El contrabando como chivo expiatorio
En medio de la agitada discusión del Presupuesto, y mientras la mezquindad del equipo económico provoca reacciones adversas desde prácticamente todos los sectores sociales y políticos, el titular del Ejecutivo parece haber encontrado un chivo expiatorio ideal, mucho más redituable y creíble que la crisis asiática, el efecto Tequila o la devaluación brasileña.
Ahora el culpable de todos nuestros males vuelve a ser el enemigo público número uno: el contrabando. Y el primer mandatario parece haberse transformado en un cruzado implacable contra el mal. Una suerte de San Jorge combatiendo al dragón, dispuesto a «pegarle fuerte» al contrabando, como anunció en una reciente aparición televisiva. Al mismo tiempo –como buen héroe romántico– intuye que puede fracasar en la noble empresa, pero ello no es óbice para afrontar el riesgo y, de paso, construirse una imagen de Cid que le permita recobrar su prestigio y su imagen de hombre pragmático y auténtico.
A ello parece apuntar toda su estrategia actual: a señalar un chivo expiatorio que –como el contrabando– concite el repudio unánime de la opinión pública, más allá de los pequeños pecados que todos cometimos alguna vez cuando pasamos garotos, camisetas Hering o championes ocultos bajo los asientos del auto.
Lo cierto es que el doctor Batlle está dispuesto a «defender el trabajo del país» y no «el que se realiza en el extranjero», según sus propias palabras. Inevitablemente, habría que preguntarle por qué –si es cierto este propósito– se permite el ingreso perfectamente legal de zapatos y otros productos que han causado la quiebra y el cierre de tantas fábricas y la consiguiente desocupación galopante. En fin, son esas cosas que el cantor de la justa no ha explicado con suficiente claridad.
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