La crisis política en la mira de los académicos
De la misma manera que la naturaleza tiene «horror al vacío», la evolución del pensamiento y del debate político tolera mal los silencios.
Y allí donde los protagonistas políticos no hablan o no hablan lo suficientemente claro, de inmediato aparecen para llenar la brecha, los politólogos, los sociólogos, los consultores y demás profesionales más o menos ligados a los medios de comunicación.
A menudo, los más agraciados por el poder mediático, actúan ante cualquier hecho nuevo, dando señales notorias de que la objetividad no es su fuerte y que el lenguaje académico o técnico no es sino una forma de encubrir el carácter flechado de las «conclusiones científicas», a las que se dice haber llegado.
Han alimentado así, con frecuencia, las desoladas usinas del pensamiento conservador.
No todos los aportes, como es lógico, se inscriben en ese cuadro. Y no faltan las circunstancias, como la que atravesamos, en las que estos «comentaristas académicos» afirman cosas que muchos dirigentes políticos no se animan a enunciar.
En ese sentido, son interesantes las anotaciones del Sr. Costa Bonino sobre la crisis de la coalición y lo que él cree son las responsabilidades que le caben al presidente del Directorio del Partido Nacional, Dr. Lacalle.
Costa parte de un paralelo absolutamente forzado entre la idea de gobernabilidad sustentada por Wilson Ferreira y Alberto Volonté, que para él tienen una conducta similar.
A diferencia de Lacalle, sostiene Costa Bonino, para Volonté y Wilson Ferreira «sostener la mitología del Partido, los principios y las tradiciones era un valor», para ellos «dando gobernabilidad se estaba ganando en la medida que estaban fortaleciendo tradiciones partidarias».
No es el caso del actual presidente del Directorio del Partido Nacional, sostiene Costa: «Lacalle es un líder cuestionado de un partido que atraviesa su peor crisis,(…) no da gobernabilidad sino que la vende, y la vende lo más caro posible, porque la necesita… para que su partido sobreviva.»
Para el politólogo también es señalable la forma cómo Lacalle «gestiona» la oposición interna. Lo más interesante de los cuestionamientos nace del hecho de que quienes lo cuestionan son la gente más cercana a él.
Para Costa, «Lacalle se transforma en el dueño de su propia oposición para tener una válvula de escape y, por otro lado, cerrar el camino a una verdadera oposición».
Pero el analista va más lejos en este razonamiento: esta apropiación de la oposición interna por parte de Lacalle, además de neutralizar a los blancos desconformes, le sirve para vender más cara la gobernabilidad al otro socio de la coalición, al Partido Colorado.
Visto desde afuera, es difícil acompañar el severo diagnóstico del politólogo.
Resultan sí, interesantes, algunas de sus conclusiones más generales.
Como también dentro del coloradismo existen las tensiones internas, para Costa «estrenando un nuevo sistema electoral que supuestamente haría del Presidente el más fuerte de la historia, es uno de los más débiles, justamente por los condicionamientos internos, por la dinámica que imponen los actores políticos (…)
Es una línea de reflexión sobre la que valdría la pena ahondar.
El despatarre de la coalición nace de la extrema debilidad de los partidos que la componen. De su ausencia de vida interna, de su inexistencia de identificación y unidad programáticos, del carácter puramente clientelístico de las adhesiones políticas que cosechan.
Sin programa y sin voluntad colectiva, los dirigentes políticos caminan en un estrecho pretil, tironeados por los «lobbys» y los cuarenta segundos de gloria eventualmente concedidos por el oligopolio mediático.
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