Cuidacoches: ese infierno tan temido

Escrito por: Por Susana Andrade - fnsanfsanflknasflknalkfnlkan

Viernes 11 de enero de 2008 | 10:17
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En un primer momento dudé si aquel episodio fue una especie de pesadilla resultado del excesivo calor soportado una de estas tardes de enero. Sin embargo, a menos que existan delirios colectivos ya que éramos cuatro personas, debo resignarme a que tan penosa situación existió. Avenida Italia y Comercio, puerta del Banco República un poco antes de las 16:00 hs llegamos a estacionar. La misión era llevar a mi suegra -ex docente de primaria- a solicitar un préstamo jubilatorio para irse unos días de vacaciones a Piriápolis.

No reparé en quien estaba “acomodando” los autos y bajamos semiderretidos a la gestión que allí nos llevaba, incluso porque ya tenemos la figura del ¿cuidacoches!? culturalmente asumida en el paisaje urbano. Media hora después al salir y pretender retomar el camino de regreso, me percato de una discusión generada entre mi esposo y una persona de apariencia masculina en la ventanilla del lado de la calle parapetada -muy desagradable de gestos prepotentes y bruscos, robusto, morocho, edad un poco más que adulta, bigotes y sombrero- que como se dice vulgarmente “de pesado” reclamaba su propina o lo que sea que ellos quieren cobrar por el mero hecho de estar allí cuando uno sube al auto. Ante la negativa de mi marido que aludía que era otro el que estaba cuando llegamos e incluso lo señala enfrente, el individuo muy suelto de cuerpo le dice con total desparpajo: “Entonces no me estacionás más acá”.

Se le dijo que denunciaríamos el hecho a la policía y dijo “Andá donde quieras” con muchísima seguridad. Por supuesto no quisimos agrandar el disgusto y nos fuimos pensando cuánta gente les dará dinero a este y a otros con similares actitudes amenazantes por miedo a represalias.

Las preguntas que este infortunio -ni el primero ni el último de tales características- generó son varias y exceden el tamaño de esta nota. También sé que daría para hacer un club o varios con la gente que sufre los mismos males diariamente. No solo por el abordaje de los pretendidos cuidadores de vehículos, sino por la infinidad de ofertas que se despliegan en los cruces de semáforos a cambio de algún dinero.

Apenas para hilvanar un tema de difícil solución, planteo algunas de las interrogantes que se atropellan por salir a luz: seguramente son muy pocos los que hacen de esto su fuente de ingresos por gusto o solo para el vino y las drogas, o para evitar las ocho horas como podría pensarse. Mucha gente de bien y desocupada forzosa, se ve enfrentada a hacer un mango en la calle como sea o a no comer o ver pasar necesidades a su familia, no lo dudo. Aquí vamos a que bajó el porcentaje de desocupados pero aún hay muchos, porque lo que se palpa es otra cosa. Sobreabundan subocupados. Y lo peor es que algunas de esas “infratareas” se tornan molestísimas o más bien peligrosas para otro grupo poblacional que tiene derecho a andar tranquilo por la calle, y supuestamente no tiene porqué pagar tributo extra por tener un auto, que ya paga su patente, habilitaciones de circulación y hasta estacionamiento en algunas zonas. Si tengo coche y debo hacer mandados o tengo ganas de ir a pasear con mi familia, ¿me quedo en casa por miedo a volver con el vehículo rayado en la menos grave de las hipótesis?

La gente que hoy no es asalariada tiene derecho al trabajo claro que sí, pero no a culpar indiscriminadamente a los demás por poseer algo casi siempre ganado con honrado esfuerzo, sacrificios y sin obligar a nadie. Y en todo caso es su problema cómo hubieron sus bienes. Nada habilita a coaccionar al prójimo a que me mantenga. Eso es caos y es delito. No pueden impunemente pretender recibir dinero por no molestar. ¿O es pecado tener auto en este país?

El Estado; que teóricamente somos todos aunque a algunos se les paga para administrar; debe mirar pronto cómo soluciona este problema serio generando más fuentes laborales para estos compatriotas y cuidando a la vez de no institucionalizar el bandidaje.

La ley del más fuerte o de la selva, el Chicago de Elliot Ness y sus Intocables, el “te pago para que no me pegues”, ¿eso estamos viviendo en Montevideo?

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