La historia lo condenará
En los vertiginosos días cuando los marines estadounidenses derribaron una enorme estatua de Saddam Hussein en el centro de Bagdad, el presidente George W. Bush se jactaba de que Irak sería un modelo de democracia.
Ahora, las luces se han oscurecido sobre esta aventura, y no sólo por los apagones eléctricos que todavía plagan Irak, casi cinco años después de la aparentemente fácil invasión comandada por Estados Unidos. Entonces, Bush pasó por alto la extendida opinión global de que la guerra sería un desastre, y seis semanas después de la invasión de marzo de 2003, apareció sobre la cubierta de un portaaviones bajo un cartel que decía Misión Cumplida.
Ahora, el presidente está batallando con un Congreso dominado por la oposición demócrata que está haciendo campaña por una rápida retirada de las tropas estadounidenses, que han sufrido miles de muertos y heridos en Irak; mientras que las estimaciones de los civiles iraquíes muertos van desde 70.000 a 655.000. Argumentando por una paciencia estratégica debido a la importancia de Irak por su riqueza petrolera en una volátil región, funcionarios del gobierno afirman que el conflicto será un dolor de cabeza, y algo más, que durará entre cinco y diez años más.
Casi dos tercios de los estadounidenses estiman que Bush estaba demasiado impaciente para hacer la guerra en Irak y que está manejando mal el conflicto, de acuerdo con las encuestas divulgadas. Varios libros bien vendidos han dejado al descubierto lo que los críticos dicen que fue una incompetencia en los mandos en la incursión de Bush en Irak, la que fue presentada como una misión de vida o muerte para impedir que Saddam amenazara a sus enemigos con una aniquilación química o nuclear, una mentira, que más tarde quedó hecha trizas.
En el libro «Fiasco», el periodista del Washington Post Thomas Ricks sostiene que la invasión estuvo basada quizás en el peor plan de guerra de la historia estadounidense, uno que confundió remover al régimen de Irak con la mucho más dificultosa tarea de cambiar todo el país. El vicepresidente, Dick Cheney, el ex jefe del Pentágono Donald Rumsfeld y su segundo Paul Wolfowitz son acusados de conducir una cruzada ideológica contra Saddam que ignoró todos los peligros inherentes de la guerra. Primaron los halcones sobre las palomas.
Muy pocos soldados fueron desplegados, no hubo reflexiones sobre el Irak de posguerra, exiliados iraquíes pro estadounidenses con oscuro pasado ejercieron una influencia indebida y el aporte experto de otras ramas del gobierno estadounidense fue rechazado. La lista de malas decisiones de la Casa Blanca fue muy larga. La política pareció ser hecha en el aire, tal como el funesto edicto del virrey estadounidense Paul Bremer de disolver el ejército iraquí, que arrojó a miles de furiosos hombres armados a las calles, ayudando a impulsar a la sangrienta insurgencia y a una lucha fratricida entre chiitas, sunitas y kurdos.
En el recientemente publicado libro «Dead Certain: The Presidency of George Bush» (Muerte segura: la presidencia de George Bush), el periodista Robert Draper, de la revista GQ, cita a Bush diciendo que Bremer sorprendió a todos con su orden, una afirmación que niega el ex jefe de la ocupación, afirmando que el titular de la Casa Blanca estaba al tanto de todo, incluso de las malas decisiones. El recuento de Draper agrega un retrato de Bush como un despreocupado comandante en jefe que autoriza a sus altos funcionarios disputar una eterna guerra artificial, mientras Irak se devasta y los talibanes y Al Qaeda se reagrupan en Afganistán.
Bush, que ahora amenaza a Irán y afirma que no dudaría en atacar al país persa si las condiciones lo requieren, transita su último año de gobierno, pero sabe que la historia lo juzgará, y seguramente lo condenará.
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