Ardua tarea para la doctora María Julia Muñoz

Escrito por: Por Milton Cubón Periodista

Jueves 17 de enero de 2008 | 4:47
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Las nuevas disposiciones vigentes permiten que los pacientes dependientes del Ministerio de Salud Pública puedan -ante la falta de camas en hospitales estatales- asistirse en distintas mutualistas previo convenio con las mismas. Obviamente, algunos enfermos se ven favorecidos con dicha posibilidad, a la luz de la tecnología e infraestructura de “primo cartello” que ofrecen dichas entidades médicas privadas.

Las que no otorgan gratis el beneficio, sino que corre por cuenta del Ministerio el gasto originado en tales situaciones.

Ante la realidad, nos consta de muy buena fuente, que a la dinámica ministra de Salud Pública, doctora María Julia Muñoz, se le ha planteado un difícil desafío: controlar si los gastos que se ocasionen por este tipo de asistencia están de acuerdo con la realidad o si, por el contrario, hay que estar alerta ante honorarios que por distinta vía puedan ser “inflados”. Sin desconfiar de nadie en particular, ya se habría dispuesto llevar a cabo desde el Ministerio, una auditoría de historias clínicas en tren de saber si los honorarios que se reclaman por diversos estudios realizados en cada paciente están de acuerdo con el motivo de la internación. En buen romance, que no le pasen desde las mutualistas “gato por liebre” en materia de gastos a la entidad oficial.

En la remisión de gastos en las entidades privadas, según sabemos, ya se habría producido un “alerta rojo” en cuanto a algunas facturas que no parecen estar de acuerdo, con lo que generalmente en el ámbito asistencial, origina en materia de erogaciones cada paciente de acuerdo con el diagnóstico original. “Por ahora no puede hablarse de estafa, dolo o nada por el estilo”, se apuró a aclararnos nuestro informante. “Pero vos, que conocés el paño, podés deducir que lo de las facturas infladas, más de una vez se ha producido, apareciendo en historias clínicas de afecciones banales, algunos estudios caros que ni a los más “tigres” de los internistas se le ocurriría solicitar”. “Por lo tanto, el Ministerio de Salud Pública, sin desconfiar de nadie (o de todos), -concluyó nuestro informante- valga la expresión, quiere curarse en salud por si lo estuvieran pasando”.

La medida en cuestión, de concretarse, no dudamos constituye un paso firme en el ahorro de gasto público, tantas veces cuestionado y con ejemplos que como los ocurridos en recientes gobiernos resultaron una verdadera burla al erario nacional. Nuestros oftalmólogos se niegan rotundamente a aceptar realicen su labor los médicos cubanos llegados al Uruguay, mientras miles de pacientes aguardan se puedan detectar y tratar, diversas patologías oculares tales como cataratas, glaucomas, desprendimientos de retina, estrabismo, miopías, etcétera. “Si no revalidan y acreditan el posgrado en forma, ningún especialista uruguayo trabajará en el Saint Bois”, decía ayer airadamente en una radio un conocido oculista. Lo que no dijo es que un paciente pobre, que carece de los 4 o 5 mil dólares que como mínimo se cobra por una intervención oftalmológica particular en nuestro medio, deberá de pronto esperar un año y medio, con serio pronóstico futuro, para ser intervenido en forma gratuita por alguno de estos facultativos que estudiaron gratis en nuestra Facultad de Medicina.

Tampoco les sirve la experiencia demostrada por los colegas cubanos, con cientos de pacientes que fueron a operarse a Cuba y volvieron felices de haber superado gravísimas patologías que lenta pero inexorablemente los hubiera llevado a la ceguera. Todo muy político, muy “pesetero” y muy lamentable.

Entre las mentiras afirmadas por algunos oftalmólogos de nuestro medio, días pasados nos dijo una especialista recientemente jubilada, que “el acuerdo con Salud Pública de los médicos cubanos implica que si estos no pueden ejercer, hará que Cuba se lleve todo el instrumental aportado al Saint Bois”. No hay nada de cierto en esa afirmación. Los oftalmólogos cubanos, guste o no a sus colegas uruguayos, revalidarán, aprobarán el posgrado y salvarán de quedar ciegos a miles de uruguayos. Hace muchos años un notable cirujano amigo, frente a un absurdo conflicto más o menos parecido planteado, nos dijo una frase que nos quedó para toda la vida: “A los médicos les gusta la guita tanto como a las putas”. No lo menciono porque sus hijos, hoy también médicos, podrán reprocharme la evocación. Hace cuarenta años, también, época en que no existía la exigencia del posgrado, conocí a un médico amigo que era a la vez, al mismo tiempo, fisioterapeuta en la “Española”, cirujano plástico en “Casa de Galicia”, pediatra de “Empleados Civiles” y una vez por semana concurría al Interior, donde en un muy conocido pueblo actuaba como ginecólogo. ¡Ah los médicos!

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