Indices alentadores

Se han conocido recientemente ciertas cifras que permiten comprobar –sobre datos objetivos– la tendencia del país hacia la reactivación económica, al tiempo que dicha reactivación empieza a reflejarse en una notoria mejora del bienestar de la población.

Nos interesa subrayar esto último ya que por norma general el crecimiento económico verificado en otros períodos no se tradujo en mejoras palpables para los uruguayos de carne y hueso, para esa mayoría de asalariados que fueron sumergidos en la penuria como consecuencia de las famosas recetas neoliberales aplicadas con frívolo entusiasmo por los gobiernos anteriores.

Es que una de las características salientes de la doctrina de Mont Pélerin es la de no tener en cuenta sino los indicadores macroeconómicos, despreciando por completo la realidad social que sobreviene de la aplicación del modelo neoliberal. El equilibrio fiscal, el control de la inflación, el PBI, el grado de inversión, el riesgo país, son todos elementos que juegan a la hora de evaluar la marcha de la economía de un país, sin tener en cuenta cómo se redistribuye el ingreso, ni si sus pobladores reciben algún beneficio de ese crecimiento. Con tal que «las cuentas cierren», poco importa si ha aumentado la desocupación o si el nivel de ingresos ha disminuido o cuántas personas más han engrosado el segmento de los indigentes o si se han incrementado los asentamientos. De las consecuencias sociales del modelo, sólo importa el aumento de la delincuencia, ya que se trata de una amenaza real a la seguridad y al patrimonio de los ricos; es lo único que inquieta a los privilegiados cuya sensibilidad sólo se conmueve cuando se ven afectados sus intereses.

El gobierno progresista no ha variado sustancialmente la política económica; no ha roto con el FMI, no ha procedido a nacionalizaciones, y se ha mantenido cuidadoso del equilibrio fiscal y de los otros indicadores macroeconómicos. Pero se ha distanciado notoriamente de una perniciosa consigna a la que sin embargo son afectos algunos hombres de izquierda. Estamos hablando de la máxima según la cual «para repartir la torta, primero hay que hacerla crecer». La administración del doctor Vázquez y su equipo económico están demostrando que es posible repartir la torta al tiempo que se la hace crecer. Junto con la apuesta a un país productivo, el gobierno se ha ocupado de que los asalariados y demás sectores postergados empiecen a participar del crecimiento económico. El ministro Astori fue claro al respecto, al referirse al tema el pasado viernes 28, cuando expresó que no es partidario de que primero hay crecer para después repartir, aunque reconoció que sería un error distribuir «a lo loco, independientemente de cómo se crece y de cuánto se crece».

Pero veamos algunas cifras significativas.

El consumo ha crecido en este año que termina para ubicarse en el entorno de nueve por ciento; el volumen de exportaciones rondará los siete mil millones de dólares; el año cerrará con superávit; y finalmente, el poder adquisitivo de los salarios recupera un 4,27 por ciento en los once meses del año.

Esto significa que la apuesta del gobierno no se limita al sector exportador, sino que apunta a la reactivación del mercado interno, eterno soslayado por los popes del neoliberalismo.

Reiteramos: no se trata de medidas revolucionarias pero hay un viraje importante que permite mirar el futuro con optimismo y recuperar la confianza en la conducción económica que supo superar y conjurar la amenaza inflacionaria del invierno.

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