierta en meros engranajes del sistema productivo o si, por el contrario pero sin descuidar la formación técnica, aspiramos a formar ciudadanos libres y con espíritu crítico.
Es preciso hallar un equilibrio entre la información y la formación, entre el cultivo del espíritu y el dominio de herramientas útiles, entre la incorporación de valores y el pragmatismo.
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