A 143 años del martirologio de Leandro Gómez

Nos parece repetitivo relatar los hechos que por heroicos, ¡y vaya si lo fueron!, se dieran a nivel de epopeya en Paysandú aquel lejano 2 de enero de 1865 y que han sido contados con profundidad y prolijo detallismo. El martirologio superó los niveles épicos marcando con fuego de fragua al cincelamiento definitivo de conductas políticas de las colectividades partidarias nacionales.

Las mismas, ya tenían antecedentes primigenios desde sus respectivos nacimientos, los oribistas o blancos defendiendo la legalidad o integridad de la soberanía oriental y los colorados de Rivera apoyados y apoyando las intervenciones imperiales para mantener el poder. El hecho de Paysandú fue tal vez la más espectacular y notoria exposición de esta dicotomía tan evidente, en la conciencia oriental. Los partidos políticos adoptaron definitivamente una conducta que hasta hoy hizo carne en las filosofías de cada cual. Los blancos ferozmente antiimperialistas y los colorados recostados en los grandes poderes fácticos y económicos mundiales. Ejemplos en el tiempo, sobran. A comienzos del siglo XX (1904), mientras Saravia caía en Masoller en defensa de principios nacionales sagrados como el voto secreto, moral administrativa y representación de las minorías, Batlle pedía y obtenía la intervención yanki de su amigo Teodoro Roosevelt, que llegó diez días después de la muerte gloriosa del Aguila del Cordobés, con cuatro barcos de guerra para acabar con Aparicio. Y, hasta recientemente con motivos de las guerras del golfo Pérsico, el único partido político que por manifiesto público expreso marcó su oposición a la criminal invasión, fue el Partido Nacional. Son estos algunos, entre otros muchos casos donde los principios de antiintervencionismo se marcaron puntualmente en la heroica. Si bien hubo algunos paraguayos y europeos (vascos, italianos, españoles e ingleses) la mayoría absoluta de sus defensores serán blancos. Su jefe Leandro Gómez, oficial de Oribe, era y murió siendo blanco. La oficialidad era blanca, se defendía en la Heroica un gobierno legítimo blanco de Atanasio Aguirre, que supone quemar los infames Tratados del 51 con Brasil en la Plaza Matriz. El canciller Juan José de Herrera, que rechazó con coraje y dignidad la Misión imperial Saraiva brasileña que imponía con amenazas y desbordes de autoritarismo, era blanco. Toda la defensa desde el más encumbrado hasta el más humilde eran blancos. Y desde las fuerzas invasoras imperiales, «los orientales» de Venancio Flores General «añamenbui», todos colorados de la mano del asesino de Mitre y el «camba» imperial brasileño Tamandaré violando la soberanía de la Patria. Defendiendo la nación sólo Leandro Gómez y los suyos blandiendo la enseña oriental uruguaya. O sea, sin perjuicio, que la gente tiene la conciencia y el sabor de una hazaña oriental que deba ser tomada como tal, o sea de la Patria misma, es indiscutible que es un «ítem» glorioso del Partido Blanco. Y así lo ha entendido el pueblo. Los blancos perdiendo la guerra, fusilados criminalmente sus jefes, perseguidos los que pudieron «cuerpear» la matanza y represalias, obviamente caído su gobierno legal con gallardía y dignidad de sus representantes (Atanasio Aguirre, Juan José de Herrera, etc, pero caídos al fin) en la más absoluta orfandad de medios y recursos, no obstante quedó como consecuencia en muy buena parte por este hecho, más fortalecido en las tradiciones futuras de la Patria. Con una fuerza moral que justifica y explica cómo un partido político pudo subsistir 93 años en el llano, soportando cuanta maniobra y abusos de poder de parte de los gobiernos colorados hubieron. Gestas como la de Paysandú, crearon una mística comparable con un sentimiento religioso. Se decía y hasta hoy es común oír, que ser blanco es ir más allá de un partido. Es una vocación de «sentimientos» intelectuales afectivos. Y mucho de verdad hay en el dicho. Los nacionalismos, en general, posiblemente carezcan, muchas veces, de explicaciones esotéricas intelectualizadas o filosóficas, y que choquen con racionalizaciones y explicaciones universitarias afines o corrientes extranjeras culturales «gringas» que son fundamentos ideológicos teóricos de grandes corrientes de opinión mundiales. Su explicación tiene en cambio el «calor y amor» por el sabor de la tierra arada, el verde de una pradera, el canto de una calandria o el vuelo libertario de un chingolo. O sea, el inmaterial sentido de Patria. Emocionarse al ver en la mañana el ondear soberano y libre de una bandera oriental con la fuerza emotiva histórica de tantos héroes, como los de Paysandú, personalizados en el ejemplo de Leandro Gómez. Ninguna universidad explicará ese fenómeno. Jamás un «intelectual» imbuido de tesis extranjeras podrá explicar tampoco estos hechos y mucho menos morir como los que cayeron en la Heroica. Sólo un «nacional» se inclina referente ante estas simbologías y sentimientos propios de este «cariño» entrañable por su tierra enfrentando «globalizaciones» racionalistas internacionales o intereses imperialistas bastardos. ¡Loor y Gloria a Leandro Gómez y su Heroica que junto al Libertador Oribe, Aparicio, Timoteo, Herrera o Wilson entre tantos, forja la mejor historia de nuestro nacionalismo! ¡Viva la Heroica Paysandú! ¡Viva mi muy viejo y querido Partido Blanco! !Viva la Patria!

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