La conferencia "de la última oportunidad"
«El capital, dice un redactor de la Revista Trimestral, huye de la turbulencia y la refriega y es de condición tímida. Esto es muy cierto pero no es toda la verdad. El capital experimenta horror por la ausencia de ganancia o por una ganancia muy pequeña (…) si la ganancia es adecuada, el capital se vuelve audaz. Un 10% seguro, y se lo podrá emplear donde quiera; un 20% y se pondrá impulsivo, 50%, y llegará positivamente a la temeridad; por 100% pisoteará todas las leyes humanas; 300% y no hay crimen que lo arredre.»
Este texto fue publicado originariamente en 1867.
Difundido en El Capital del señor Marx, pronto, muy pronto fue desmentido por una pléyade de escritores, economistas, políticos y predicadores que demostraron, definitivamente, que ese, como otros diagnósticos del estudioso alemán, estaba totalmente perimido. Y muy pasado de moda. Sin embargo…
La Cumbre del Clima, o «La conferencia de la última oportunidad», que se está celebrando en estos días en La Haya, Holanda, vuelve a poner a la humanidad ante los perfiles más tremendos del capitalismo salvaje que hoy predomina en el planeta.
Todo parece indicar que la conferencia, que se asignaba objetivos bien modestos por cierto, consistentes básicamente en el control del cumplimiento de los muy moderados acuerdos estipulados en el Protocolo de Kioto de 1997, habrá de terminar en un nuevo fracaso.
Los expertos internacionales han advertido, hace ya unos cuantos años, los efectos negativos que sobre el clima producen los llamados «gases invernadero» y dentro de éstos el dióxido de carbono, producido por el consumo de combustibles.
En las distintas conferencias internacionales sobre el recalentamiento de la tierra, desde la de Río en 1992 hasta la de Buenos Aires en 1998, pasando por Kioto, se oyó, de parte de las autoridades norteamericanas, negativas similares.
La economía norteamericana no puede parar. Sus instalaciones industriales no pueden cambiar ni detenerse. No puede disminuir la producción de gases invernadero.
El grave asunto ha alcanzado un grado inusual de ventilación pública. En estos días, al inaugurarse la Conferencia en Holanda, el presidente de Francia, Jacques Chirac, puso particular énfasis en marcar las responsabilidades de los Estados Unidos en el agravamiento del deterioro ambiental que producen los gases. Un estadounidense produce tres veces más gases de efecto invernadero que un francés, denunció.
La clave de la situación que se va configurando es que los principales productores de gases son los países más industrializados, con los EEUU a la cabeza.
Pero, a la vez, salvo el caso de alguna excepción –como Holanda– los países más afectados por el efecto invernadero son del Tercer Mundo: Jamaica, Guyana, Bangladesh, Ecuador, Islas Salomón, etc.
Obsérvese que lo que se está procurando ratificar son los compromisos establecidos en 1997 y que no determinaban una disminución de la producción de gases.
No. Ya en los Protocolos de Kioto, las autoridades se mostraron incapaces de detener el proceso de deterioro del medio ambiente que trae la producción de gases. Se decidió entonces tratar de disminuir el crecimiento.
Las conclusiones de la Conferencia de La Haya muestran que no se ha logrado disminuir el incremento de los factores de daño sobre el clima producidos por unas realidades económicas y sociales que no se pueden detener, ni aun cuando nos llevan a todos cada vez más cerca del caos.
«Cuando la turbulencia y la refriega producen ganancias, el capital alentará una y otra.»
Terminaba diciendo el referido ¿y superado? autor alemán.
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