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¿Quién fue Francisco de Miranda?

Escrito por: Por Franklin González - Embajador de la República Bolivariana de Venezuela en Uruguay

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Hoy dedicaremos nuestra columna a un hombre que marcó historia para siempre, se dio a conocer como Francisco de Miranda y fue el precursor de nuestra Independencia.

En este mundo donde en muchos lugares del mundo la frialdad se impone por encima de los sentimientos, donde las pasiones son sustituidas por el más vulgar pragmatismo, donde las utopías y los sueños se desvanecen por las comodidades personales, ahora es cuando hacen falta los hombres con sueños, con ilusiones, en fin, los hombres utópicos, los hombres quijotesco como lo fue este ilustre venezolano.

 

El incanado de colombeia

A los 21 años, en enero de 1771, como era la usanza entre los mantuanos, Miranda viaja a Madrid a codearse con la nobleza hispánica y a perfeccionar su carrera militar. Un año y $8.000 pesos de oro, también como era la costumbre, le permiten comprar a la corona española el grado de capitán del Ejército Real en el Regimiento de la Princesa en Madrid.

En 1774, como voluntario, combate contra los moros en la ciudad española de Ceuta situada al norte de Africa. En 1780, se embarca en Cádiz como supernumerario en el regimiento de Aragón rumbo a Luisana a apoyar la lucha que los colonos norteamericanos libran contra Inglaterra para obtener la independencia. Allí participa en la toma de varias guarniciones, principalmente la de Pensacola, por lo que es destacado como ayudante de cargo del general español, gobernador de Cuba, Juan Manuel Cagigal, y este lo nombra coronel de ejército español por sus méritos en la campaña contra los ingleses en las Islas Bahamas.

A partir de 1782, respondiendo a las peticiones de los mantuanos de Caracas de que asumiera la causa de la independencia, Miranda decide retirarse del ejército español para dedicarse a su proyecto de “conocer y examinar con inteligencia prolija el gran libro del universo, las sociedades más sabias y virtuosas que lo componen, sus leyes, sus gobiernos, agricultura, policía, comercio, arte militar, navegación, ciencias, arte, etc, que es la única que puede sazonar el fruto y completar de algún modo la obra magna de formar hombre sólido y de provecho”.

Así se marcha rumbo a los recién constituidos Estados Unidos de Norteamérica y para 1784 empieza a darle forma a su proyecto para la independencia de todo el continente americano español, siempre con la esperanza de contar para tal empresa con la cooperación de Inglaterra.

Los siguientes cuatro años los emplea en un viaje por Turquía, Egipto, Rusia, Escandinavia y culmina en París. En Rusia, donde permaneció siete meses, conoció a la emperatriz Catalina, quien le confiere el rango de coronel del ejército Imperial Ruso.

En 1790 se entrevista por primera vez con el primer ministro de la Corona Imperial Inglesa, Sir William Pitt, a quien presenta su “utopía”, su primer comportamiento quijotesco. Propone la creación de un gran estado imperial independiente llamado el “Incanado de Colombeia” que abarcaría, sin contar con Brasil, desde el río Misisipí en Norteamérica hasta el Cabo de Hornos, en el Polo Sur. Organizado a semejanza del estado inglés, con un emperador inca al frente del poder ejecutivo y dos cámaras como poder legislativo, una elegida por voto popular y la otra escogida por méritos, además de un “Poder Moral con dos Censores” para vigilar la educación de la juventud y las costumbres, y un cuerpo de ediles encargados de desarrollar las obras públicas.

Para lo cual solicita 15 mil hombres de infantería y 15 navíos ingleses y en retribución el “Incanado” pagaría al gobierno inglés puntualmente estos servicios, mediante un plan de comercio ventajoso para ambas partes, el usufructo por parte de la marina inglesa de un canal interoceánico en el istmo de Panamá y la eliminación del contrabando.

Pero la dura realidad era muy otra y el curso de la historia tomaría un rumbo diferente a los “sueños ilustrados” o quijotesco de Miranda.

