La frivolidad de los consejeros
Carlos Bouzas
Escuchando una entrevista en el programa radial «En Perspectiva», de «El Espectador», tomé contacto con el pensamiento del señor Arturo Porzecanski. Se trata de un uruguayo que trabaja en Nueva York para el ABN-AMRO Bank; aunque antes lo ha hecho para otras instituciones bancarias y el FMI.
Según sus manifestaciones, su tarea consiste en el asesoramiento a los inversionistas que compran bonos y acciones en países emergentes, donde –como la información de que se dispone no es muy completa y las reglas de juego económicas no están muy bien establecidas– hace falta disponer de mucha asesoría.
El señor Porzecanski debe, por lo tanto, indicar con la mayor precisión posible, cuál es el mejor lugar para invertir, dentro de los países que antes llamaban en desarrollo o subdesarrollados. Y según le vaya a los inversionistas, siguiendo sus consejos, depende que continúen haciéndole caso o no. Es decir, que su fuente de trabajo depende de que no se inquieten los humores de los señores inversionistas. Así que, pensándolo mejor, el dato de la condición de uruguayo que le suministré al principio de esta nota, es totalmente irrelevante y superfluo.
Para cumplir adecuadamente con su misión dispone de una bola de cristal con la que adorna su mesa de trabajo y un afán de educar, tanto a los inversionistas que confían en él, como a los gobernantes de los países prestatarios.
La primera parte no es de mi incumbencia. Me preocupa –y mucho– la segunda. Porque según nuestros gobernantes sigan o se aparten de sus sabios consejos, el resultado político y económico resultante repercute directamente en usted y en mí.
En la entrevista, el señor consultor, asesor, consejero realizó algunas autocríticas y críticas. Sintetizaré las dos que me parecieron más relevantes:
El señor Porzecanski se autocriticó porque considera que «la presión que pusimos los inversionistas del exterior y los organismos internacionales como el FMI para aumentar impuestos, recortar gastos, minimizar los déficit fiscales, (…) es la receta equivocada. (…) ahora vemos que el pronóstico estuvo equivocado y por ende la receta estuvo equivocada. (aunque, ahora) ya se hizo y es muy difícil salir de eso.»
De todas maneras, él no ha perdido su empleo, porque los perjudicados no fueron los inversionistas, sino los habitantes de los países, cuyos gobernantes siguieron sus consejos.
Y como esa equivocación no ha tenido consecuencias para los intereses que defiende, el señor Porzecanski vuelve al ataque –ahora con las críticas– supongo yo que luego de mirar su bola de cristal. Así entonces, confiesa estar desilusionado del gobierno del Presidente Batlle, porque en las reformas, privatizaciones, flexibilizaciones y desregulaciones que tanto él como sus inversores reclaman a gritos «hay un gradualismo enorme que no logra incendiar la imaginación de los presentes».
Como prueba del nueve de lo acertado de esas críticas, pone el ejemplo de la rapidez con que Argentina realizó lo que él llama reformas estructurales. Y ante la pregunta del periodista respecto de si el vecino país está tan bien luego de aplicar este, su pregonado modelo, contesta, suelto de cuerpo que «Argentina estaría mucho peor si no hubiera hecho lo que hizo. Imagínese, por ejemplo, que hoy por hoy en Argentina los teléfonos funcionan, el agua funciona, la luz funciona, los servicios básicos funcionan»
¿Vio? ¿Se da cuenta de qué hablamos, los que alertamos contra la venta de soberanía que encubre la globalización aplicada a través de las recetas neoliberales?
* Militante del Frente Amplio
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