El imperio de los medios de comunicación
No pretendo opinar en relación a la prensa en nuestro país, fuera de la percepción de sujeto de expectación frente al producto arrojado desde una página escrita, una radio cuya voz flota en el éter, o el embriagante mundo audiovisual de la televisión. Del todo, hablaré de la parte en que se nos tiene como objeto de información en el sentido de moldearnos a través de ella, al menos es mi preocupación. Creo que los organismos de poder con brazos ejecutores en los que informan o tuercen la realidad a su conveniencia, programarían las urgencias del pueblo para luego «colocar» sus productos de acuerdo a la manipulada demanda, sea en el campo político, cultural, económico o de productos de la canasta básica. Es un complot real, actual y tan obvio como tolerado.
El plan sería minimalizado a: me conviene que la gente piense así o asá sobre tal cosa, porque luego consumirán según las necesidades que les hagamos sentir. No es muy académico lo que digo, pero sí pretende ser claro. Nos dejamos bombardear con basura televisada, hablada o escrita y no nos damos cuenta que somos manejados como una pieza de ajedrez. Y peor aún, nuestros gurises que están naciendo a la vida reciben continuos y lacerantes mensajes de banalidad confundida con sana diversión. Las niñas creerán que deben competir eternamente y cuanto más desnudas mejor, eso sí, no se les ocurra ser gordas o no querer bailar porque serán nominadas a la expulsión social.
Los varones cuanto más guasos y capaces de urdir y hacer vulgaridades, más aplaudidos. Frente a ese ataque masivo y cuerpo a cuerpo de la porquería contra la sensibilidad de los humanos en formación, poco puede lo que eduquemos o el gasto de energía será el triple y sin chances de transformarse en principios. Lo que se trasmite diariamente en la mayoría de los programas de tv, muchos foráneos, es como una cultura de la guaranguería y del no pensar ni elaborar nada que contenga un mero esfuerzo intelectual. Y no hablo de libros sino de desarrollar el propio criterio, el sentido crítico, la personalidad, como decíamos antes.
Ya sabemos que al querer revisar enraizados sistemas y monopolios de la información se resentirá toda la estructura.
Aun así, o cambiamos en serio o les dejamos a nuestros hijos y nietos una nación confusa, donde la libertad es usada con fines francamente comerciales sin que nadie diga nada por un erróneamente entendido respeto a la libre expresión masificada, determinada arbitrariamente por la capacidad económica, y donde el Estado parece democrático pero en los hechos es inoperante a la hora de combatir desigualdades en los mensajes culturales. Porque la educación es la base de todo y si luchan hasta el cansancio padres y maestros para impartir valores a los niños y adolescentes y luego los medios dan por tierra con ese discurso en forma constante y agobiante, será inútil. Dando oportunidad a otras concepciones de la información se accederá verdaderamente a la libre elección.
Sin renegar de la tarea que nos compete en el hogar o a los docentes, los comportamientos imitados más deseados serán los modelos mostrados por los grandes medios. ¿No deberemos tener televisión, entonces? No creo que el derecho a la información deba ser restringido sino verdaderamente democratizado y plural. Los estados de frustración en la gente por no poder adquirir todo aquello que se le invita a consumir o copiar lo que se le obliga a ser, inducen a desahogos miserables.
Mientras tanto el Estado tiene temor de intervenir para no ser tildado de autoritario, aunque su quietud permita que la injusticia crezca y luego suframos mucho más esa omisión en costo social y en dinero.
El gobierno se cuida de ser invasivo incidiendo directamente para nivelar los mensajes ideológicos que están detrás de las programaciones, pero permite que nos invadan con basura desde la pantalla a todo color. La meta sería promover la oferta cultural autóctona en los medios, primordialmente televisivos, haciéndola atractiva, abierta y de llegada equitativa al público espectador. Despertar el sentimiento de afecto por la otredad debería ser primario.
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