El desafío creativo
El bipartidismo cívico se inaugura en la legislatura tras la guerra
civil en 1905. A partir de ahí, durante medio siglo, los denominados partidos históricos funcionarían como coaliciones. Con la Constitución de 1917 se iniciaría el camino a la coparticipación en el poder de ambas colectividades políticas. Gracias al artilugio del doble voto simultáneo pudieron disimularse las contradicciones que atravesaban a la sociedad. Ya en en el diario El País (11/12/930) se cuestionaba el artificio del doble voto simultáneo en los siguientes términos: «Por lo menos sería necesario establecer que la acumulación sólo es posible entre un electorado que responde a una misma organización política, que depende de las mismas autoridades y, por tanto, que tiene idéntico programa. Sólo hasta este límite se justifica el doble voto simultáneo».
Dice Haedo, en su libro Herrera: «En el Uruguay, las señales de la descomposición generalizada que conducía a una revolución, imprecisa, no configurada, la dieron dos hechos de signo diferente: el grito de
‘la reforma o lo que sea’ que inundó ciudad y campo en las vísperas de 1958, y la multitud que desfiló ante los restos de Líber Arce, estudiante-obrero, malamente ultimado diez años después». Las masas tuvieron la premonición de que se marchaba al encuentro frontal con los caracteres de una guerra civil no declarada.
Un tortuoso proceso de descomposición política, del cual 1958 fue sólo escalón en la pendiente. «El pueblo comenzó a despegarse de las ordenaciones partidarias, preferentemente la juventud, y se preparó, más que para programar lo que quería, para extender la conciencia de lo que no quería». (ibid).
Y, de esos tumbos, entre crímenes y componendas, llegamos a 1985, en el que las viejas facciones intentan volver a los tiempos previos a 1958, la llamada «gobernabilidad», ofrecida en son de paz por Wilson, a su muerte, degeneraría en «coalición de gobierno», garantizando la continuidad económica del proceso. La última viveza política fue el
llevar a ultranza los vicios del doble voto simultáneo, a la acumulación de votos entre los lemas, con el bendito balotaje.
El último recurso para perpetuar al país perimido medio siglo antes.
Tras cuarenta años de lucha, «acordando en lo que no se quería», ampliando infinitamente las vertientes de los descontentos, gracias a la contumacia de los, ya gerontes, artífices de la desgracia nacional, el Frente Amplio tira todas las vallas artificiales interpuestas.
Pero no es lo mismo acordar en «lo que no se quiere» que acordar en «lo que se quiere». Décadas de desgobiernos han generado múltiples contradicciones en el seno de la sociedad, exacerbando los intereses individuales y corporativos, fomentando el canibalismo económico. En el paroxismo de la locura una clase dirigente decadente llevó el país a situaciones como el crac financiero, sabotaje cambiario al trabajo nacional, etc. Llegados al gobierno son tantos los deterioros, los intereses contradictorios generados por añejas políticas, que toda reforma, por tímida que sea, genera tantos adeptos como nuevos adversarios.
La coherencia del Frente peligra en la medida que perdura en el tiempo el modelo antinacional, la inercia natural de lo impuesto durante décadas, las dificultades para operar en un estado en el que la corrupción ha hecho jurisprudencia, impidiendo mediante chicanas, hasta el acceso del partido ganador a los órganos de contralor.
Ahora bien, este programa -como anti-programa- surgió de la resistencia popular a las pócimas que nos han hecho tragar de mala forma, por la fuerza o el engaño, durante décadas. La atomización ideológica ha impedido encarnarlo plenamente en un carisma galvanizador. De haber sido así, seguramente hoy sería mucho más coherente, certero, radical, radicalizando a su vez a una oposición que ha apelado a lo largo de su historia al motín militar y sediciosos llamados a la intervención extranjera, para recuperar sus privilegios perdidos.
La carencia total de iniciativa, creatividad y originalidad, de los hoy relegados al banco de los suplentes, es una patética prueba del carácter de «bien mandados», de «gestores», con que se desempeñaron por largas décadas al frente del Estado. Tal vez nunca supieron, no tuvieron capacidad intelectual, ni estatura histórica, para percatarse del plan a largo plazo que llevaban adelante. Por eso no se reconocen hoy en su obra de casi medio siglo de accionar sobre el país.
Aquella juventud de los sesenta llega por las leyes de la biología y del destino al gobierno, luego de cuarenta años de resistencia.
Gobernar como un buen padre de familia, creando oportunidades de vida a las mayorías, es el principio de un buen programa de gobierno. Los acuerdos en lo que se quiere se irán profundizando en la medida de los resultados que se vayan obteniendo. Hacer habitable la patria tapera, con lo que se tiene, descartando palos podridos que malogran la obra. Es la diferencia entre el desafío creativo y la obediencia debida de los bien mandados que los precedieron.
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