Gobernar en pareja
La irrupción de mujeres en altas esferas de la política ha dado impulso a una tendencia que se refleja hoy en distintas partes del mundo: buscar el poder en pareja, imprimir algo de romanticismo a la campaña electoral y ejercer el gobierno en tándem familiar, si el amor resiste.
Las campañas electorales, algunas aún incipientes, en países tan distantes como Francia, Estados Unidos y Argentina muestran a candidatos a la presidencia lanzados a una dura pelea por los votos, de la mano de sus mujeres.
Si hubo una pareja que supo de dificultades amorosas, por los descuidos y torpezas que se mezclan con las mieles del poder, esa fue la de Hillary y Bill Clinton cuando éste ocupó la presidencia de Estados Unidos.
Hillary busca ahora, según ha dicho sin rencores, convertirse en los comicios de 2008 en la primera mujer presidenta de Estados Unidos, con Bill Clinton como gran estratega.
Entre los socialistas franceses, parecía claro que François Hollande, primer secretario del partido, sería candidato en las presidenciales de abril próximo.
Sin embargo, la súbita e inesperada popularidad de su compañera sentimental y madre de sus cuatro hijos, Ségolène Royal, obligó a Hollande a eclipsarse elegantemente y dejar el camino libre a su mujer.
La vida privada del principal candidato de derecha, Nicolas Sarkozy y su esposa de origen español, Cecilia, nunca fue un secreto para la prensa del corazón.
Después de que su felicidad y su posterior ruptura e infidelidades fueran primera página de numerosas revistas, la pareja vuelve a estar reunida y Cecilia es uno de los pilares más importantes de la campaña. Por sus manos pasan desde los discursos hasta la elección de la corbata del candidato.
Algunos aseguran que los franceses todavía no estaban preparados para elegir a un presidente divorciado y que la reconciliación de la pareja Sarkozy se debe únicamente a exigencias del guión.
«Más allá de similitudes en apariencia, son fenómenos distintos» los que se están dando en estos países con las parejas políticas, opinó el sociólogo argentino Manuel Mora y Araújo, director de la consultora IPSOS-Mora y Araújo, consultado por la AFP.
«Tienen en común que se trata de matrimonios donde los dos miembros de la pareja tienen vocación política y una carrera autónoma, pero no hablaría de una tendencia nueva, porque no creo que en ninguno de estos casos los otros ejemplos hayan influido», dijo.
«Hombres y mujeres con vocación política se atraen, y esto es hoy más posible que antes porque las mujeres son cada vez más autónomas y pueden plantearse carreras propias», consideró.
En Argentina, el presidente Néstor Kirchner y su esposa Cristina Fernández, casados desde 1975 y con dos hijos, comparten el ejercicio del poder desde que el ex gobernador ganó por primera vez en su provincia patagónica de Santa Cruz, en 1991.
En la actualidad, Cristina Fernández, quien asumio la presidencia de la República Argentina , con sólida formación política, mantuvo desde su banca de senadora una fuerte influencia dentro del gobierno argentino en la toma de decisiones y en el diseño de políticas mientras levantaba vuelo la posibilidad de un lanzamiento a la presidencia en las elecciones de 2008.
La política argentina –con un recuerdo traumático– tuvo anteriormente una pareja en el poder cuando en 1973 ganó las elecciones presidenciales la fórmula Perón-Perón, integrada por Juan Domingo Perón y su esposa María Estela «Isabel» Martínez.
Con la asunción del sandinista Daniel Ortega, también Nicaragua vive hoy un fenómeno de poder con fuerte presencia de la pareja. Junto a antiguos cuadros sandinistas, Rosario Murillo, pareja de Ortega desde 1978 y con quien tuvo 8 hijos, fue designada a cargo del Consejo de Comunicación y Ciudadanía.
La poetisa Murillo, con una fuerte influencia en el gabinete de Nicaragua, maneja asuntos presupuestarios y autoriza o no los viajes al exterior de los altos funcionarios del gobierno.
Como podemos apreciar, al estructurar este novedoso y simpático fenómeno de «gobernar en pareja» es un hecho, al que tendrán que acomodarse el ser y pensar de las sociedades, que en definitiva son las depositarias de lo que devenga de las acciones de gobierno que emerjan de estas «coyunturas de pareja», que como debe ser, deberán utilizar su poder con «amor», para el bien común y bienestar del pueblo.
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