En 1798 y 1804 insistirá nuevamente ante sir William Pitt, en la ayuda inglesa para la liberación de “nuestra amada patria América Española”, pero sin obtener respuesta.

 

La aventura de 1806

En 1804 decide vender sus libros y enseres personales por 2.000 libras esterlinas y se embarca para los Estados Unidos. Allí con ese dinero tratará de organizar su propia expedición hacia Venezuela.

A fines de 1805, logra armar con viejas carabinas y sables cerca de 200 mercenarios y buscadores de fortuna, a quienes embarca en tres pequeñas naves, las dos primeras identificadas como Beer y Bacchus y la otra llamada Leandro en recuerdo del hijo de dos años que dejó en Londres, estas surcarán las costas venezolanas para tratar de mostrar al mundo que a los 55 años de edad “sus palabras son buenas”.

Las autoridades españolas advertidas, lo estaban esperando y le hunden dos de sus pequeños barcos. Con el otro regresa a las Isla de Barbados y el 3 de agosto desembarca en las costas de Coro, donde logra izar por primera vez el tricolor colombiano que hoy conocemos, pero solo tres fugitivos negros se le unen. Se reembarca rumbo a Aruba y después de múltiples dificultades, llega a la isla inglesa de Trinidad para regresar otra vez a Londres.

 

Creer en promesas

En la capital inglesa funda un periódico El Colombiano, y desde allí continúa propagando su indoblegable utopía del Incanado de Colombeia, hasta mediados de 1810, cuando Simón Bolívar, Andrés Bello y Luis López Méndez, los tres comisionados de la Junta Suprema de Caracas, una vez declarada la independencia de las provincias de la Capitanía General de Venezuela, el 19 de abril de ese mismo año, lo encuentran en su casa de Londres.

Miranda regresa entonces a Caracas y se pone a los órdenes del gobierno que acaba de nacer en esta ciudad venezolana. Desembarca en La Guaira el 10 de diciembre de 1810, trayendo consigo los documentos que lo acreditan como ex coronel del ejército español, ayudante de Campo y jefe de Cancillería del general Manuel Cagigal, ex coronel del Regimiento de Caballería II de la emperatriz Catalina de Rusia y mariscal a cargo de los ejércitos revolucionarios del norte de Francia.

La Junta Suprema de Caracas lo nombra teniente general de los Ejércitos de Venezuela. Sin estar en el país había sido elegido delegado por el distrito del Pao en el Oriente del país. El 2 de marzo de 1811 el Congreso inicia sus labores, declara la independencia de España y adopta una constitución federal. Reemplaza la Junta Suprema de Caracas por un débil triunvirato. En el interior del país empieza a presentarse la consabida contradicción entre los moderados que abogan por una simple autonomía de la Corona, dándole los derechos sociales a los mestizos pardos y a los negros libertos, y los independentistas radicales encabezados por Miranda, partidarios de un país totalmente soberano y libre. Estos van tomando posición en la Sociedad Patriótica creada el año anterior por la Junta Suprema ya reemplazada.

Algunos mantuanos en desacuerdo con la libertad de los esclavos comienzan a conspirar en contra de Miranda, acusándolo de ser un “hereje masón al servicio de los ingleses”.

A los pocos días de instalado el Congreso de las provincias, los colonialistas, atrincherados en la ciudad de Coro, instigan a la población que controlan a que se subleven contra la independencia de Caracas y otras importantes ciudades regionales, logrando apoderarse de Valencia. A recuperar esta ciudad es enviado el marqués del Toro al mando de las inexpertas tropas republicanas que sufren una gran derrota. En su reemplazo es nombrado como general en jefe Miranda, quien logra tomar esa ciudad pero dejando en el campo más de 800 muertos y cerca de 1.500 heridos. Una vez tomada Valencia, Miranda propone llevar la campaña hacia Coro y Maracaibo, reductos realistas. El Congreso no acepta el plan y por el contrario expide un decreto de amnistía general para dejar en libertad a los jefes colonialistas capturados en las sublevaciones. Sin contención empieza
n a presentarse en casi toda la geografía sublevaciones de mestizos pardos y negros instigados contra los mantuanos caraqueños al grito de “Viva el rey, mueran los herejes”.

