Uruguay: un problema sin solución
Los orientales no somos otra cosa que el producto de tres factores: «Pradera, frontera y puerto».
Hace cuarenta años, más que como historiador como filósofo de la historia, el profesor Alberto Methol Ferré presentaba su obra «El Uruguay como problema», en un intento de responder a las preguntas que se cuestionaban la viabilidad y la propia existencia del Uruguay como estado nación. Corría el año 1967 y el país entraba en el proceso de desintegración política y económica, que curiosamente terminaría en lo que parcamente se autonombraría «el proceso». Proceso dirigido y programado desde los partidos históricos, en un entorno militarista regional que, ambientado por la guerra fría, servía al avance yanqui en la región.
Llegado este punto, el autor de la obra, luego de historiar suscintamente el papel del Uruguay, desde el ciclo victoriano hasta el fin de la segunda Guerra Mundial, se plantea tres o cuatro opciones:
A. El Uruguay desaparecía en el Brasil.
B. B. Se integraba a Argentina.
C. Se convertía en el nexo entre ambos para conformar un todo mayor.
D. Se transformaba en playa de desembarco de los yanquis en América del Sur.
En realidad los orientales ya habíamos intentado las cuatro alternativas a lo largo de nuestra accidentada existencia. La primera opción fue la imperante en el quinquenio de la Cisplatina, luego de la derrota artiguista en 1820. La segunda, signada por el intento de restauración federal rioplatense que propiciara la Cruzada de Los Treinta y Tres en 1825, independencia y unidad federal. De playa de desembarco de imperios de ultramar jugó la oligarquía montevideana durante la Guerra Grande. Estuvieron a sueldo, durante nueve años, de las marinerías francesa e inglesa. Con la derrota de la Confederación Argentina quedamos a merced de los unitarios porteños y del Brasil, cipayos del pujante Imperio Inglés.
La pequeña oligarquía vacuna montevideana, luego de haber probado todas las humillaciones de porteños y brasileros, aplastados sangrientamente todos los intentos de integración federal, las dirigencias políticas del 900 devendrían en entusiastas poynsombianos, como Herrera.
Era el Uruguay del millón de habitantes, en una ecuación productiva de 10 novillos, 24 lanares con una productividad de más de dos y medio de lana cada uno.
Privilegiados proveedores de carnicerías y tejedurías inglesas.
Batlle creía poder liberarse del inglés abrazándose a los Estados Unidos, que en expansión, tomaba Panamá en 1903, alentaba la guerra civil mexicana, ocupaba Cuba y las antillas americanas.
Superábamos ampliamente la productividad argentina, donde la Asociación Rural topeó el crecimiento del país exportador en cuatro novillos por habitante. Hecho que ocurriría en 1930, cuando «los rurales» mandaron al Gral. Uriburu al poder. Uruguay colmaría la ecuación a fines de los 50, cuando comienza la era de las crisis permanentes, de los cuestionamientos al Uruguay Batllista.
Aquí también serán «los rurales», con Bordaberry a la cabeza, los que sacarán a los milicos de los cuarteles.
Los poysombianos resurgen ahora en el seno de los partidos, los partidarios del ALCA y anti-ercosur. Nietos «de hijos naturales» de la Reina Victoria, «abuelos de la nada».
Cuarenta años después, llevado por la debacle demográfica a los límites de la miserable ecuación ruralista, un habitante cada cuatro novillos, el Uruguay sigue siendo un problema sin resolver.
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