Cómo cuidamos el ambiente

Casi como una moda, como una onda que se impone desde los grandes centros de poder a través de los grandes medios, la alarma por los desequilibrios ecológicos y por el cuidado del ambiente se instaló en nuestra sociedad tercermundista.

(Dicho sea entre paréntesis, coincido con Octavio Paz en cuanto a que América Latina no integra esa entelequia llamada Tercer Mundo, sino que somos en realidad un apéndice de Occidente; un apéndice pobre, eso sí. Cierro paréntesis.).

Claro que los nobles fines de los movimientos ecologistas han sido un tanto distorsionados merced a la banalización del concepto de parte de los marketineros de siempre; el cuidado del equilibrio ecológico y del medio ambiente quedó reducido a la militancia a favor de las ballenas, a la proscripción de los abrigos de pieles y a preocupaciones similares.

Se llegó al colmo de bautizar con el adjetivo ecológica (Ecosupra) a una nafta por el solo hecho de no contener plomo, como si la ausencia del metal la tornara inocua para el ambiente, como si su combustión incompleta no contaminara el aire por la emisión de dióxido de carbono. En fin.

Mientras tanto, otros tipos de contaminación no parecen inquietar a estos bravos abanderados del ambientalismo. Formas de contaminación que el 99 por ciento de los uruguayos lleva a cabo inconsciente o negligentemente.

Basta recorrer la ciudad y sus aledaños (el área metropolitana, que le dicen) para descubrir un lado oscuro del alma uruguaya: su total desinterés, negligencia, o como quiera llamarse a la actitud que observa la mayoría de los ciudadanos cuando transita esas calles de Dios masticando un chicle, engullendo golosinas o bizcochos, o fumando el último cigarrillo del paquete: inevitablemente arrojará al suelo, como lo más natural del mundo, el papel engrasado de los bizcochos, el envoltorio de nailon de la goma de mascar, el envase de plástico de su refresco o la cajilla de cigarrillos vacía.

Al ver esos desperdicios que yacen sobre veredas y calzadas, junto a otros como bolsas de nailon de todo tipo y tamaño (incluso envases de pañales descartables), pienso qué misterioso mecanismo psicológico hace que estas gentes no tengan prurito alguno en ensuciar groseramente los lugares por donde transitan, siendo que suelen ser de lo más cuidadosas en no dejar caer los mismos desechos sobre el impoluto y encerado piso de su hogar dulce hogar.

Es entonces que pienso cuán vanos serán los esfuerzos municipales por mantener limpia la ciudad mientras no se erradique definitivamente –mediante contundentes campañas publicitarias y, tal vez, unas buenas multas– la pésima costumbre de no cuidar la higiene del hábitat con el mismo empeño con que se mantiene la casa limpia.

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