Como era de esperar, los partidos tradicionales han reaccionado negativamente, ante el anuncio de una reforma del Estado que podría ser complementada con la habilitación de la reelección presidencial. Esta actitud de la oposición no es nueva y ha sido su política permanente durante los tres primeros años del gobierno progresista. No sólo no ha estado de acuerdo con ninguna de las iniciativas del doctor Tabaré Vázquez y del Frente Amplio, sino que además no se conocen propuestas serias por parte de esas dos colectividades políticas que sean beneficiosas para el país y su gente.
Algunos analistas sostienen que esta actitud, por momentos irracional, es producto de que el Partido Colorado y el Partido Nacional no están acostumbrados a ser opositores de un gobierno progresista. Puede ser que eso sea así, pero no alcanza para explicar todo el fenómeno. Quizás haya que ir más atrás en el tiempo, para recordar que cuando los blancos y los colorados fueron gobierno tampoco tuvieron iniciativas transformadoras sustanciales, con la excepción de los intentos, por ciertos negativos y frustrados por acción de las mayorías, de privatizar Antel y Ancap.
Desde 1985, los gobernantes de esos dos partidos apostaron todo a favorecer la libre acción del mercado, dejando a un lado la acción del Estado y de las organizaciones sociales. Fue así que el país se desindustrializó, el aparato productivo se resquebrajó, mientras la desregulación laboral llevó a que los niveles de vida de los uruguayos bajaran y se produjera la fractura social. Los presidentes, con distintos matices, parecieron transformarse en simples observadores de la marcha de la economía y de las finanzas, sin atreverse a reformar el Estado, los tributos y la Salud, porque creyeron, con la ideología neoliberal que los caracterizó, que los partidos políticos y la política ya no tenían nada por hacer.
En cambio, con el gobierno progresista el país tiene un Poder Ejecutivo y una bancada parlamentaria en permanente acción, buscando siempre la transformación y el avance de nuestra sociedad. Es cierto que en ese afán transformador quizás se hayan cometido algunos errores, pero nadie puede decir que el gobierno de Tabaré Vázquez vino a hacer la plancha y a esperar que el mercado, con la ayuda de los astros, haga su obra. Por eso estamos ante dos actitudes, dos formas de actuar, que son absolutamente distintas, y eso es lo que estará en juego en las próximas elecciones nacionales. Si el Frente Amplio continúa en el gobierno, se podrá continuar este modelo de país que cuenta con el Estado, el mercado, las organizaciones sociales y empresariales. Pero si se produce el retorno de las viejas colectividades políticas a la conducción del gobierno, volverá la caduca política neoliberal cuyos frutos ya conocemos.
No debe extrañar, entonces, que blancos y colorados se opongan con el mismo discurso, con la misma filosofía de siempre, a reformar el Estado e incluso a considerar la posibilidad de establecer la reelección presidencial. La desesperación es tan grande, que algunos líderes de los partidos tradicionales ya han comenzado a realizar actos políticos, de típico corte electoral, no sólo con la intención de enfrentar al gobierno, sino también porque comienza la etapa de resolver sus contradicciones internas, que hasta ahora fueron disimuladas por un discurso radicalizado que sólo apunta a desgastar a los gobernantes y sus reformas. El gobierno, a la vez, ha dado fuertes señales de que las reformas seguirán adelante porque el objetivo es el cumplimiento del programa que votó más de la mitad de la ciudadanía.
Así están las cosas.
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