Domingo Monteverde, el comandante del ejército colonial en la capitanía de Venezuela, quien se encontraba en Coro, aprovecha la situación general para avanzar y tomar Barquisimeto y San Carlos y amenazar a Valencia. Miranda destaca el 1 de mayo de 1812 a Simón Bolívar como comandante de la plaza fortificada de Puerto Cabello y se dispone a defender Valencia con cerca de 5.000 hombres, pero una serie de deserciones en sus filas lo obligan a no presentar combate y retirarse a Maracay dejando nuevamente a Valencia en manos de los realistas.

Monteverde continúa su avance sobre Caracas, toma Calabozo junto con Los Morros pasando por cuchillo a los mantuanos de esas poblaciones. Miranda sigue retrocediendo hasta La Victoria y allí le llegan dos noticias demoledoras: el levantamiento en masa de los esclavos en las Costa en los días finales de junio de 1812 y el 5 de julio la pérdida de Puerto Cabello comandado por Bolívar, a lo que miranda exclama “Venezuela ha sido herida en el corazón” y una semana después con la anuencia del triunvirato acuerdan proponer a Monteverde una capitulación, en la que se le daría pasaporte a todos los que quisieran abandonar el país, se dejaría en libertad a todos los jefes patriotas y a los detenidos políticos, y se respetarían las libertades personales y aunque Monteverde la acepta, inmediatamente la desconoce y Miranda imposibilitado de embarcar la goleta inglesa Saphire con la cual dirigirse hacia Cartagena a solicitar ayuda a la Nueva Granada para continuar su lucha libertaria, es detenido por sus mismos compañeros de lucha, entre ellos el mismo Bolívar.

El Comandante militar del puerto de La Guaira, Manuel María Casas, buscando ganar favores con Monteverde le entrega a Miranda, y con cadenas y grillos, es enviado a las bóvedas de Puerto Cabello y luego a las del Castillo del Morro, en Puerto Rico.

Para finales de 1814, lo trasladan para el pavoroso presidio de La Carraca, cerca de Cádiz, donde permanece encadenado a los muros hasta el 14 de julio de 1816, cuando un ataque cerebrovascular lo derrumba definitivamente a los 66 años de edad, muriendo sin ni siquiera recibir las respectivas exequias. Al respecto, el alguacil de esa prisión dejó escrito lo siguiente: “Hoy 14 de julio de 1816 a la una de la mañana entregó su espíritu al creador don Francisco Miranda. No se me ha permitido por los curas y frailes le haga exequias ningunas, de manera que en los términos que expiró, con colchón, sábanas y demás ropas de cama, lo amarraron y se lo llevaron; de seguida vinieron y se llevaron sus ropas y todo cuánto era suyo para quemarlo”.

 

Vigencia de su pensamiento

La libertad de los pueblos, la soberanía, el derecho de todo pueblo y de toda cultura a desarrollar sus potencialidades creadoras, a tener una vida digna, está más vigente que nunca, así como también la búsqueda de un mundo menos desigual, más inclusivo, con menos injusticias, con capacidad para responder a las grandes mayorías

Estos sueños, estos ideales, no solamente hay que levantarlos y mantenerlos, hay que luchar porque los mismos se realicen.

En nuestro país, hoy en día bajo la conducción del presidente Hugo Chávez Frías, estamos ensayando un modelo inédito, con errores, limitaciones y fallas, pero sobre todo con grandes resultados para las mayorías de Venezuela, y convirtiéndose en un ejemplo para muchos pueblos del mundo, en particular para los de América Latina y El Caribe.

Estas y otras son razones suficientes para recordar a Miranda, el más universal de todos los venezolanos y con él decimos: “Seremos hombres, seremos libres, seremos Nación”.

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