Contradicciones en el discurso de un viejo liberal

En nota aparecida ayer nos referíamos al novedoso embate del Presidente contra el contrabando, en una jugada que tiene características de cortina de humo y que cumple una doble función: por un lado, el dedo acusador señala un culpable de todos los males (recesión, desempleo, etcétera), algo siempre saludable para los gobernantes; por otro, la desesperanza y la incertidumbre ante un futuro nada venturoso ceden un poco en la medida en que la atención se distrae hacia otros temas que también importan, logrando de ese modo aliviar un tanto las tensiones. Y más aun cuando el mensaje que el gobierno se propone transmitir es que el combate al contrabando operará el milagro de revertir la crítica situación que estamos viviendo.

El Presidente no pierde oportunidad de crear una falsa expectativa en la población. Véase, si no, cómo insiste en convencernos de que la represión del contrabando y las medidas adoptadas para evitarlo ya están dando sus frutos. Si nos atenemos a su discurso, parecería que como por arte de magia los problemas que acucian y angustian a la sociedad van resolviéndose a medida que el enérgico combate se desarrolla. Según el primer mandatario, ya se puede hablar de reactivación comercial en zonas fronterizas (!) y de un incremento en la venta de ciertos productos que, merced a la firme actitud de los celosos cancerberos apostados en los pasos de frontera, ya no ingresan ilegalmente al país. El doctor Batlle se refiere a raciones, combustible, alimentos y bebidas no alcohólicas.

El Presidente dice defender el trabajo de los uruguayos. Sin embargo, ni él ni los gobernantes que lo precedieron se mostraron dispuestos a poner el mismo ahínco para evitar que el mercado interno se viera invadido de productos asiáticos o brasileños en notoria competencia con los nuestros. Así fue que nos quedamos sin industria del vidrio, nos estamos quedando sin industria textil y de la confección, y probablemente nos quedaremos sin industria del calzado.

Sería de necios negar que el contrabando perjudica no sólo las arcas del Estado sino también la producción y el trabajo nacionales. En eso todos estamos de acuerdo. Lo que es imposible soslayar es la flagrante contradicción en que caen los militantes neoliberales, que anatemizan el contrabando al tiempo que se declaran definitivamente aperturistas, lo cual significa nada menos que abandonar a su suerte al sector productivo. ¿Esa es la defensa del trabajo de los uruguayos?

Pero las contradicciones del doctor Batlle –un viejo liberal, según su propia definición– no terminan aquí. Cuando se habla de los recursos para el Presupuesto, el primer mandatario se vuelve presa de pánico ante la posibilidad de generar déficit: la estabilidad fiscal es intocable. Arguye el Presidente –no sin razón– que si se genera déficit, hay que pagarlo con deuda o con emisión. Todos sabemos que la emisión descontrolada genera, a su vez, inflación; algo que, obviamente, nadie desea. Sin embargo, la inflación –al igual que hoy el contrabando– fue señalada como la culpable de todos los males que padecía el país, y el combate contra el flagelo fue prioridad número uno de los gobiernos desde hace más de treinta años. Hoy la inflación aparece controlada merced al esfuerzo y al sacrificio de toda la sociedad. No obstante, el prometido bienestar que sobrevendría automáticamente cuando se derrotara la inflación todavía está por verse; peor aun: la clase media se ha pauperizado y tiende a desaparecer, al tiempo que cada vez más sectores sociales se ven expulsados y excluidos del consumo.

El panorama no es demasiado halagüeño y da por tierra con todas las certezas que el neoliberalismo impuso. Y sobre todo, con las alegres promesas electorales.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje