Gobierno y sindicatos: un diálogo más ambicioso

El Instituto Nacional de Estadísticas nos informará en la tarde de hoy que el país ha finalizado 2007 con una inflación algo mayor al 8% ­con lo cual la capacidad de compra interna del salario medio de los uruguayos en el año aumentó un 5%­ y que en el área dólar, los uruguayos podemos comprar con nuestro ingreso algo más del 10% de lo que podíamos adquirir un año atrás. No hay que ser demasiado zahorí para observar esto en la calle y vincularlo a una explicación un poco más compleja de esa realidad de aumento del consumo volviendo a aumentar a tasas del 9%. No es este el motivo de la reflexión pero el que el trabajo uruguayo esté «caro» en dólares, al igual que sus principales bienes y servicios y al mismo tiempo pueda crecer a las tasas asiáticas es, esencialmente, fruto de que más allá de los ruidos, y por ahora, el país ha logrado procesar sus cambios imponiendo definitivamente el valor de los equilibrios, incluyendo la estabilidad de precios más allá de los problema del año que finalizó.

En los próximos días el Banco Central advertirá sobre la permanencia de un incremento del riesgo inflacionario pero, se supone, mantendrá el compromiso para alcanzar la meta quizás más comprometida de la actual administración; una inflación menor al 6% anual promediando el próximo año. Pese a las dificultades de arribar a esa meta en un contexto como el que vive Uruguay, la reafirmación de ese compromiso es una señal potente respecto a las políticas que mantendrá el equipo económico, incluyendo en esto al directorio del BCU, de ahora en más.

Sin embargo, el problema de la estabilidad de precios como valor social y político sigue sin ser comprendido cabalmente en este país. De hecho, ahora, la perspectiva del riesgo inflacionario va a comenzar a ser integrada por una demanda de ajustes salariales y de los ingresos por el trabajo en general, incluyendo los márgenes empresariales que no está a tono con la comprensión inteligente de qué es, en realidad esa estabilidad como valor y plataforma de cambio. Las explicaciones son obvias, en particular para una izquierda que ha debido formarse conviviendo con desequilibrios propios y ajenos. El año pasado se produjeron aproximaciones formales del equipo económico con los sindicatos para intentar una explicación más clara de porqué este gobierno necesita el concurso activo de los trabajadores para defender la estabilidad sin que ella resulte, o no, de la suma de negociaciones de todo tipo, permanentemente recreadas sobre la base de una desinteligencia cara sobre el tema. Los trabajadores no desean la confrontación o una negociación permanente rodeada de conflictividad y rispideces de todo tipo. En Uruguay hay una cultura de la responsabilidad sindical que debe ser activada y el encuentro de sindicatos y gobierno en torno al tema de la estabilidad bien pudiera ser uno de los cambios estructurales fuertes que este país pudiera ostentar a escala planetaria.

Quizás sea el gobierno el que deba dar un primer paso sobre estas cosas en el comienzo mismo del año. Quizás el valor de cambio y elemento bien didáctico para avanzar en ese compromiso de defensa y valorización de la estabilidad de precios y salarios con distribución social fuerte de los excedentes, pase por la promoción de nuevas garantías. Por ejemplo, las que pudiera ofrecer el gobierno a los trabajadores respecto a que a nadie se le irá la mano en la administración del excedente productivo de ahora en más. Incluyendo en esto la definición de una regla fiscal que nos exima de riesgos que pudieran surgir en la próxima Rendición de Cuentas que muchos van a afrontar desde un posicionamiento político de corto plazo. Aquella cultura de la responsabilidad sindical le permitió al país sortear trances difíciles de su historia y debe ser reclamada ahora, desde una perspectiva ya no de crisis y amenazas sino de oportunidades. La alianza tácita de sindicatos y gobierno en la creación o afirmación de mayores seguridades para procesar los cambios en marcha pudiera alcanzar en esto una expresión mayor.

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