¡Abolir las Fuerzas Armadas!
Alfredo Errandonea
Mas allá de la ironía de Sarandy Cabrera (LA REPUBLICA, 19/11/00) que reivindica a los hijos de prostitutas frente a los militares, como si la expresión «hijos de puta» utilizada por el Sabalero, en la acepción habitual popular, tuviera algo que ver con la conducta sexual de sus madres…, este asunto parece cobrar nuevo impulso de intención punitiva por la trascendencia que los jerarcas castrenses han resuelto darle, llevándolo a nivel judicial, ante una pasividad general en todo el arco político, que no deja de asombrar. Ya he señalado mi opinión de general coincidencia con la crítica de José Carbajal a la institución militar (LA REPUBLICA,11/8/00), aunque su expresión peque de la exagerada generalización que no contempla las excepciones que confirman la regla.
Ante el silencio de todo el sistema político –oposición incluida–, los militares uruguayos no han comprendido que su conveniencia en el tema era «meter violín en bolsa»; que la expresión del Sabalero manifiesta un sentimiento muy extendido entre los uruguayos, avalado por la propia trayectoria de las Fuerzas Armadas del país.
En momentos de reales dificultades financieras –a las cuales nos ha conducido una política económica suicida de los gobiernos de las últimas décadas, que éste se empeña en profundizar–, en que se discute un Presupuesto quinquenal proyectado con extrema mezquindad para las cruciales necesidades de la sociedad uruguaya y sus posibilidades productivas, parece todo un despropósito mantenerlo afectado en casi 1/10 al sostenimiento de tan nefasta institución. Volumen dinerario que hubiese permitido atender todas las demandas más urgentes que hoy se le hacen al poder público. Porque la única política de fondo que corresponde sobre ellas es, sencillamente, abolirlas.
Soy consciente de que esta afirmación debe parecer muy extrema a muchos. En la referida columna del mes de agosto hice una fundamentación general sobre el punto. Pero ya que se insiste en la defensa del «honor» de la institución, frente al «agravio» de Carbajal, discutamos un poco más el asunto; si es que alguien se anima a hacerlo.
Me interesa hoy aquí la cuestión de su inutilidad, sobre la cual Cabrera cita el ejemplo de la reciente tragedia de «El Valiente», de principal responsabilidad de nuestra Marina. Pero ese hecho no tiene nada de novedoso. Los que peinamos canas –y más aún los que tenemos muy pocas para hacerlo–, recordamos múltiples episodios.
La tragedia del ómnibus de Onda en el puente de San Ramón, de la cual sólo salvaron sus vidas aquellos auxiliados por los baquianos del lugar, hasta que llegó la Marina e impidió que los lugareños siguieran con su tarea, para la cual venían a encargarse. Todos los demás se ahogaron.
Quedaron fijadas en nuestras retinas aquellas imágenes de hombres prendidos al mástil del pesquero que se hundía, frente a las costas de Montevideo, ante la incapacidad de producir su salvamento por parte de los marinos que concurrieron en su socorro; lo que motivara un enjundioso editorial de don Carlos Quijano. O la del paracaidista Cheda, que se ahogó frente a cientos de miles de espectadores asistentes a lo que fue planeado como un espectáculo, que en la Rambla vieron cómo el paracaídas se enredaba en la hélice de la supuesta embarcación de salvataje.
O la menos dramática situación –porque no costó vidas– del pontón del Banco Inglés que, desprendido de su amarre por una tormenta, fue tirado contra la playa del Buceo. Toda la parafernalia militar, durante semanas, no conseguía moverlo más que algunas decenas de centímetros, incluso al costo de fundir el motor de un tenderredes de la Marina. Hasta que la siguiente tormenta lo sacó flotando…
Y la tragicómica operación emprendida por un cuerpo de ingenieros del Ejército que no conseguía tirar los pilares del proyectado Aerocarril de Malvín con la isla de las Gaviotas –al que el ingenio popular bautizó como «monumento al paréntesis»–, luego que se averiguó que para funcionar debería haber sido un submarino… (Aunque por cierto que en tales estructuras de hormigón no había ninguna artillería enemiga…).
Ya sé: alguien saldrá con que en esta somera enumeración del espanto y del ridículo, no hago figurar los «éxitos contra la subversión». En realidad, ese es el capítulo más nefasto de la historia de nuestra Fuerzas Armadas. Porque su triunfo contra la guerrilla tupamara se basó fundamentalmente en la información de soplones salidos de las propias filas del MLN; y el único «triunfo» de mérito propio fue el golpe de Estado y la represión desenfrenada contra la población uruguaya, inerme y pacífica, que siguió luego del quiebre de los tupamaros y con el pretexto de seguir combatiéndolos. Una década larga de tiranía nos debería haber enseñado para qué sirven las Fuerzas Armadas del Uruguay, que nos cuesta tanto mantener del Presupuesto público. Además de tener que soportar la impunidad para los torturadores y asesinos que anidan en su seno.
Mantenerlas intactas, como si nada hubiera pasado, con el agravante de los múltiples indicios de la persistencia en ellas del mismo espíritu autoritario y golpista, es una increíble prueba del masoquismo de los uruguayos. Entonces: lo del título.-
* Sociólogo
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