Crisis de la civilización unipolar

Lunes 07 de enero de 2008 | 4:42
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Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se inicia el período conocido como “Guerra Fría”, el mundo estaba dividido en bloques antagónicos. Eran dos sistemas económicos enfrentados, dos ideologías irreconciliables, dos visiones del mundo opuestas.

Para decirlo con palabras de Octavio Paz, teníamos una “democracia imperial” y un “imperio totalitario”; Estados Unidos y la Unión Soviética se habían repartido el mundo manteniendo cada uno sus respectivas “zonas de influencia” en una relación de fuerzas equilibrada.

Contra todo pronóstico, aquel mundo bipolar se convirtió en uno unipolar luego de la implosión del campo mal llamado socialista, cuando prácticamente sin derramar una gota de sangre, todo el andamiaje aparentemente inconmovible, aquellas rígidas estructuras se derrumbaron con estrépito ante el asombro de todo el mundo.

Sin embargo, hubo voces que alertaron sobre las contradicciones que llevaba en su seno el régimen soviético y predijeron en cierto modo su caída. En 1984, Octavio Paz expresaba: “Como en las teocracias de la Antigüedad, el sistema comunista realiza la fusión entre el poder y la idea. Así, toda crítica a la idea se vuelve conspiración contra el poder; toda diferencia con el poder, sacrilegio. El comunismo está condenado a engendrar cismas, a multiplicarlos y a reprimirlos”. Pocos años después, cuando Gorbachov abrió una rendija en aquel sistema pétreo, todo se vino abajo.

La democracia imperial, en cambio, era mostrada como un sistema expansionista que no vacilaba en intervenir militarmente allí donde sus intereses estuvieran en juego, pero que en lo interno ofrecía lo que no ofrecía el “socialismo real”: libertad individual para decir, escribir, crear y en fin, hacer lo que fuera; los derechos y garantías estaban consagrados y eran respetados religiosamente por el Estado; en las universidades se enseñaban autores ácidamente críticos del sistema. Era un régimen capitalista pero democrático y liberal.

Hoy, sin embargo, cuando el bloque socialista (el enemigo número uno) ya no existe, el régimen estadounidense se saca la careta y se muestra como es. Ya la libertad de expresión y de creación artística no está garantizada en los hechos como consecuencia de disposiciones liberticidas de corte policíaco tomadas por el gobierno de Bush, que encontró otro cuco que suple bastante eficazmente a la amenaza roja.

Pero más allá de todo esto, lo que está mostrando EEUU es una crisis estructural y de valores de consecuencias imprevisibles. El capitalismo no tiene respuestas para esa crisis de valores, una crisis de civilización que se arrastra desde hace ya un tiempo y que se ha exacerbado con la desaparición del enemigo de otrora. Las megalópolis demenciales e inhumanas, el consumismo como única meta para la “felicidad” de los individuos, la xenofobia y el racismo, la exclusión del “diferente”, la inseguridad, los suburbios donde proliferan las más execrables profesiones, los psicópatas asesinos seriales y un largo etcétera de calamidades son expresiones elocuentes de esa crisis de que hablamos y que el sistema se muestra incapaz de conjurar.

Atrapados por la maquinaria infernal, los individuos no llegan a vislumbrar el “nonsense” de su vida pero algo intuyen al respecto. Es así que de pronto nos enteramos de alguien que la emprende a balazos en un colegio contra estudiantes desprevenidos.

El mundo bipolar se acabó, pero no porque el capitalismo sea mejor. Es un sistema tan inhumano como el que colapsó a comienzos de los noventa.

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